24 de Septiembre de 2001 • Edición número 1,221
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Presente sobre pasado
y El informe de Brodie



Por Jacinto Gimbernard Pellerano

Extraña magia tuvieron, y en cierto modo tienen, para mí, los cuentos de Las mil y una noches. Desde aquella esquina de la calle Doctor Delgado con calle Santiago en que los leía y ensoñaba junto a un enorme y afectuoso árbol de mango, que cruelmente asesinaron las autoridades, dando así inicio a una destrucción sistemática y criminal de las gratas características del barrio de Gazcue, hasta demoler o descuartizar residencias del sector para instalar (como en “mi esquina”) un colmadón de pésimo gusto, ya destruida la galería donde yo estudiaba violín o me empeñaba en leer clásicos en su idioma original, sustituyéndose aquellas poéticas viviendas por edificios fríos, cajones productores de dinero.

Si en Santo Domingo hay tanto espacio para construir ¿por qué destruir nuestra historia? ¿Cercanía? ¿Cercanía de qué, a qué? ¿A quiénes les queda cerca Gazcue? Los estudiantes que veo moverse en el sector para asistir a instituciones educativas-tecnológicas viven muy lejos. ¿Habrá algún deleite o estatus en desplazarse a grandes distancias para asistir a una escuela enclavada en un barrio que otrora fue distinguido, así sean altos o molestosos los procesos de transporte público o privado?

Recientemente, en una visita de funcionarios de la Fundación Corripio a Montecristi, en ocasión de inaugurarse una calle de la localidad con el nombre de Manuel Rueda, alguien refirió que Montecristi quedaba muy lejos de la capital, y que por tal razón no podíamos visitarla más a menudo. Cierto personaje importante de la comunidad comentó: Lo que queda lejos es la capital, por eso casi nunca la visito.

Desconozco, documentalmente, la fuerza o capacidad accional que tenga nuestra oficina de Patrimonio Cultural. Sólo sé que se continúa la destrucción del mismo, testimoniado en demoliciones y comercializaciones.

Santiago, Puerto Plata y otras localidades sufren igual destino. Esas casas primorosamente edificadas con tablas de palma u otras que lucen, ante el desinterés público -porque no se ha educado- magníficos trabajos de ebanistería, con caladuras exquisitas y detalles de indiscutible buen gusto artístico, son descuidadas, por pobreza, desinterés o incultura de sus propietarios.

Hay que respetar el pasado, que es base de nuestro presente. No para permanecer en él, sino para tenerlo de referencia.

No se trata de que, como escribía Borges –también deleitado lector de Las mil y una noches– en la formidable secuencia de símiles e ironías que presenta en su cuento El informe de Brodie: “lo extraño es que los hombres puedan mirar, indefinidamente, hacia atrás pero no hacia delante”.

El problema parece radicar en que no miramos correctamente ni hacia atrás ni hacia delante.

Ahora tenemos una desconcertante resurrección del fenómeno que fue Rafael Leonidas Trujillo Molina.
¿Es malo?
¿Es bueno?
Yo diría que es útil.

Hay que construir el futuro sin vivir en el pasado, pero sabiendo que existió, y cuáles fueron sus características, para poder separar lo bueno de lo malo. Lo encomiable de lo execrable.

En El informe de Brodie, que Borges atribuye a un misionero escocés de Aberdeen, que predicó la fe cristiana en el centro del Africa y luego en ciertas regiones selváticas del Brasil, manuscrito que dice haber encontrado entre las páginas de un viejo ejemplar de Las mil y una noches. Borges consigna en el informe del misionero David Brodie que los que habitan en el territorio de los Yahoo veneran a un dios, cuyo nombre es Estiércol, ideado a imagen de un rey, “que es un ser mutilado, raquítico y de ilimitado poder”.

El curioso Informe termina con la supuesta petición del misionero al gobierno de Su Majestad británica de que “no desoiga lo que se atreve a sugerir este informe”.
Las sugerencias son muchas.
Las que nosotros proponemos no son tantas.
Cautela y sensatez.
En todo.


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