22 de Octubre del 2001 • Edición número 1,225
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Consideraciones sobre las guerras



Por Jacinto Gimbernard Pellerano

Esto de la guerra es inevitable. El desenfreno, la desmesura, la gula humana, el afán de supremacía mundial, no varían con los siglos. La religiosidad y los alegados propósitos altruistas son acomodados a las conveniencias que sirven ambiciones descomunales.

Frases sacadas con pinza de los libros sagrados de distintas corrientes religiosas --que por sí, me consta, son bastante ambiguos, aunque en su totalidad estén dirigidos hacia una nutrición de la mejor parte del ser humano-- mueven, estas frases, hacia ideas de predominios, rechazos y beligerencias.

Todas las primeras potencias se apoyaron en argumentos "divinos". A la cabeza del imperio hitita, que se apoderó de la coruscante Babilonia en el siglo dieciséis antes de Cristo, se hallaba un "gran rey" a quien se daba el nombre de "Sol". Los griegos, después, se hicieron cargo de utilizar todo lo útil de las ideas hititas. En un tiempo los asirios se hicieron fuertes y capaces de comerse el pastel, pero posteriores acuerdos políticos llevaron al rechazo de los asirios. Hacia el seiscientos a. C. Nabucodonosor llevó la nueva Babilonia a la cumbre de su esplendor. Después, los asirios inventaron el blitzkrieg ("la guerra relámpago" de los nazis en la Segunda Guerra Mundial: ataque por sorpresa, sin declaración de guerra, que éstos últimos iniciaron en Varsovia en septiembre de 1949 y los asirios siete siglos antes de Cristo).

¿En qué hemos avanzado? ¿En la facilidad de matar corriendo cada vez menores riesgos? Parece que a esto se resume la modernidad.

Raymond d'Agiles, canónigo de la catedral de Puy (Francia) escribe, con gran entusiasmo, respecto a la toma de Jerusalén por parte de los Cruzados en el mil noventinueve: "Se vieron cosas admirables, podía verse por las calles y plazas de la ciudad montones de cabezas, manos y pies. Los hombres y los caballos andaban por todos lados a través de cadáveres. En el Templo y en el Pórtico se circulaba a caballo en medio de charcos de sangre que llegaban hasta las rodillas del jinete…"

Muchas atrocidades se cometieron en nombre de una supuesta fe. De un lado y de otro. Otras se siguen cometiendo, como el horror de las Torres Gemelas de Nueva York. ¿Será que tanta gente entiende la religión como una visa para la más horrenda crueldad, la más despiadada malignidad?

Cada vez resulta más fácil exterminar muchedumbres sin correr grandes riesgos. Desde un submarino nuclear, inmóvil como un mortífero pez dormido, se lanzan espantosos misiles, sin correr el menor peligro. No galopando entre enemigos, espada o mandoble en mano, atenido al valor personal y a la capacidad y entrenamiento que hacían posible a un Cid Campeador, a un Gonzalo de Córdoba, a un Solimán el Magnífico o algunos notables líderes militares Abásidas. Ahora se trata de presionar teclas y tener los ojos fijos en monitores.

Y causar mortandades insoñadas.

Ya hace poco tiempo que los sociólogos han desconectado la miseria y el hambre, con las guerras, aunque no con las revueltas y hasta revoluciones que trascienden.

Pero ahora se trata de guerra.

¿Cuáles son los fines de las guerras?

¿Justicia?

Nunca.

Ambición. Siempre. Pretensión de predominio, como lo tuvo Alejandro el Grande, o Napoleón, o Hitler… y tantos otros, antes y después.

Se conoce, por ser publicitada por los nazis, la expresión: "Hoy Alemania, mañana el mundo entero" (Heute Deutschland, morgen die ganze Welt). Pero no es un sueño meramente nazi. Los extremistas de Bin Laden quieren un mundo que acoja con sumisa reverencia sus ideas que resumen lo más atrasado e improductivo de la Edad Media, como los nazis se colocaban bajo la mirada de Odín, el dios de las batallas, y confiaban en el panteón germánico del Walhalla, concebido a imagen de los festines en los cuales los guerreros se regocijaban tras sus victorias sangrientas.

¿Podremos deshacernos alguna vez de las guerras?

Hace un tiempo, en uno de mis libros científicos, tan magistralmente desordenados que me resulta imposible encontrarlo, había una propuesta iluminada de un gran científico: Posibles sucedáneos de la guerra, se titula el trabajo. Considera que, dada la imposibilidad de anular la realidad de la guerra, se establezcan sistemas que descarguen las fuerzas que la producen, por lo menos, llevándolas a su mínima expresión.

Cuando las fílmicas que pasan por la televisión presentan un mundo futuro, con los mismos megalómanos, ahora queriendo adueñarse de planetas y galaxias, en lugar de ser especímenes positivamente evolucionados que promuevan relaciones a un nivel muy superior a éste, en el cual nos empantanamos los terrícolas, siento honda tristeza.

¿Será ése el mundo para nuestros infortunados descendientes?


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