22 de Octubre del 2001 • Edición número 1,225
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Rafael Peralta Romero
Una sociedad atrofiada


A los dominicanos nos están acostumbrando a nuevos significados de las palabras “parar” y “paralizar”. La Asociación Médica Dominicana y la Asociación Dominicana de Profesores tienen gran cuota de responsabilidad en este fenómeno de evolución lingüística.

Paralizar significa, de acuerdo al diccionario, causar parálisis de un miembro del cuerpo. Detener una actividad o movimiento. Los citados gremios viven paralizando determinadas partes de la sociedad. El sistema de salud pública es un miembro del cuerpo social.

La educación es otro miembro del mismo cuerpo. Un órgano que no se usa se atrofia, suelen repetir los médicos. La suspensión repetida de actividades en los centros de salud del Estado equivale a una atrofia de ese órgano que se llama servicio público de salud.

La “parálisis” de cualquier área del cuerpo humano es altamente lamentada por el paciente y por sus seres queridos y los médicos han investigado procedimientos para la recuperación de las funciones orgánicas cuando esto ocurre. Las salas de terapia física tienen horarios organizados para recibir pacientes. Allí va sobre todo gente que ha sufrido accidentes y algún órgano le ha quedado inmovilizado.

La constancia en el ejercicio ayudará a evitar una “lisiadura”. Pero la sociedad dominicana no ha recibido la suficiente terapia para recuperarse de la “parálisis” . Las tantas paralizaciones tienden a “inutilizar” el servicio de salud del Estado. La desconfianza de los pacientes es la primera consecuencia.

Pero eso es solamente un síntoma, pues el problema real es como una paraplejia, una hemiplejia, quizás una cuadriplejia o hasta una invalidez permanente. Da pena que los médicos sean precisamente los promotores de la acentuación de este estado de maldad de nuestro sistema público de salud.

Recuerdo que hace unos años el entonces secretario de Salud Pública sufrió un accidente en su hogar al enredarse con el “richer” de su pistola, -era militar- y en ningún momento visitó un hospital público, sino centros privados de atención.

Precisamente, los negocios de salud han florecido gracias a ese tullimiento que los paros y paralizaciones de labores de los galenos le han propinado a nuestros hospitales. Y todavía quedan algunos paros por realizar, porque en ello no están sólo las demandas de mejora salarial, sino que se da también un cierto orgullo personal o grupal de quienes dirigen el gremio en cada circunstancia.

De acuerdo a lo registrado en el diccionario, “parar” significa detener, contener, frenar. Los paros de labores en hospitales, escuelas, centros de trabajo, transporte, lo que hacen justamente es contener el desarrollo de esas instituciones y, en consecuencia, de la sociedad toda.

El deterioro que se le atribuye a nuestro sistema educativo público tiene sus orígenes mayormente en las “paralizaciones” promovidas por gremios de maestros y de falsos maestros. Los gremios son un trampolín para el ascenso político, y a veces social y económico, de ciertos profesionales del gremialismo que no encuentran espacio en el trabajo productivo.

La inmovilización a que las paralizaciones han sometido a las escuelas públicas han originado el crecimiento de ese mal necesario llamado colegios privados. Cuánto tormento se quitarían las familias de ingresos medios si no tuvieran que pagar el dineral que conlleva mantener sus hijos en los centros privados de educación. Allí todo se piensa en función de beneficios para los dueños y en nada les duele negarle el examen a un niño porque no está al día en el pago.

La Universidad Autónoma de Santo Domingo es otra víctima de “parálisis”, por eso algunos miembros no le funcionan del todo y si bien no está tullida sufre de anquilosis y atrofia de algunas partes. Es el escenario favorito para los “paros escalonados” de sus empleados y las protestas violentas de unos seudos dirigentes que se cubren el rostro para realizar desórdenes en la periferia de la misma.

Si las universidades brotan como colmados por todos los ámbitos, y un relajo parece cubrir esa área, se debe en buena medida al descalabro a que los paros han sometido a la más antigua Universidad del Nuevo Mundo. La consecuencia ha sido un abono del terreno para el crecimiento de los negocios de educación superior.

Mucha gente pobre se ha atrevido a matricular a sus hijos en universidades privadas por temor a las “paralizaciones” de la UASD. Los interesados en mantener esta conducta repiten la idea para asegurarse su clientela. Mientras tanto, nuevas generaciones de promotores de paros se entrenan para ese trabajo.

Los responsables –irresponsables, mejor– de esta conducta quizás no caen en la cuenta de los efectos que la misma produce. Pero sería bueno que se percataran de ello, porque a ese paso, sumando a un paro otro paro, agudizaremos la parálisis de nuestra sociedad, que podría extenderse a cabeza, tronco y extremidades.

De hecho, los paralizadores han logrado bastante en su empeño de obstaculizar la marcha sana y adecuada de las instituciones públicas. Por eso no resulta aventurado considerar a la dominicana una sociedad atrofiada. Seguir paralizando debería ser vergonzoso.




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