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¿Una globalización justiciera y equitativa?

Por Jacinto Gimbernard Pellerano
No cabe duda. ¡Cuán maravillosa es la idea de una globalización que implique justicia y equidad, comprensión, aceptación y respeto entre todos los humanos, sin distinción de razas, credos, hábitos y trayectorias!
Ese amor al prójimo que predicaba Jesús hace más de dos mil años, revolviendo y transformando las primitivas durezas del Antiguo Testamento que aún vibran activas en El Corán, ese amor ¡cuán lejos está de esta humanidad nuestra que ebulle en envidias, odios y malignidades!
Si el primer mandamiento predicado por Jesús es "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente", el segundo, al cual Él le otorga igual importancia, es "Amarás al prójimo como a ti mismo" (Mateo 22: 37, 38). Ya anteriormente había dicho: "Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos" (Mateo 5:43).
Eso es verdadera globalización, mundialización opuesta al sentido tribal que aún está palpitante, mordiente, antropofágico, aun en los centros más poderosos, donde se usan trajes de precios astronómicos porque llevan la firma de un afamado personaje disoluto que se ríe, a sus adentros, de la estupidez de hombres y mujeres, que se anudan corbatas de seda sobre una camisa delicadamente perfumada y hecha a la medida, en estos centros repito-- donde las mujeres son principales, existe la apariencia de una buena y noble civilización, en contraste con el hedor, la suciedad, el hambre y el horror de carencias que clava una tenaza ardiente sobre las grandes mayorías humanas.
El condenable y horrendo terrorismo que hoy zarandea al mundo con espantos de distinta índole es resultado de abusos. De imposiciones de los más fuertes en cada tiempo. Trátese de Alejandro el Grande en el siglo cuarto a. C., de los turcos otomanos en el siglo dieciocho de nuestra Era, y más recientemente de los británicos y los rusos.
Todos derrotados, en mayor o menor tiempo, por la fuerza de la miseria.
Quien no tiene nada, nada tiene que perder. Se trata del percutor de la desesperación.
Hace ya buenos años que leía en una revista inglesa un artículo de un experto militar británico que se titulaba: El ejército ruso, ineficiente e invencible. Naturalmente se refería a ataques exteriores y decía que mientras al excelentemente equipado ejército nazi la carencia de cualquier elemento era algo desconcertante y terrible en sus conse-cuencias, el ejército ruso continuaba marchando con los zapatos o las botas destrozadas, sin comida, ni agua ni vodka, siendo capaces (como lo hicieron) de cruzar un río pisando los cadáveres de sus compañeros de armas.
El problema del Oriente Medio es, básicamente, la incapacidad de Occidente para comprender la realidad de estas tribus que no se han unido en miles de años, sino con una transitoriedad impuesta por las circunstancias.
Son etnias a las cuales no les interesa, ni desean, unificaciones.
Quieren que los dejen tranquilos con sus disparates, con su Corán medieval, con sus arideces y sus primitivismos.
Estados Unidos sigue con sus empeños de constituir la policía universal.
¿Dónde no se han metido? ¿En qué conflicto que roce sus intereses no han confirmado la fábula de Lafontaine de que "La razón del más fuerte es la mejor"? ¿En cuál conflicto terrorista que no les afecte han intervenido?
¿Se han metido con el ETA de España? ¿Con el IRA irlandés? Por lo menos yo no he leído nada al respecto. ¿Colombia ha sido debidamente asistida, a pesar de que el mayor consumo de drogas está en el mercado norteamericano?
Lamento llegar a la conclusión de que la globalización está dividida en dos: la globalización de los ricos-fuertes y de los pobres-débiles.
¡Qué pena!
Pero nada justifica el terrorismo.
De un lado o de otro.
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