1 de Octubre del 2001 • Edición número 1,222
 SECCIONES
 



Suscripciones
al teléfono

472-7694 de lunes a viernes de 9:00am a 6:00pm o al correo electrónico
Paramecios, átomos y otras cosas pequeñas



A finales del siglo XIX, y sobre todo a lo largo del XX, Occidente empezó a descubrir la enormidad de lo minúsculo. Se estudiaron los átomos, se desarrolló el microscopio electrónico y se devastó Hiroshima con una bomba aterradoramente grande cuya energía procedía de lo muy pequeño.


Por Rosa Montero

A los humanos siempre nos han gustado las cosas de dimensiones superlativas. Ya lo dice el viejo refrán: “Caballo grande, ande o no ande”. Las siete maravillas del mundo antiguo, definidas por los griegos, abundaban en estatuas colosales, faros altísimos y monumentales pirámides. En la Edad Media se edificaron iglesias gigantescas: resultan enormes incluso para las medidas de los rascacielos de hoy, y en su momento debieron de producir una sensación de absoluto pasmo y sobrecogimiento. Que era, sin duda, lo que se pretendía al erigirlas.

Príncipes y reyes rivalizaron durante milenios en las dimensiones de sus palacios, mientras los señores de la guerra alzaban murallas cada vez más gruesas y más altas. Por no hablar de los ingenieros de la industrialización, que han competido con feroz encono por hacer la presa más grande o el puente más largo. Si la torre de Eiffel es tan famosa es porque durante cierto tiempo fue la mayor construcción de hierro del mundo.

Pero hete aquí que, a finales del siglo XIX, y sobre todo a lo largo del siglo XX, Occidente empezó a darse cuenta de la enormidad de lo minúsculo. Y así, las cosas de tamaño ínfimo se convirtieron de repente en un objeto de estudio prioritario. En 1892, un científico ruso descubrió los virus, a raíz de lo cual los humanos nos enteramos de que esas cosas invisibles eran nuestros enemigos más letales. Luego, en 1900, llegó la teoría cuántica, y con ella aprendimos que hay otra realidad en este mundo, una realidad compuesta por partículas tan diminutas que no cumplen las leyes normales o newtonianas de la física. De ahí en adelante, en fin, todo fue un precipitarse del interés humano hacia la menudencia. Se estudiaron los átomos, se desarrolló el microscopio electrónico y se devastó Hiroshima con una bomba aterradoramente grande cuya energía procedía de lo muy pequeño.

Como a tantos otros, a mí también me fascina lo menudo. Leyendo hace poco ¿Está usted de broma, Sr. Feynman? (Alianza Editorial), el libro de memorias de Richard Feynman, físico cuántico y premio Nobel en 1965, aprendí que una gota de agua puede estar llena de paramecios, y que esas pobres criaturas se agitan y se inquietan a medida que la gota se evapora, porque la falta de agua supone su muerte (se quedan secos y tiesos como una semilla). Los paramecios abundan en las pozas de los ríos, en los lagos y estanques, e incluso existe también un paramecio marino; de manera que este verano, tras haber nadado un rato en un embalse, por ejemplo, puedes tumbarte al sol perlado de agua y provocar, cuando tu cuerpo se seque, una horrorosa matanza de bichejos. Sí, ya sé que es una imagen algo siniestra, pero también sugiere algo maravilloso, un vértigo de profundidad y de riqueza biológica. La vida hierve a nuestro alrededor, sólo que no la vemos.

A veces, los organismos son tan pequeños que no podemos distinguirlos con el ojo desnudo; pero en otras ocasiones lo que sucede es que no nos fijamos. Feynman también cuenta en su libro las horas que se pasaba observando hormigas, de muchacho, y cómo las veía cuidar de sus rebaños de áfidos. Porque, al igual que los humanos tenemos vacas, las hormigas tienen una especie de ganado al que mantienen y explotan. Los áfidos chupan la savia de las plantas, y, cuando éstas se marchitan, las hormigas agarran en volandas a sus bichos domésticos y los trasladan a otras plantas sanas y verdes. A cambio del pastoreo, esto es, del acarreo, las hormigas ordeñan al animal, o sea, engullen un jugo gástrico parcialmente digerido que el áfido produce. La sustancia suena francamente horrible, pero a las hormigas les encanta. Los científicos, con muy buen criterio, lo han llamado ambrosía.

De manera que en este mundo en el que nos creemos tan importantes hay un constante ajetreo que nos ignora, seres naciendo y muriendo, prácticas ganaderas, ejércitos en guerra, rutinas laborales, emigraciones masivas. Un barullo orgánico infinito, una épica remota. El otro día salió en EL PAÍS un reportaje sobre un moho fascinante, el Dictyostelium, también llamado Dicty para los amigos. Este moho está compuesto por unas amebas diminutas que son invisibles para el ojo humano y que se alimentan de bacterias. Pero, cuando escasea la comida, las amebas se juntan unas con otras hasta formar, en grupos de 100.000, una especie de babosa lo suficientemente grande como para ser percibida a simple vista. Esa babosa compuesta por miles de organismos individuales se arrastra por la tierra hasta encontrar un lugar caliente y con luz. Una vez alcanzado el sitio idóneo, el aglomerado de amebas vuelve a transformarse y se convierte en algo parecido a un champiñón. Para ello, una quinta parte de las células se suicidan, y sus cadáveres forman un tallo de dos o tres milímetros, sobre el que se apelotonan las demás células, dispuestas a soltar esporas, para reproducirse, cuando las condiciones ambientales sean mejores.

Lo que más me fascina de ‘Dicty’, que, desde luego, es un bicho de costumbres peculiares, es su capacidad para formar, digamos, un ser colectivo como la falsa babosa. Qué extrañas y complejas maneras de manifestarse tiene la vida. Los humanos, empeñados en creernos los reyes del mambo, tendemos a pensar que si hay vida inteligente en el universo debe de tener unas características humanoides. ¿Pero y si son organismos más parecidos a Dicty? ¿Criaturas independientes, por un lado, y por otro, meras piezas de un ente 100.000 veces mayor? En un espécimen así, ¿los individuos suicidas serían heroicos, los supervivientes unos tiranos? Por otra parte, y puestos a elucubrar posibilidades extremas, acaso nosotros mismos sólo seamos unas minúsculas amebas para alguna criatura monumental, para un megaente tan tremendo que no llegue a cabernos en la cabeza.

No quisiera terminar este artículo sobre lo microscópico sin hablar de los ácaros, esos vecinos infinitesimales del colchón que comparten nuestra cama y nuestros sueños y que nos susurran, por las noches, rechinantes nanas de arácnidos insomnes (agudice la oreja y los oirá). Estamos rodeados, acompañados, invadidos por criaturas diversas, por un frenesí de vida que nos incluye. Por mucho que lo temamos (o que lo deseemos), nunca estamos solos.


Otros
artículos


La guerra y Dios
como pieza a la medida


LIBROS

Una vida en la cauda de los años

Álvaro Manzano
“Vengo a trabajar el repertorio clásico para desarrollar a la Orquesta”




VISITE LA WEB DE LOS PERIÓDICOS
Hoy|El Nacional


Revistas Nacionales, S. A. | Santo Domingo, República Dominicana | Todos los Derechos Reservados