1 de Octubre del 2001 • Edición número 1,222
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Max Puig
El riesgo manufacturado


Ya se ha establecido que, lejos de haber surgido de golpe, la especie humana es el resultado de un dilatado proceso de evolución y transformaciones. A lo largo de éste, las complejas relaciones entre hombre y naturaleza se fueron modificando.

El hombre pasó de su condición animal original a la condición humana, convirtiéndose en amo y señor de la naturaleza. Al hacerlo, la fue transformando. Hasta el punto que hoy día no se pueda hablar en sentido estricto de una “naturaleza pura”, que no haya sido condicionada por él.

Hoy se abrigan graves temores. El dominio alcanzado por el hombre sobre el mundo natural amenaza su propia existencia. Empeñado en controlar la naturaleza y hacer uso pleno de ella, el ser humano ha desarrollado de manera contradictoria una capacidad de destrucción que pone en peligro las diversas formas de vida existentes en el planeta.
La imagen extrema de esta capacidad de destrucción la ofrece la energía atómica. El accidente ocurrido en la estación de Chernóbil en 1986 y el amplio arsenal de armas nucleares disponible evocan la posibilidad de una catástrofe de proporciones inimaginables. Al afectar la capa de ozono, las formas actuales de desarrollo están alterando el equilibrio climático: aumentan las temperaturas y se elevan los niveles de los océanos amenazando con inundar muchos territorios, en particular las pequeñas islas. La disminución de las superficies boscosas está acarreando efectos devastadores sobre la biodiversidad. Al lado de los extraordinarios avances que representan, se cierne la incertidumbre en torno a muchos experimentos genéticos que se realizan actualmente: el debate no ha terminado sobre el llamado mal de las vacas locas y acerca de los eventuales efectos que producirían los alimentos genéticamente modificados.

A diferencia de épocas anteriores, en que la mayor parte de los riesgos eran naturales, salvo el caso de las guerras, los de hoy son riesgos manufacturados, al decir del sociólogo Anthony Giddens, ideólogo y miembro destacado del gobierno laborista de Tony Blair. El riesgo manufacturado sería “el creado por el impacto mismo de nuestro conocimiento creciente sobre el mundo”.

Para Giddens el concepto de riesgo no existía en la Edad Media ni en las demás sociedades tradicionales; por el contrario, formaría parte de la racionalidad de las sociedades industriales capitalistas, basadas en el cálculo del beneficio y la pérdida. A pesar de constituir un poderoso motor para el avance de las sociedades, el riesgo conlleva también serios inconvenientes que tienen que ver, en lo fundamental, con la capacidad de preverlo y controlarlo.

De este modo, vivimos en un mundo donde los peligros creados por el hombre representan una amenaza mayor que los provenientes de la naturaleza. Como se dijo más arriba, algunos de estos peligros serían verdaderamente catastróficos.

El atentado del pasado 11 de septiembre lo puso en evidencia: arma-mentos de gran poder destructivo, nucleares, químicos o bacteriológicos podrían ser utilizados en escala más o menos importante de un momento a otro.

El mundo contemporáneo está organizado en Estados. Estos han detentado, históricamente, el monopolio del uso de la violencia. Sin embargo, una de las consecuencias del desarrollo científico y tecno-lógico ha sido el dotar a los particulares de capacidades para construir y destruir que no tienen parangón.

Los Estados Unidos han declarado una guerra que no está dirigida a Estados, aunque afectará a Estados, gobiernos y sociedades. Lo han hecho en un contexto en que, a diferencia de los tiempos de Hiroshima y Nagasaki, el secreto nuclear ha dejado de serlo y no se sabe hasta qué manos han llegado hoy día los mortíferos instrumentos atómicos. Hace algún tiempo un grupo japonés fue desmantelado cuando se aprestaba a envenenar poblaciones enteras con gases de gran poder tóxico. La guerra biológica ha dejado de ser un escenario de ciencia ficción. Sus horrores pueden estar muy cerca.

Los últimos días se ha escrito, con mucha razón, que la guerra anunciada será muy diferente a todas las anteriores y que será muy difícil precisar sus diversas vertientes y desenlaces posibles. En todo caso, el nivel de riesgos que ella hace presentes es muy elevado. El dominio que el hombre ha logrado sobre la naturaleza se ha vuelto contra él. Las sociedades y los líderes de mayor responsabilidad mundial deben pensar en ello antes de que sea demasiado tarde.




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