15 de Octubre del 2001 • Edición número 1,224
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Rafael Peralta Romero
La pasión de Wilson Gómez


Hay pasiones que merecen encomio y reconocimiento. Otras se ganan la repulsa de la gente que lleva bien puesta la cabeza. Cada cual escoge la suya, o más bien se deja poseer por ella, pero no todas provocan la misma repercusión en la sociedad.

La inclinación vehemente hacia una cosa, una actitud o hacia un apetito particular puede hacer de las personas instrumentos para mejorar la sociedad o, por el contrario, sujeto de perdición y bochorno.

En las relaciones amorosas se habla mucho de pasión. Porque el amor puede convertirse en pasión. En este caso se trata de un amor afectado de perturbación. Un amor apasionado puede significar lo mismo que un amor desordenado.

Las pasiones se convierten, a veces, en un desequilibrio del ánimo, y por lo cual deberíamos cuidarnos de ellas, pero pobre de aquel ser humano que no albergue ninguna pasión. Andar totalmente desprovisto de pasiones equivale a andar con menos vida.

Existen pasiones benignas como también dañinas. Gastar el tiempo, por ejemplo, oyendo juegos de pelota es fanatismo que no provoca daño ni al poseído ni a quienes lo rodean. Pero jamás será comparable esta inclinación con la tendencia efusiva a tomar bebidas alcohólicas, la cual daña a quien la ejerce y a sus relacionados.

De las pasiones ha dicho un sabio que son virtudes o defectos exagerados. Y me luce apropiada la afirmación, como apropiado me parece referirme a una pasión en particular, la de Wilson Gómez Ramírez, que es lo que me he propuesto como tema de este artículo. Se trata del fervor con que este hombre ha asumido el interés por conocer y dar a conocer todo lo relacionado con los símbolos patrios. Mientras unos acumulan información sobre jonrones o sobre carreras de autos, Wilson Gómez estudia y pregona todo lo relacionado con la bandera, el himno y el escudo nacionales.

Gente habita en nuestra tierra a quien apasiona el parloteo alimentado de chisme político que inunda cada mañana las ondas hertzianas y ciertos canales televisivos. La política se destaca entre las pasiones más sentidas de los dominicanos de las décadas posteriores al trujillato.

Nativo de Barahona y egresado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo con el grado de doctor en Derecho, Gómez Ramírez lleva un par de lustros pronunciando conferencias y publicando artículos sobre los símbolos que identifican a la República Dominicana.

No se ocupa sólo de exhortar a los dominicanos a respetar y amar estos elementos representativos de lo que somos como nación, sino que toca asuntos tales como explicar el origen y evolución de cada uno y las formas correctas de usarlos.

El uso inadecuado de la bandera y el escudo, sobre todo, “siempre acusa un componente determinado: el desconocimiento de las disposiciones legales y reglamentaciones que norman tal uso”. Son palabras de Gómez Ramírez.

La marcha del mundo es un resultado de pasiones e intereses, determinar cuál predomina entre uno y otro no es mi tarea inmediata, pero sí digo que la capacidad de convencimiento de las pasiones es digna de ponderación. Consciente de esa realidad, el doctor Gómez ha recogido las ideas predominantes de su pasión dominante, en un libro.

“Simbología Patriótica de la República Dominicana”, un volumen ligero, contiene todo lo que necesita saber un ciudadano acerca del lienzo nacional, del canto patrio y de nuestro escudo de armas.

Con este inquieto promotor de los símbolos nacionales caí en la cuenta, cuando escuché una muy documentada conferencia, que hasta las instituciones públicas usan mal el escudo de la República, mal dibujado y deformado, y que la bandera tricolor frecuentemente es objeto de colocaciones contradictorias con una reglamentación.

Una ley de 1934 ha declarado el himno nacional “único, invariable y eterno”. Esta filosofía es parte de la temática del doctor Gómez Ramírez para fundamentar sus postulados en torno a la necesidad de amar y respetar los símbolos patrios como expresión de dominicanidad y sentido de buen ciudadano.

Como ven, se trata de una pasión que no busca beneficio personal. Quizás un día el autor coseche provecho político y si así ocurriera bien ganado será, pues falta decir que la clase política criolla no anda muy empapada de estos asuntos. En eso no radica su pasión. Ignoran que el sentimiento patriótico engrandece el espíritu humano.

Muchos exaltan las pasiones individuales, que en ocasiones dan lugar a las pasiones grupales. Los pueblos viven sentimientos, más que pasiones, y ellos deben ser alimentados por los líderes de los diferentes sectores que integran la nación.

Los Estados Unidos de América, un país muy a la vista de nosotros, da a muchos la impresión de importantizar solamente los intereses materiales. Quien conozca por dentro a ese pueblo se dará cuenta de que allí los signos que representan a la nación del Norte son venerados por todos.

Wilson Gómez Ramírez acaba de publicar un libro que significa una pasión encomiable. Es el tipo de libro que los padres deben hacer leer a sus hijos, que los periodistas deben tener en su escritorio y que los dirigentes políticos deben aprender de memoria. Es válida esta pasión.




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