22 de Octubre del 2001 • Edición número 1,225
 SECCIONES
 



Suscripciones
al teléfono

472-7694 de lunes a viernes de 9:00am a 6:00pm o al correo electrónico
La tumba de los inmortales
No existe un reglamento que defina quiénes merecen estar en ese sagrado recinto



Por Manasés Sepúlveda Hernández

Desde el 1956 el Panteón Nacional ha servido de última morada para los héroes y hombres que han colaborado notablemente para llenar de gloria las páginas de la historia nacional.

Sin embargo, este lugar de descanso de los prohombres de la patria no dispone de un reglamento definitivo que determine los merecimientos de quienes que pueden ser colocados en sus regias tumbas de mármol, piedra y bronce.

La única disposición legal sobre el Panteón Nacional es la ley que lo crea, la 4463, promulgada el 30 de mayo de 1956, que consagró como "Panteón de la Patria" el antiguo templo de los jesuitas, ubicado en la calle Las Damas, una joya arquitectónica cuyas piedras centenarias han desafiado el paso de los tiempos.

En su artículo 1 dicha ley dice lo siguiente: "El edificio conocido como ‘templo de San Ignacio de Loyola’ o Iglesia de los Jesuitas, situado en la calle Colón de la Ciudad Trujillo, se consagra como ‘Panteón de la Patria’. Será acondicionado adecuadamente, erigiéndose en su nave central un sobrio y artístico altar".

A pesar de ser erigido en el 1956, el primer traslado de restos de un inmortal al Panteón Nacional se produjo en el 1974, que fueron los de Gregorio Luperón. Muchas vicisitudes provocaron esta tardanza de dieciocho años, entre ellas los períodos convulsos derivados de la caída de Trujillo y la guerra civil del 1965.

Es al Poder Ejecutivo, de acuerdo con el último párrafo del artículo tres de la Ley 4463, que corresponde disponer el traslado de los restos al Panteón de dominicanos preclaros que estén enterrados en cualquier otro sitio.

Más adelante, en su artículo cuatro, la ley dice que una comisión formada por los secretarios de Estado de Interior y Policía, Relaciones Exteriores, de las Fuerzas Armadas, de Culto y de Finanzas son los encargados de ejecutarla.

Resulta curioso que la Academia Dominicana de la Historia, entidad creada por el Decreto 186 de julio de 1931 por el propio dictador Trujillo, no fue incluida en la comisión. Muchos entendidos opinan que actualmente este organismo de tanta importancia es el que debe estar a la cabeza de cualquier comisión rectora para el traslado de restos al Panteón Nacional.

Además de la Academia de la Historia, podría ampliarse la comisión, previo una modificación de la Ley 4463 para incluir a los directores del Museo de Historia y Geografía, el Patronato de la Ciudad Colonial, el Museo del Hombre Dominicano, el director del Panteón Nacional, el director de la Dirección de Patrimonio Monumental, el Director del Archivo General de la Nación, representantes de instituciones académicas e intelectuales de incidencia en la República.

No obstante, el Panteón precisa de un reglamento que especifique, además de los méritos de los que van a ingresar, las peticiones de ingreso de nuevos inmortales que deberán hacerse públicamente y las cuales deberán ser sopesadas por la comisión asesora, que las remitirá al Poder Ejecutivo, así como el protocolo ceremonial del traslado de los restos, entre otras cosas.

LOS QUE REPOSAN EN EL PANTEÓN
El criterio que más ha primado para los ingresos al Panteón Nacional es el haber ofrendado la vida para la liberación de la patria. Mártires cuya abnegación y sacrificio han sido probados y que la historia les ha hecho merecedores de ese sitial. En segundo lugar, escritores, educadores e historiadores de labor excepcional.

La mayoría de ellos han esperado en algunos casos más de un siglo o décadas. Los restos más recientemente trasladados al Panteón fueron los de Francisco Gregorio Billini, hace tres años.

En el decenio pasado fueron los restos de Américo Lugo, José Gabriel García y de Antonio del Monte y Tejada, en el 1992, por decreto del entonces presidente Joaquín Balaguer.

Del Monte y Tejada murió en 1861, Lugo en 1952 y García en 1910. Sus restos tuvieron que esperar hasta 1992 para que la historia les rindiera su merecido tributo. El caso de Antonio del Monte y Tejada es un cenotafio, ya que sus restos nunca pudieron ser hallados en el cementerio de La Habana, en Cuba.

Las posiciones que ocupan los preclaros dominicanos dentro del Panteón, comenzando desde la parte más central que es el presbiterio, detrás del altar, están los restos del general Gregorio Luperón, Ulises Francisco Espaillat, y Benigno Filomeno de Rojas, este último un cenotafio. En la derecha fue descubierto un aguamanil con la inscripción "año 1748".

En el mismo lugar, en la parte lateral izquierda, están los restos de José Núñez de Cáceres, José Reyes, Emilio Prud Homme, Socorro del Rosario Sánchez, José María Serra, Angel Perdomo, Juan Sánchez Ramírez, Juan Nepomuceno Ravelo, Félix María Ruiz, Balbina de Peña viuda Sánchez, José Joaquín Puello, Gabino Puello, Santiago Rodríguez, Juan Isidro Pérez, general Antonio Duvergé, María Trinidad Sánchez, Pedro Alejandrino Pina, Gaspar Polanco, José María Cabral, Benito Monción y Cayetano Abad Rodríguez.

El lateral derecho es el menos ocupado del presbiterio. Allí reposan los restos del almirante Juan Alejandro Acosta, Juan Bautista Cambiaso, José Joaquín Pérez, Gastón F. Deligne, Concepción Bona, Américo Lugo, el general Pedro Santana, Antonio Delmonte y Tejada, y José Gabriel García. En este lateral quedan disponibles catorce espacios.

En la parte izquierda de la capilla de crucería están los restos de Eugenio María de Hostos, con una inscripción que reza: "Apóstol de la verdad y el bien 1863-1903, inhumado 30-6-85".

En la parte izquierda de la capilla están los restos de los mártires de Santiago, Eugenio Perdomo, Pedro Ignacio Espaillat, Antonio Batista, José Pierre Thomas, general Antonio Salcedo (Pepillo), Pedro Francisco Bonó, Carlos de Lora, José Vidal Pichardo y Ambrosio de la Cruz.

Otros lugares que no han sido ocupados son el lateral derecho de la capilla y el espacio rectangular izquierdo del presbiterio. Una de las ideas que se pueden realizar para el reordenamiento de la parte del presbiterio es la colocación de héroes independentistas de un lado y los restauradores en otro, para así darle una colocación que refleje una secuencia cronológica.

ESPACIOS DISPONIBLES
El Panteón Nacional dispone de 42 espacios vacíos, de un total de ochenta, para acoger a otros hombres y mujeres ilustres de la República.

Lamentablemente la disponibilidad sería insuficiente si se lleva a cabo el Decreto 2140 de abril de 1972 del entonces presidente Joaquín Balaguer, que ordena la delicadísima tarea de trasladar al Panteón Nacional cerca de un centenar de próceres civiles y militares, cualquiera que sea el sitio donde estuvieren enterrados.

Para esos fines se designó una comisión compuesta por el Vicepresidente de la República, el arzobispo metropolitano de la arquidiócesis de Santo domingo, el obispo de la diócesis de Santiago, el secretario de las Fuerzas Armadas, el secretario de Interior y Policía, el secretario de Educación, Bellas Artes y Cultos, el presidente de la Academia Dominicana de la Historia y el presidente de la Sociedad Amantes de la Luz, de Santiago.

La tarea fue de carácter permanente y hasta ahora no se ha completado. Entre los dominicanos que son mencionados en dicho secreto están: general Eustaquio Ducodray, presbítero Carlos Rafael Nouel, general Olegario Tenares, Nicolás Ureña de Mendoza, César Nicolás Penson, Fabio Fiallo, Arturo Pellerano Castro, Manuel de Jesús Galván, José María Imbert, José Ramón López, Casimiro Nemesio de Moya, Tomás Bobadilla y Briones, Jacinto de la Concha, Eugenio Deschamps, José Cabrera, Benigno del Castillo, Manuel González Regalado y Muñoz, y Timoteo Ogando.

Asimismo, los de Francisco J. Peynado, general José Melenciano, Félix Mota, Mariano Antonio Cestero, Miguel Angel Garrido, Manuel de Jesús Peña y Reynoso, general Francisco Saviñón y general Tomás Villanueva.
El artículo cuatro del decreto establece que deberá montarse una guardia de honor permanente en el Panteón, en la cual estén representadas las tres armas de la República y la instalación de una llama votiva.

En la actualidad, el Panteón cuenta con una guardia de honor con efectivos pertenecientes al batallón de la guardia presidencial, vestidos de gala. Uno de ellos hace un paseo solemne de ronda en el pasillo central, que va desde la entrada principal hasta justo al frente del altar mayor, a pocos metros de la lámpara votiva.

LOS PADRES DE LA PATRIA
Una preocupación que ha existido desde hace mucho tiempo entre los dominicanos es el traslado de los restos de los Padres de la Patria al altar mayor del Panteón Nacional.

Esta idea fue propuesta de manera formal en los años setenta por el notable intelectual dominicano Enrique Apolinar Henríquez en una carta enviada al presidente Joaquín Balaguer que decía, entre otras cosas: "La primera función del Panteón Nacional debiera ser recoger y guardar los venerados restos de Duarte, Sánchez y Mella, Padres de la Patria, que debido a la consideración simplista de que en ese lugar se proclamó la Independencia (el Baluarte del Conde) reposa a la intemperie bajo el arco de la puerta consagrada con justo discernimiento como Altar de la Patria".

Una de las razones que podrían motivar el traslado de los restos de los Padres de la Patria es el deterioro que ha presentado el Parque Independencia, que hasta cierto punto le resta solemnidad al Altar de la Patria.

HISTORIA Y ARQUITECTURA
Todavía se desconoce la fecha exacta en la que el templo de los jesuitas se comenzó a construir. Fray Cipriano de Utrera suponía que la obra se inicia alrededor del 1714 quedando terminada en 1755.

La construcción se atribuye a los esfuerzos de don Jerónimo Quezada y Garcón. El obispo Navarrete dio el permiso para su levantamiento.

En el 1767, cuando la Compañía de Jesús fue expulsada de la isla, este monumento pasó a ser una fábrica de tabaco. La historia registra que también la edificación sufrió severos daños por el paso de un ciclón en 1795. Posteriormente fue usada como sede del Seminario de San Fernando.

Sirvió de sala de presentación para obras de teatro, zarzuelas y diferentes espectáculos. En los tiempos modernos fue lugar para las oficinas públicas del dictador Trujillo, quien decidió su restauración a un costo muy elevado para la época: 438 mil novecientos treinta y ocho pesos.

En realidad el dictador quería cumplir sus sueños de que el espacio principal de su altar mayor fuera dedicado a él y su familia. Eso justifica la extraña dedicación del dictador a tan magna obra.

La sobriedad de este monumento se exhibe desde su fachada elegante y severa con líneas de corte clásico, de puerta principal estrecha y sin elementos decorativos resaltantes, rematada por un arco cronopial muy rebajado.

Un gran campanario se destaca en su parte superior y encima de la puerta principal existe un espacio rectangular donde se supone estaba el escudo de la orden. Actualmente figura el Escudo Nacional, que fue colocado cuando se restauró el monumento en los años cincuenta.

Los arcos que dan paso a la parte central y las capillas tienen forma de ojiva, creación derivada del arte gótico, según explica Erwin Walter Palm en su obra Monumentos Arquitectónicos de la Española.

El principal aporte arquitectónico del monumento es la introducción de la cúpula sobre el tambor, que es un elemento barroco de muy difícil construcción.

Esta cúpula sobre el tambor octagonal, que descansa sobre pechinas con enormes arcos de medio punto, es el elemento que más sorprende a los visitantes.

Otro de los elementos que llaman la atención es la luz que entra por el muro abierto de vitrales (no originales) en el altar mayor, que alcanza un nivel máximo cerca del mediodía.

El altar mayor es sencillo, pero con cierta majestuosidad, hecho por el maestro español Juan José y presenta un Cristo de bronce con imágenes laterales.

La lámpara votiva, símbolo de recuerdo perenne, está en el centro del crucero, sobre una estrella hecha de mármol de Carrara, Samná y Barahona. Su llama permanece encendida las veinticuatro horas del día y sobre ella la llamativa y enorme lámpara hecha de bronce que cuelga en el dome.

El techo curvo del altar mayor tiene un llamativo lienzo de la autoría de Rafael Pellicer de aproximadamente veinte metros. Este pintor fue Primera Medalla Nacional y profesor de la Academia de Bellas Artes de Madrid.

El tema de la obra es la inmortalidad y sus figuraciones compositivas fundamentales se basan en diferentes temas interpretativos que confluyen finalmente en la presencia de Dios.

En el lado del evangelio la inmortalidad es representada y en el otro grupo, la muerte. Entre ambas figuras se arrastran por tierra unas encapuchadas plañideras que simbolizan el dolor humano, y en la parte superior un reloj que mide el tiempo de la vida terrena, a la vez que señala la eterna con un dedo.

En otro lado de la epístola se interpreta la inmortalidad como una metáfora, constituyéndose en la figura principal de la escena. Luce un nimbo de luz coronada con laureles y acompañada por un pavo real. Hacia ella escala un grupo de hombres destacados.

En el plano más superior están representados los inmortales en su forma más genérica: la milicia, la iglesia, las artes, franqueadas pòr espíritus angelicales portando coronas de laurel y palmas. A sus pies se encuentra atada y ciega la ignorancia.

En la parte más alta de la bóveda se encuentra un semicírculo de ángeles, trompeteros del Señor, figuras típicas del juicio divino.


Más articulos


Puerto Plata lucha por recuperarse
El turismo en Cabarete está a flote
El cierre de hoteles en Sosúa
Playa Dorada y su oferta del “todo incluido”


VISITE LOS PERIÓDICOS
Hoy|El Nacional