1 de Octubre del 2001 • Edición número 1,222
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Rafael Peralta Romero
Bailemos ese poema


Federico García Lorca dijo alguna vez, al pronunciar una conferencia, que escuchaba música procedente de los árboles y aseguró que hablaba con unos chopos plantados en el patio de su casa. Y a tal punto fue la compenetración con ellos, que le pareció oír su nombre pronunciado por los arbustos. Más tarde un exégeta de la poesía de García Lorca afirmaría que “Ese oído que tenía para escuchar todas las voces secretas de la naturaleza es uno de los elementos más destacables de su obra poética”.

Quizás por eso, este andaluz singular ha alcanzado tanta popularidad y su poesía disfrute de altísima aceptación entre críticos y lectores. Su poesía se traspasa de unos labios a otros, entre gente común, mientras los estudiosos de la literatura de universidades de cualquier país encuentran hoy en ella signos distintivos de modernidad literaria.

Pero no es por ahí por donde quiero encaminar este artículo. Quiero hablar de la posibilidad de que la poesía rebose de musicalidad, cuando otros talentos se suman para explotar la música que intrínsecamente lleva –o ha de llevar– toda obra poética, imprimiendo en la misma verdaderos toques melódicos capaces de arrastrar al oyente a un placer adicional al originado por el poema como tal.

Desde hace largos meses contraje el compromiso, con mi conciencia y con mi gusto, de escribir un artículo para relatar la experiencia estética y sensual experimentada a propósito de la divulgación de dos discos compactos creados por un grupo de selectos músicos con poemas de Federico García Lorca. Dejé escurrir mucho tiempo, lo reconozco, pero sigue vigente la necesidad de proclamar una emoción resguardada íntimamente.

Rafael Pérez Modesto, además de mercadeo político, sabe bailar son. Un buen bailador de son se percibe a distancia, aun por aquellos que como yo no sabemos hacerlo. Cuando vi a Rafa Pérez y su esposa bailar el “Son de negros en Cuba”, dando la vuelta sobre un pie, con todos los giros propios del que disfruta bailar un son, gocé tanto como ellos ante el descubrimiento de que es posible bailar la poesía.

Sentí el pleno sabor y el calor de la música cubana, magistralmente adaptada a la poesía de García Lorca y renové la fe en la grandeza creativa de este poeta, nacido en Fuente Vaqueros, Granada, en 1898 y asesinado por las hordas franquistas en 1936.
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El sentido poético de García Lorca pudo ser fuera de lo común. Vivió apenas treinta y ocho años y le fueron suficientes para erigirse en una de las voces más potentes de la poesía hispana del siglo veinte. Sesenticinco años después de su muerte, un grupo de grandes músicos –dirigidos por Michel Camilo- se unió para musicalizar una selección de sus poemas y esparcirlos en la voz de Ana Belén con el nombre de “Lorquiana”. En la semana pasada una tienda de discos de la calle El Conde los ofrecía en especial. Y recordé mi deuda.

Veo el empeño de muchos poetas, en nuestro país, en crear obras afónicas, atónicas, monótonas, inodoras, insípidas e incoloras. Ocurre sobre todo como producto de la “experimentación” a la que -al parecer- obligan los tiempos a los creadores. Es consecuencia de la búsqueda ferviente de la renovación de las formas, lo cual acarrea a su vez que algunos desdeñen los brotes naturales de poesía que germinan a su lado. El pueblo, como soporte de las angustias y alegrías cotidianas, es la principal fuente de poesía.

Lo que hizo García Lorca fue abrevar en esa fuente. El lo dijo de este modo: “Toda mi infancia es pueblo. Pastores, campos, cielo, soledad. Sencillez en suma. Yo me sorprendo mucho cuando creen que esas cosas que hay en mis obras son atrevimientos míos, audacias de poeta. No. Son detalles auténticos, que a mucha gente le parecen raros...”.
Federico García Lorca visitó cuba en 1930, se detuvo suficiente tiempo en La Habana y anunció repetidas veces que iría a Santiago. El poeta español vivió cierta fascinación por la cultura y el vivir de los negros. De ahí resulta su poema “Son de negros en Cuba”, del cual ha escrito Guillermo Cabrera Infante “Su poema, que tiene la forma poética del son, brota aquí como una flor: natural, espontáneo y excepcionalmente bello”.

Poco tiempo en Cuba le sirvió a Federico para llevar a su poesía “los techos de palmeras”, “la flor de tabaco” y el “ritmo de semillas secas”. Esta es la forma de un poeta llamar a las maracas. Federico García Lorca cultivó su inteligencia, pero no se la dejó enturbiar. Algunos creadores desarrollan sus facultades, pero sin importarle la atrofia del sentido artístico. Y pierden posibilidades de comunicarse por medio de la poesía.

Hay poetas de los que nadie recitará nunca un poema. No porque no los conozcan, sino porque el común de la gente no asimila la obra. Pero tampoco es causa de preocupación para ellos. Ni Michel Camilo, ni músico alguno logrará que alguien baile esa poesía. Es que la gente se identifica con lo suyo, con lo que es su propia vivencia. Y en ello está la llave de la poesía.




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