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República Dominicana confronta un problema que a su vez agrava otros como son el de la pobreza, la violencia y la delincuencia. Se trata del gran desempleo de la población joven, especialmente la que vive en los barrios marginados y las zonas rurales.
Todos los que alguna vez han trabajado con jóvenes saben que cuando no pueden canalizar sus energías haciendo cosas positivas o dedicados a actividades productivas que les permitan satisfacer sus necesidades son terreno fértil donde germinan las inconductas.
Si alguien quiere tener una idea de la magnitud del problema, sólo tiene que darse una vuelta por cualquier barrio de Santo Domingo a las diez de la mañana. A esa hora verá numerosos grupitos de mozalbetes sentados en una esquina hablando y compartiendo sus frustraciones.
La caída que desde hace meses vienen sufriendo sectores como las zonas francas y el turismo afecta principalmente a este segmento de la población porque tradicionalmente esas actividades económicas fueron válvulas de escape para los jóvenes que querían trabajar.
Los jóvenes ociosos sienten con mayor rudeza los apagones, porque están más tiempo en la casa o en el barrio, entonces son mayores las probabilidades de que participen en protestas y recuerran a la violencia para manifestar sus frustraciones. O, cuando la formación no es demasiado sólida, pueden dedicarse a actividades delictivas con la intención de conseguir dinero para satisfacer sus necesidades materiales.
Además, cuando sienten que el tiempo les pasa y no tienen posibilidad ni de formar su propia familia, esto los pone a pensar si vale la pena ser un joven serio. La respuesta es que sí, pero trate de convencerlo después de haber intentado en vano conseguir un trabajo para que vea lo difícil que será.
Si quieren resolver de verdad problemas como la violencia, la delincuencia y la pobreza el Gobierno y el empresariado tienen la obligación de buscar alternativas que permitan reducir el desempleo entre los jóvenes, que hoy por hoy es un problema fundamental en la sociedad dominicana.
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