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Max Puig
Cómo viven y piensan los otros pueblos
La crisis mundial desatada el 11 de septiembre con los atentados a las Torres Gemelas y al Pentágono puede ser analizada desde perspectivas muy diversas. Una de ellas tiene que ver con las actitudes y comportamientos etnocéntricos.
Una de las tendencias espontáneas de los seres humanos es la que nos induce a interpretar los diversos hechos y situaciones a partir de nuestra propia realidad y visión del mundo.
Nos resulta difícil entender y aceptar los comportamientos que no se corresponden con los que nos son habituales. Más que eso, tienden a chocarnos las formas de ser y de actuar de las personas que forman parte de sociedades y grupos sociales distintos de los que constituimos.
Partiendo de su forma de ver el mundo muchas personas han calificado a los autores de los atentados suicidas como seres irracionales. No lo son. Las formas de pensar de los diferentes pueblos y civilizaciones son diversas. Sencillamente, los autores de los atentados suicidas obedecen a una racionalidad que les es propia, distinta de la que caracteriza el mundo occidental contemporáneo.
Las reflexiones que anteceden tienen una relación directa con las preocupaciones de la etnología o antropología social o cultural. Según su etimología griega, etnología significa estudio o conocimiento de los pueblos. Aunque originalmente se redujo el objeto de esta ciencia a las sociedades que se consideraba habían quedado al margen de la cultura occidental, últimamente su ámbito de estudio se ha extendido.
Los etnólogos han insistido en que uno de los peligros que acecha al estudioso o investigador de pueblos diferentes es el de analizarlos a partir de las pautas o valores que rigen las sociedades de las que éste procede. De este modo, un buen etnólogo tratará siempre de estar en guardia frente al etnocentrismo.
Conocer la vida de otros pueblos o culturas ayuda a conocer la sociedad propia. Kluckhohn escribió que al pez le resultaba difícil descubrir el agua. En el mismo sentido, Claude Lévi-Strauss insistió en que viendo cómo viven y piensan otros pueblos logramos colocarnos por encima de cualquier civilización en particular, aunque se tratara de la más evolucionada. De este modo, decía, no corremos el riesgo de asumir como absoluto lo que no es, al final de cuentas, más que relativo.
A lo largo del siglo XX el desarrollo de las diversas ciencias sociales permitió avances notables en el viejo esfuerzo de los seres humanos por entenderse a sí mismos. No obstante estos avances, el mundo sigue estando atravesado por los polos opuestos de la discriminación y la tolerancia. El rechazo del otro, por la simple razón de serlo, sigue primando en millones y millones de seres humanos. La tendencia a sentir a la sociedad propia como la única válida, o la mejor de todas, sigue normando la conducta de pueblos enteros. Esto nos incapacita a menudo para entender las actitudes y comportamientos de los demás.
Todos estos temas se plantean de manera acuciante de cara al conflicto en curso. Quizás resulte útil releer a Franz Fanon, el siquiatra y revolucionario originario de Martinica autor de Los condenados de la Tierra y de Piel negra, máscaras blancas. Entre otras tesis, Fanon defendió el uso del velo por las mujeres argelinas como parte de la afirmación de la identidad de su pueblo en su guerra de liberación. El punto de vista provocó un debate que, en el fondo, no termina. ¿Cómo han de responder hoy día los pueblos apenas ayer colonizados? ¿Cómo han de rescatar estos pueblos una identidad negada en nombre de una modernización que llevaba el sello de Occidente? ¿Con una vuelta a usos y prácticas ancestrales?
Las dificultades para entender el integrismo islámico obliga a revisar muchos conceptos. Una semana antes del derrocamiento del régimen del sha de Irán, un informe de la CIA que pasó a ser famoso estableció de manera categórica que el levantamiento encabezado por el ayatola Jomeini no lograría sus propósitos. Ya sabemos lo que sucedió.
Un milenario precepto militar chino indica que el conocimiento del enemigo es una condición insoslayable para alcanzar la victoria. Los Estados Unidos, afectados profundamente por los cobardes atentados que sufrieron, deberán realizar un gran esfuerzo en esta dirección. Un ejemplo de ello lo encontramos en la denominación misma del plan de guerra norteamericano. Designado originalmente como cruzada, éste tuvo que ser rápidamente rebautizado al entenderse que esta apelación hería la sensibilidad musulmana.
Entender no significa justificar. Quiere decir estar en capacidad de colocarse en el lugar del otro. No resulta fácil. Pero en este caso es un imperativo si los Estados Unidos y el mundo occidental desean avanzar realmente en su propósito de erradicar el cáncer del terrorismo. Ese sería entonces un preludio necesario para la construcción de un mundo más justo y solidario, en el que haya más tolerancia y respeto hacia los demás.
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