15 de Octubre del 2001 • Edición número 1,224
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Factibilidades e imposibilidades de la democracia veraz


Por Jacinto Gimbernard Pellerano

Ciertamente, en los años aquellos de la inconcesiva omnipotencia del Generalísimo, en los años treinta en que yo abrí los ojos para familiarizarme con las perplejitudes de la vida -a las cuales no acabo de acostumbrarme-, la electricidad era permanente, el agua de los grifos salía a raudales. La vida, opresiva e impía sin que pudiese yo notarlo, discurría apaciblemente.

No vivíamos en estos cubículos -más reducidos o espaciosos, más lujosos o modestos- que llamamos "apartamentos" y que realmente "apartan" hasta el punto de que a menudo no se tratan o conocen los vecinos inmediatos.

Si hubiese fallado la electricidad en aquellos tiempos dictatoriales, no nos hubiésemos sentido tan mal como cuando sucede en estos tiempos, en los cuales la construcción está pensada para estar surtida por aire acondicionado o, mayormente, por eficientes abanicos eléctricos.

Así, el calor, incrementado por la deforestación y la insensatez, nos golpea y nos enferma. Somos "la clase media" y nos sentimos continuamente violados en nuestra intimidad doméstica. Aquello de que "mi casa es mi castillo", significando protección de factores externos, ya no es frase válida.

Como todo conlleva una enseñanza válida, he comprendido cabalmente, con los sorpresivos --nunca regulados a anunciados-- cortes de electricidad y agua, lo que significa verdaderamente una violación, una violencia monstruosa sorpresivamente ejercida. Pagamos -excesivamente- por servicios que no recibimos sino en erráticos momentos. ¿Será que hemos confundido democracia con desorden?

Me inclino fuertemente a pensar que sí.

Los famosos y terribles males de la Era de Trujillo, ampliamente conocidos con los horrores de centros de tortura y muerte, en los cuales, al parecer, los hijos del Jefe y un grupo de sádicos tenían más control que el mismo dictador (Ramfis Trujillo declaró que él no continuaría con las concesiones "débiles" de su padre, y no se conoce la presencia del dictador en las sesiones de tortura, lo cual no mengua su culpabilidad), toda esa ebullición de crueldad descomunal no nos permite desear un retroceso que nos aleje de la democracia.

Pero la democracia es difícil.

Últimamente, con el horror terrorista en los Estados Unidos, que ha costado muchos miles de vidas y muchos millones de ciudadanos confundidos y estupefactos en el mundo entero, se pregunta uno con tristeza ¿es posible la democracia sin límites?

No hay que darle muchas vueltas.
No es posible.
Todo el mundo no puede pensar con sensatez. Pero se supone que en una democracia el poder está en manos de todos.

Nunca ha sido así. Nunca será así.

Democracia, en su origen griego, significa: poder del pueblo. Pero resulta que en los Estados griegos la democracia estaba circunscrita a los ciudadanos y no a la enorme cantidad de personas existentes. La República Romana dio a luz la representación popular con su Senatus Populus Romanus. Luego en la Edad Media surgió la idea de un acuerdo entre gobernantes y gobernados, que aún en este siglo veintiuno es ilusorio.

Tanto los Puritanos llegados a Norteamérica, como la Revolución norteamericana y la francesa, como las ideas de John Locke, J.J. Rousseau y Thomas Jefferson, movieron hacia delante el sueño de una igualdad política y legal, luego social y económica.

¡Cuán maravilloso sería que fuese posible tal cosa!

La Iglesia Católica, que tiene sus veinte siglos de experiencia en el manejo humano, no ha intentado abolir las jerarquías. Volvemos a Aristóteles: los más aptos deben mandar y los menos aptos, obedecer.

A los Estados Unidos se les fue la mano en ciertas zonas. En otras no. Y tenemos que retornar a los griegos: un exceso lleva necesariamente a otro exceso.

La democracia demanda un nivel de educación, de sentido de equidad, de elevación espiritual, si es que queremos esparcirla como un bálsamo milagroso, algo así como el Bálsamo de Gilead, que todo lo sanaba.

Pero ya lo incluye Edgar Allan Poe en su poema The Raven (El cuervo) is there balm in Gilead? a lo cual responde el simbólico cuervo: Nevermore. Nunca más, como responde a todas las preguntas.

La democracia exige educación. Y ésta se niega. Exige alimentación, y ésta se olvida. Exige salud, y ésta recibe la espalda internacional.

Acercándome a la desesperación, me pregunto ¿estas organizaciones internacionales, tan esperanzadoras en el momento de su creación, con aquellas ideas del Presidente norteamericano Wilson expresadas en sus famosos "Catorce puntos" ya agónica la Primera Guerra Mundial, luego modificadas e imperializadas, eran factibles?

Con pena advierto que en la Creación no hay igualdad.

Hay tigres y corderos, fieros leones y mansas ovejas, hay pirañas, hay tiburones y peces menores.

Me temo que el mundo no fue creado con un concepto de igualdad. Recuerdo lo mucho que me impactó, al leer "El gran Gatsby", de F. Scott Fitzgerald, las palabras que el narrador consigna como dichas por su padre: "hijo, un sentido de las fundamentales decencias es repartido de manera desigual al momento del nacimiento (a sense of the fundamental decencies is parcellet out unequally at birth)

Si en verdad queremos ser justos y buenos, lo primero es evitar las tremendas escenas. Las hambrunas espantosas. Ocuparnos de que la especie humana no padezca miseria tan horrenda.

En lugar de misiles y sofisticados artefactos destructivos, debemos coordinar los medios para que las multitudes empobrecidas se alimenten, tengan agua para beber e higienizarse, puedan producir recursos de subsistencia con los materiales que les son accesibles. Que no suceda que los occidentales podamos comprar por una ínfima suma el trabajo extendido de obreros del Medio Oriente, la India, o países sumergidos en pestilente miseria.

No podemos aspirar a una democracia perfecta.

Pero sí a mejor justicia social.


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