1 de Octubre del 2001 • Edición número 1,222
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Para el Corán, la propagación del Islam (palabra árabe que significa salvación o sumisión a Dios) es un deber religioso. La guerra es un ideal, una orden divina
La guerra y Dios
como pieza a la medida


Por Jacinto Gimbernard Pellerano

Es realmente asombroso. Los humanos tenemos a Dios como un comodín, esa pieza que, en algunos juegos de naipes, toma el valor que conviene a quien la posee. Hasta los nazis, ejerciendo una crueldad atroz, eran capaces, con toda tranquilidad, de mantener el lema alemán de la Primera Guerra Mundial, "Gott mit uns" (Dios con nosotros).


Luis Medrano
¡Cuánto se ha invocado el nombre de Dios para realizar atrocidades!
Es sorprendente constatar que cuando nació el monoteísmo, originado en Egipto por el 1466 a.C., (en el reinado de Amenofis IV, educado por su madre, la reina Tii, se centraron las creencias en el culto a Atón como dios único) se atribuyó a este Dios Único una característica guerrera. Se le llamó "Dios de los Ejércitos".

El Antiguo Testamento y luego el Corán, nos presentan un Dios guerrero. "No temáis, Jehová, vuestro Dios, va delante de vosotros. Jehová, tu Dios, echará a estas gentes de delante de ti, poco a poco… las quebrantará con gran destrozo y borrará su nombre de debajo de los cielos" (Deuteronomio 7, 8, 9).

"He aquí la tempestad de Jehová que sale con furor, la tempestad se precipita y sobre la cabeza de los impíos reposará. No se calmará la ira de Jehová hasta que haya cumplido los pensamientos de su corazón" (Jeremías 30).

Para el Corán, la propagación del Islam (palabra árabe que significa salvación o sumisión a Dios) es un deber religioso. La guerra es un ideal, una orden divina: "Haced la guerra contra aquellos que no creen en Dios ni en el último día, que no miran como prohibido lo que Dios y su apóstol han prohibido y a aquellos de entre los hombres de las Escrituras que no profesan la verdadera religión. Hacedles la guerra hasta que hayan pagado el tributo con sus propias manos y sean sometidos" (Corán, Sura 9, 90). El famoso paraíso de Mahoma, que se ha hecho proverbial, está reservado únicamente a quienes murieron en acciones de guerra: "Vivírán en los jardines donde corren los arroyos… gozarán eternamente… encontrarán allí las mujeres purificadas, las jóvenes huríes, y su estancia en los jardines será eterna" (Corán 2, 23; 2, 72).

El cristianismo primitivo repudió la guerra: "Quien a hierro mata, a hierro muere". Luego, San Agustín (354-430), consciente de las contradicciones entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, desarrolla una teodicea que justifica la guerra en la medida en que pueda expresar la voluntad divina: "Si Dios, por alguna prescripción especial, ordena matar, el homicidio se convierte en una virtud". Santo Tomás, en su célebre teoría de la Guerra Justa, formula las condiciones que puedan hacer de la actividad guerrera una empresa favorablemente admitida por Dios: 1) La autoridad del príncipe, 2) Una causa justa, 3) Una intención recta.

Pero resulta que ambos contendientes luchan por lo que consideran una causa justa, provista de una intención recta y realizada con la autoridad del príncipe (o sea el gobernante, líder o jefe supremo).

El criminal ataque a los Estados Unidos, obviamente proveniente de sectores extremistas mahometanos, gente envenenada de confusiones medievales, aterra por la locura de los fanatismos. Parece un conflicto entre concepciones de la Edad Media y de la Edad Moderna.

Ciertamente que existen grandes injusticias. Que hay dos polos en la inhumanidad: quienes tienen de sobra y quienes carecen hasta de lo más esencial. Pero los líderes de países misérrimos nos abruman con sus insensateces, invirtiendo montañas de dinero en armamentos y hasta en competencias por el belicismo nuclear.

Esperemos que de todo este horror que asoma su rostro pavoroso surja una justa valoración de la paz, y de la justicia social masiva que ésta requiere para crecer, florecer y fructificar.


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