Antonio Muñoz Molina
El sueño del arquitecto
Puede que el siglo XX no haya dejado muchos edificios más bellos que la Casa de la Cascada, que diseñó Frank Lloyd Wright en 1936 para el millonario Edgar Kaufman, y que más que un edificio parece una excrecencia de la geología y de la geometría surgiendo en la espesura de un bosque de Pensilvania, una extraña formación rocosa de placas horizontales a través de la cual baja resonando un torrente. Edgar Kaufman quería una casa que le permitiera disfrutar del retiro en el bosque y de la visión del agua cayendo con caudal incesante entre las rocas y los árboles, un refugio refinado y agreste en medio de la naturaleza americana, que siempre es mucho más feraz y más abrumadora de lo que puede concebir la imaginación de un europeo. Kaufman quería ver el agua del torrente desde su casa, pero, como ha recordado con cierto sarcasmo Robert Hugues, el agua es lo único que no se ve desde los ventanales y las audaces terrazas. El agua se escucha, retumba bajo el suelo, con un fragor que no cesa nunca, y estando tan presente no se puede ver, de modo, dice Hugues, que puede acabar siendo una tortura y haciendo que la vida en el interior de la casa se vuelva imposible.
Desde hace muchos años, la casa Fallingwater no es una vivienda, sino un lugar de culto para los turistas fervorosos de la arquitectura: cómo será ir caminando por un sendero en el bosque y escuchar primero la anticipación del agua y ver de pronto, entre el denso verdor de los árboles, sobre la tierra oscura y las rocas, esas formas horizontales que parecen flotar ingrávidamente en el aire y a la vez sostenerse en un poderoso anclaje geológico, haber crecido tan orgánicamente como las ramas largas y fuertes de los robles o los arces. Para sostener esas terrazas tan voladas hicieron falta unas vigas especialmente largas y sólidas. Lloyd Wright, que tenía una vanidad tan prodigiosa como su talento, discutió ferozmente con el ingeniero encargado de la fundamentación de la obra, que se empeñaba en poner más vigas de las que él consideraba necesarias. El arquitecto, iracundo, amenazó con abandonar la obra si no se le obedecía: de haberle hecho caso, la casa se habría hundido en muy poco tiempo.
Nos da la impresión de que un edificio así es tan firme y duradero como las rocas que lo sostienen o los árboles que lo rodean, pero si se hubiera obedecido a su autor ahora probablemente no existiría: en cualquier caso, según cuenta The New York Times, la Casa de la Cascada se encuentra en un estado tan precario que hacen falta urgentemente obras por valor de más de mil millones de dólares para restaurarla. Lloyd Wright se preocupó más por cumplir su proyecto visionario que por los mezquinos detalles técnicos que lo harían viable en la realidad, y en el periódico se levanta una polémica sobre el valor de una arquitectura visualmente admirable que, sin embargo, resulta ser muy frágil y que además nunca fue muy práctica para la vida de quienes debían habitarla.
Hay enseguida quien se indigna contra la blasfemia de que se ponga en duda la genialidad de un maestro: como dijo no hace mucho en una entrevista Antonio Fernández Alba, la crítica de arquitectura, a diferencia de la de pintura o la de libros, es la única que siempre es elogiosa, y en las revistas especializadas los edificios reales no importan tanto como las fotografías espectaculares que se publican de ellos.
Otro arquitecto al que los arquitectos veneran, Le Corbusier, dijo con claridad terminante, hasta con cierta crudeza, que una casa es una máquina de habitar. Si un frigorífico, que es una máquina de enfriar, no enfría lo que se guarda en él, o no tiene espacio para colocar ordenadamente los alimentos, ¿sigue siendo un frigorífico, merece ser admirado y comprado por la sola belleza o la originalidad de su diseño? El arquitecto reclama la libertad del pintor o del escultor, y es cierto que hay espacios que nos conmueven por la pureza de sus formas y por sus cualidades visuales, y que la forma y el color son una parte de la arquitectura: pero las casas se hacen para ser habitadas, de ser posible confortablemente y durante muchos años, igual que los aviones se construyen para volar en ellos sin sobresalto ni peligro, y precisamente la grandeza particular del diseño es esa significación doble que en los mejores casos se convierte en un propósito único. Pero quizá lo que Lloyd Wright diseñó en Bear Run no fue una casa para ser vivida, sino para soñar que se ha perdido uno en un bosque y que de pronto escucha el agua y avanza entre los árboles y la ve surgir como el recóndito palacio de un cuento. Ojalá la restauren cuanto antes.
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