Max Puig
La primera guerra
del siglo XXI
El mundo ya no volverá a ser como antes de los mortíferos ataques del 11 de septiembre en Washington y Nueva York.
Como sucedió en ocasión de la caída del muro de Berlín y de la guerra del Golfo, ese día vivimos en directo los dramáticos acontecimientos gracias a la televisión.
Primero fuimos estremecidos. Luego experimentamoS horror, espanto, indignación y compasión por las víctimas de la acción terrorista.
Todavía sigue siendo temprano para medir en todas sus consecuencias el tremendo golpe asestado a los principales centros del poder económico y militar mundiales.
Desde ahora se puede afirmar que la tragedia de las torres gemelas influirá de manera decisiva en el curso que habrá de seguir la humanidad en las décadas venideras.
Por primera vez la guerra llegó al territorio de los Estados Unidos y a su población civil. Sufrimientos y angustias que hasta ahora habían estado reservados a otros pueblos, desgarran en este momento a los habitantes de la nación más poderosa de la Tierra.
Adoloridos, aturdidos por el temor, los Estados Unidos se preparan para la guerra, para un nuevo tipo de guerra que, proclama el presidente Bush, su país está resuelto a ganar.
El clima en que se anuncia la cruzada antiterrorista mundial es muy particular. El presidente Clinton siempre repetía que nuestro planeta se ha convertido en un lugar más seguro. Los atentados demostraron la vulnerabilidad de los propios Estados Unidos, destruyendo la imagen de orden, seguridad y confianza que este país había proyectado.
Como ha escrito el editorialista francés Jean Daniel, se sabía que no había superpotencia ni nación invencible. Ahora eso ha quedado demostrado.
La nueva situación no está exenta de graves peligros. Humillados, los Estados Unidos pueden ceder a la tentación de pretender borrar la afrenta con precipitación, estimulando con más intensidad la espiral de violencia.
El excanciller alemán Helmut Schmidt, al expresar su solidaridad con el pueblo norteamericano, llama a mantener la sangre fría y a evitar las conclusiones prematuras y las reacciones histéricas, a fin de conjurar posibles errores y el estallido de una conflagración de proporciones insospechadas.
El terrorismo es una forma perversa de actuación política que degrada las causas a las que sirve, por más justas que éstas pudieran ser. Nada puede justificar el atentado múltiple de días pasados.
Está demostrado también que la lógica del terror puede envolver a las víctimas, encegueciéndolas. Las represalias, y más allá la venganza, pueden conducir a situaciones terribles.
Por el momento, el gobierno de los Estados Unidos está procurando, reuniendo y analizando informaciones, a fin de establecer las responsabilidades correspondientes. Pero se pueden formular algunas hipótesis para el futuro inmediato.
El debate político, la gestión pública y las relaciones exteriores de los Estados Unidos sufrirán cambios importantes. La amenaza del terrorismo mundial es más peligrosa y organizada de lo que preveían los hoy criticados servicios de inteligencia estadounidenses. La política y el presupuesto de defensa de la gran nación serán modificados en consecuencia. Las represalias serán enérgicas. La unidad del pueblo y la determinación del gobierno estadounidenses se reforzarán. Las medidas de seguridad limitarán seguramente las libertades individuales en los Estados Unidos y suprimirán vidas y esas mismas libertades en muchos otros países.
La gravedad de lo acontecido, la frustración y el sentimiento de impotencia no deberían obnubilar a la superpotencia norteamericana. Las pistas iniciales apuntan hacia el jefe fundamentalista islámico Osama bin Laden, no obstante habría que cuidarse del simplismo y la xenofobia.
Según Samuel Huntington, se estaría produciendo en el mundo una reagrupación de civilizaciones enteras que tenderían a enfrentarse. Según este punto de vista el blanco principal de estas confrontaciones sería el llamado mundo occidental y, de manera particular, los Estados Unidos.
La acumulación de humillaciones sufridas por la mayor parte de los pueblos del planeta de parte de los Estados Unidos y de las antiguas potencias coloniales, explicarían esta situación. Hay algo de verosímil en este pesimismo casi apocalíptico del autor norteamericano. Razón de más para actuar de un modo tal que la violencia de la retaliación no traiga como resultado la multiplicación al infinito de comandos suicidas. No hay que olvidar que la aspiración máxima de todos los pueblos del mundo es la paz.
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