8 de Octubre del 2001 • Edición número 1,223
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El ataque terrorista a EE.UU:
Un enigma aún no resuelto



Por Leopoldo Espaillat Nanita

El terrorismo ha golpeado una vez más a la sociedad norteamericana con su horrible impronta. Esta vez con una contundencia insospechada, digna de la imaginación enfebrecida de algún productor cinema-tográfico. Asumimos el término terrorismo para este análisis como una acción de violencia dirigida, como parte de una guerra sicológica, que afecta un segmento de población generalmente divorciada de toda involucración activa en política, guerra o confrontación de cualquier tipo. En otras palabras, consiste en la muerte de gente inocente para sembrar el terror difuso en la población como arma de esa guerra sicológica y socavar, de ese modo, la sustentación del enemigo.

Pero el desplome del complejo que incluía las dos torres gemelas del ‘Centro Mundial de Comercio’ de 110 pisos cada una y de un edificio auxiliar de 47 pisos, terminado en 1973, no son el guión de la más reciente y taquillera película de acción, sino la pavorosa y lamentable realidad de la tragedia de la mañana del martes 11 de septiembre, con un balance que se medirá en miles de muertos y cuyos perpetradores, al escribirse estas líneas, han sido identificados como más de una docena de secuestradores de origen árabe ligados al terrorista Osama Bin Laden, pero con muchos cuestionamientos sobre tales identificaciones, pues se han comprobado sustracciones y falsificaciones de documentos, y personas ubicadas como secuestradores muertos en los atentados han surgido vivas en otros lugares.

Estados Unidos es multifacético. ¿Cuál EE.UU. ha sido atacado?

Los titulares de prensa más significativos destacan –entre otros– que los atentados perseguían: ‘golpear el corazón de Estados Unidos’; “golpear el poder político y financiero de Estados Unidos”, “atentar contra el modo de vida norteamericano” o “declarar la guerra a Estados Unidos”. Pero los Estados Unidos de América es una nación de múltiples caras, simbolizando muchas cosas diversas y en cualquiera de ellas puede estar la respuesta sobre los autores de los atentados:

Es el portaestandarte del mundo libre y la democracia como forma de gobierno, abierta a todas las religiones y creencias, polo de todas las inmigraciones, aun con todos los desvíos que acusa la sociedad norteamericana.

Es la única gran potencia bélica mundial después del colapso de la Unión Soviética, cuyos centros estratégicos son la Casa Blanca y el Pentágono, ambos en Washington, en la cual conviven en eterno debate por vigencia las políticas del aislacionismo y el internacionalismo.

Es el centro económico, comercial y financiero mundial, y de la especulación bursátil globalizada, con su sede en Wall Street y las torres del Centro Mundial de Comercio en Nueva York.

Es la sede del gran poder mundial bancario y financiero del sionismo, enfrentado al islamismo por razones políticas y religiosas.

Es polo de la gran controversia mundial entre la globalización neo-liberal (estigmatizada como capitalismo salvaje por el Papa), impuesta por el mundo desarrollado en perjuicio del mundo en desarrollo, y quienes reclaman una economía que persiga mejorar la condición de vida de la humanidad.

A causa de lo anterior, es eje de controversia por los efectos internos de su política económica, creando recesión y desempleo masivo previo a los atentados por el cierre y fusión de innúmeras entidades industriales, comerciales y financieras, aumentando en sus ciudadanos la pobreza, y la dramática reducción del ‘modo de vida norteamericano’, generando protestas violentas sobre el TLC, la OMC, el ALCA y los cónclaves en su país de los organismos multilaterales de la globalización.

Es centro del debate político norteamericano entre las estructuras de la plutocracia que gobierna en desmedro de las instituciones constitucionales de la democracia, y los ciudadanos que reclaman su soberanía, descentralizando el poder de Washington hacia los estados de la Unión. Esta confrontación ha originado buena parte de las 50 milicias armadas que existen en todos los estados de EE.UU., excepto Hawaii.

Es el gran mercado de consumo del narcotráfico, en el cual están en guerra el más reciente flujo de drogas de Suramérica con el tradicional flujo originado en Medio Oriente, y que involucra a todo el sistema bancario mundial que lava sus inmensos beneficios y los traslada a todas partes del planeta.

Es el centro de poder político del gran negocio del petróleo, pivote estratégico de la economía mundial y del esfuerzo bélico y espacial, del cual participan parte de las principales figuras del actual gobierno norteamericano, en respaldo del gran cartel de comercializadoras petroleras enfrentado al cartel de los países de la OPEP.

Es el gran protector de Israel en su enfrentamiento con Palestina y el mundo árabe (como lo fue ayer de los judíos perseguidos por la Alemania de Hitler, entrando a la II Guerra Mundial), en el cual se libran cotidianos actos terroristas.

Es una nación de inmigrantes, abierta a la inmigración –originalmente británica y luego de toda Europa- a la cual se han incorporado paulatinamente los antiguos esclavos africanos y su descendencia, así como grandes contingentes de inmigrantes del Tercer Mundo (árabes, asiáticos y latinoamericanos), en la medida en que la economía de la pobreza deja a EE.UU. como el único polo de esperanza del mundo.

Es la nación que aporta la mayor contaminación atmosférica que ocasiona el calentamiento del globo terráqueo, comprometiendo el futuro de la humanidad, y el único país que no ha suscrito los acuerdos mundiales de biodiversidad poniendo fecha límite a esas emanaciones, que le obliga a romper con su tecnología vigente basada en el petróleo y sus derivados, reto económico de magnitudes incalculables.

Es el centro de un radical y cruento debate entre los partidarios al derecho al aborto y sus contrarios, que se ha hecho descansar en diferencias religiosas, escenificándose innúmeros actos de terrorismo de un bando y otro.

Es escenario de un brote generalizado de homosexualidad, tanto de hombres como de mujeres, que cuestiona las esencias fundamentales del ser humano, el cual ha encontrado también su respuesta violenta de parte de extremistas.

Algunas de estas facetas conflictivas pueden haber originado la terrible agresión terrorista del martes 11 de septiembre, y es de esperar que en los días por venir se podrán identificar tanto a los autores como la intención o propósito de la misma.

LA GUERRA DEL TERROR
La primera reacción a la inesperada noticia del cruento ataque terrorista a los Estados Unidos de América es percibirla instintivamente como proveniente del exterior, pero la verdad detrás de los horrendos atentados, en los cuales fueron usados como ‘carne de cañón’ inocentes pasajeros de aviones secuestrados y estrellados contra sus objetivos previamente seleccionados, ocasionando innúmeras bajas (aún no determinadas), puede ser muy compleja. Tan compleja como la naturaleza e idiosincrasia ambivalentes de la sociedad norteamericana y la nación que la representa.

Estados Unidos ha sufrido el terrorismo muchas veces en ultramar, y la prensa se ha encargado de actualizar el inventario de los atentados de diverso tipo atribuidos a Osama Bin Laden, que se han hecho en el pasado reciente, pero es tan sólo la tercera vez que lo vive en su territorio continental, y el origen de estos actos de terrorismo en suelo norteamericano ha sido diverso. Ha habido agresiones inspiradas desde fuera, pero también desde dentro.

La primera vez en su historia reciente, en 1993, la agresión fue externa, con el atentado precisamente contra una de las torres del ‘Centro de Comercio Mundial’, a base de una carga de explosivos en un camión que se introdujo en el sótano del área de estacionamientos, que produjo 6 muertos y 1,000 heridos. Fue atribuido inicialmente a Osama Bin Laden, y posteriormente al líder integrista islámico, el jeque egipcio Omar Abdel Rahman, condenado y recluido en prisión perpetua junto a sus cómplices, de quien la prensa ha señalado que sus partidarios habían emitido recientemente amenazas contra el gobierno de EE.UU.

La segunda vez, en 1995, la agresión fue interna, con el horrendo atentado realizado por el ex-soldado veterano de la campaña de ‘Tormenta del Desierto’, Timothy McVeigh, condenado a muerte y ejecutado por la voladura del edificio federal ‘Alfred Murrah’ de Oklahoma City, que costó la vida de 167 personas (acto de terror reivindicado como represalia por la muerte de un grupo de fanáticos religiosos seguidores de David Koresh en el sitio de Waco, Texas, a manos del FBI), supuestamente realizado sin ninguna otra participación por McVeigh junto a otro cómplice. En esa terrible explosión murieron por igual niños, mujeres y hombres.

Esta vez la agresión se indica como externa, atribuyéndola a la red terrorista encabezada por el jeque Osama Bin Laden (saudita de origen, despojado de su ciudadanía y repudiado por su familia), como fueron los ataques a las embajadas norteamericanas de Nairobi (Kenya), y Dar es Salaam (Tanzania), en el continente africano; el ataque al crucero norteamericano USS Cole en el puerto de Aden, en Yemén; como lo fue inicialmente el atentado de Oklahoma City, y de hecho casi toda acción terrorista en el mundo. Bin Laden negó estar ligado a estos últimos atentados, imputándolos a terceros movidos por razones personales.

Obviamente, una agresión externa produce efectos completamente opuestos a una que proviene de la propia ciudadanía norteamericana. La primera actúa como factor de unificación interna de los norteamericanos frente al agresor externo. Levanta el patriotismo y exalta los valores positivos de su sociedad. El agresor interno crea, por el contrario, una crisis de división de la sociedad norteamericana y profundiza sus diferencias. Por eso siempre existirá la tentación y el riesgo de atribuir a agresión externa todo atentado, aunque no sea verdad.

UNA SOCIEDAD COMPLEJA
Los Estados Unidos de América han sido, y todavía hoy son, el paradigma de una sociedad libre integrada por hombres libres, según fuera concebida por sus fundadores, y en esta base lideran el denominado ‘mundo libre’ al cual aspiramos buena parte de la humanidad, expresión de un ideal democrático definido por Lincoln como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, en el cual la soberanía descansa en la voluntad de la mayoría de sus ciudadanos.

A nombre y en defensa de esa libertad los norteamericanos han ido a la guerra varias veces, pagando un alto precio en vidas, aunque los verdaderos motivos tras esos conflictos hayan sido otros. Tampoco han vacilado en usar directamente su poder militar para aplastar la libertad y la soberanía de otros, como lo fue la intervención militar de 1965 en la República Dominicana al precio de miles de vidas dominicanas, o mantener una presencia militar directa en los conflictos del Medio Oriente y el petróleo (negocio en el cual están involucrados tanto George W. Bush padre, como George W. Bush hijo, actual Presidente de los Estados Unidos, así como el vicepresidente Cheney), como la guerra contra Sadam Hussein; así como intervenir en los enfrentamientos protagonizados por el mundo judío y los árabes.

Esa imagen de sociedad democrática se oscurece, sin embargo, cuando se percibe que detrás de sus instituciones constitucionales, de la separación de poderes, del sistema de ‘chequeos’ que mantiene su equilibrio para impedir el advenimiento de una dictadura, proteger el libre juego de las ideas, avalar la libertad de expresión y las elecciones libres; prohibir el monopolio o el oligopolio, garantizar la libertad económica y el libre juego de la oferta y la demanda, existe una estructura de poder integrada por sus grandes intereses económicos, hoy transnacionalizados, que articulan la negación de la democracia y de la libertad de mercado, conformando una plutocracia --hoy mundial-- del gobierno del dinero, en el cual se otorga lugar de predominio al capital financiero y bancario judío con sede en Nueva York.

La plutocracia maneja tras bambalinas la política y el rumbo de la sociedad norteamericana, escamotea a sus ciudadanos la soberanía política de la nación, traza sus objetivos estratégicos conforme a sus intereses, decide cuando ir a la guerra y porqué, y monta el sainete electoral cada cuatro años, con unos comicios a los cuales concurren fundamentalmente los dos grandes partidos del sistema (Demócrata y Republicano), que permiten al ciudadano ejercer el derecho a la ‘libre elección’, siendo su resultado condicionado a la voluntad y decisión previas de este poderoso grupo que lleva al poder a un Presidente republicano o a un demócrata (comprometidos por igual con el mismo programa, según convenga a la ‘temperatura’ electoral), influyendo la selección interna de los candidatos de cada partido, que luego ejecutarán desde el gobierno los planes elaborados en los ‘think tanks’ de la plutocracia.

Esta es una de las peores lesiones a la democracia norteamericana, porque un examen al organigrama del Poder Ejecutivo de los EE.UU. evidenciará que ningún organismo gubernamental tiene atribuciones para ‘planificar’ el rumbo económico de la sociedad norteamericana, pero las entidades académicas y firmas consultoras financiadas por la plutocracia, denominadas ‘think tanks’, planifican –no sólo la economía, teniendo como muestra el gran mercado común de América del Norte (TLC) de EE.UU., México y Canadá- sino también el sagrado ámbito de las políticas de seguridad bélica de los EE.UU.

La profunda crisis de desconfianza que han venido acumulando los ciudadanos norteamericanos con la política bipartita de EE.UU. se demostró fehacientemente con los resultados de su último proceso eleccionario, en el cual, en una nación de más de 285 millones de habitantes, las elecciones fueron decididas por 500 votos y una actuación de la Suprema Corte de Justicia sumamente cuestionados, y evidenciando nueva vez la obsolescencia del sistema de elecciones a base de delegados electorales.

La doble y conflictiva personalidad de la nación norteamericana se evidencia en su imposibilidad de ser paradigma de la libertad de todos, y al mismo tiempo punto de apoyo para la opresión que le asigna su rol de única gran potencia bélica mundial, eje de la política globalizadora neo-liberal, cuyos intereses imponen a la fuerza a su propia economía y a la del Tercer Mundo, planteando la gran interrogante de si Estados Unidos puede mantener su hegemonía económica mundial en desmedro de los demás, así como la necesaria cohesión interna de los estados de la Unión y asimismo el liderazgo del mundo democrático.

Ya había expresado su preocupación sobre esta dualidad el Presidente mártir, Abraham Lincoln, víctima de una conspiración atribuida a los del Norte, expresando:

“El poder del dinero hace presa sobre la nación en tiempos de paz y conspira contra ella en tiempos de adversidad. Es más despótico que la monarquía, más insolente que la autocracia, más egoísta que la burocracia. Preveo en el futuro cercano una crisis que se aproxima, que me preocupa y me hace temblar por la seguridad de mi país. Las corporaciones han sido entronizadas, una era de corrupción en altos cargos vendrá, y el poder del dinero del país se empeñará en prolongar su reinado, manipulando los prejuicios de la gente hasta que la riqueza sea concentrada en unas pocas manos y la república será destruida”.

Semejante inquietud fue expresada por el Presidente Dwight D. Eisenhower (general de cinco estrellas, comandante en jefe aliado en la II Guerra Mundial y republicano) en su discurso de despedida al asumir el poder el Presidente mártir John F. Kennedy (posteriormente asesinado al igual que su hermano Robert F. Kennedy, ya seleccionado como candidato demócrata a la presidencia) al expresar:

“Esta conjunción de un inmenso establecimiento militar y una gran industria de armamentos es nueva en la experiencia americana. La influencia total -económica, política, aun espiritual- es percibida en cada ciudad, cada capitolio, cada oficina del gobierno federal. Nosotros reconocemos la necesidad imperiosa de este desarrollo. Sin embargo, no debemos fallar en comprender sus graves implicaciones. Nuestro trabajo duro, recursos y supervivencia están todos involucrados; también lo está la estructura misma de nuestra sociedad. En los consejos de gobierno debemos estar en guardia contra la injustificable obtención de influencia, sea buscada o no, por parte del complejo militar-industrial.

El potencial de un aumento desastroso de poder indebido existe y persistirá. Nunca debemos permitir que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestras libertades y procesos democráticos. No debemos dar nada por sentado. Sólo una ciudadanía alerta y consciente puede forzar la conjugación apropiada de la enorme maquinaria industrial y militar de defensa, con nuestros métodos y objetivos pacíficos, de modo que la seguridad y la libertad puedan prosperar juntas”.

Como puede verse en ambos testimonios para la historia, en los Estados Unidos coexisten, en precario equilibrio inestable, la libertad y la opresión, la primera puesta al servicio de los principios que norman la sociedad norteamericana, y la otra al servicio de los intereses de una minoría cuya filosofía de vida se centra en el control del dinero.

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