24 de Septiembre de 2001 • Edición número 1,221
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Once de septiembre U.S.A.



Por Jacinto Gimbernard Pellerano

Once de septiembre del 2001. Una sorpresiva realidad nos cae encima como un torrente de lava incandescente y aperplejante. La violencia y el horror bélico se estrellan contra los dos grandes símbolos del poderío norteamericano: comercio-negocio-dinero y milicia-eficiencia-invulnerabilidad.

Aquel ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, que empujó a los Estados Unidos a participar contundentemente en la Segunda Guerra Mundial, fue realizado en una remota base norteamericana en Hawai.

Estados Unidos intervino directamente en la Primera Guerra Mundial luego del hundimiento del trasatlántico Lusitania por un submarino alemán en 1915. La nave transportaba súbditos norteamericanos y Alemania no hizo caso a las severas notas de protesta del presidente Roosevelt. Siempre la sangre, el horror y el dolor inmenso estuvieron lejos del territorio norteamericano, a pesar de las multitudes de jóvenes que perdieron la vida en las dos grandes Guerras Mundiales y luego en la locura de Corea y Vietnam –por citar lo más importante–. ¡Cuántos inocentes muchachos norteamericanos, sembradores de maíz o de papas, ingenuos jóvenes de pacíficos Estados de la Unión, cayeron destrozados en lejanos campos o regresaron con el alma irremediablemente rota!

Pero todo era lejano. Verdun, Somme, Normandía, Vietnam, el paralelo 38, referencias remotas.

Uno había llegado a creer, como los norteamericanos, que el territorio estadounidense era inviolable, inexpugnable. Aunque, en el fondo, pensara que tal cosa era una ficción.

Pues ahora, primera vez, el horror bélico sienta sus pies monstruosos no sólo en territorio norteamericano, sino en el mismo corazón de los símbolos del país y el sistema.

La guerra llegó a su territorio con toda la inmensa crueldad que conlleva.

El odio histórico engendrado y alimentado por la prepotencia de ciertas autoridades de la gran nación reventó en un holocausto (sacrificio religioso judío en el que la víctima era totalmente consumida por el fuego) sacado de contexto y arropado por el fanatismo religioso. Que es el peor.

Naturalmente, la condena mundial caerá sobre los responsables de tan inmenso crimen.

¿En nombre de qué religión, de cuál noble propósito puede justificarse tal maldad, tal iniquidad?

Lamentablemente la historia está cargada de horrendos crímenes cometidos a nombre de la fe, como aquella Cruzada de niños que Occidente envió a recuperar la Tierra Santa, con bendición papal, y fueron masacrados inmisericordemente dentro de los horrores de las ocho Cruzadas que luchaban por arrancar a los “infieles” de los “Santos Lugares” desde el siglo once hasta el siglo trece.

Hablamos de globalización, pero lo primero es entenderla. Las naciones, las comunidades, tienen sus características.

Hay que respetarlas y buscar, escarbar, explorar y escudriñar las posibilidades de una interacción positiva y fructífera. No se logran éxitos y avances positivos con atentados terroristas.

Debían saberlo sus diabólicos ideólogos, creadores, organizadores y ejecutores. Está el ejemplo de Irlanda y el IRA.

¿Se logra algo sólido con terror, como no sea mayor energía en la violencia vengativa?

Lo ocurrido este once de septiembre no tiene justificación, porque no lleva a nada positivo.

Tal vez logre un efecto contrario a los intereses y propósitos de los impetrantes.

Puede lograr una unidad accional entre los mismos estadounidenses y también buena parte del mundo conectado a este país.

Puede dar una coherencia inusitada a las políticas de esta gran nación.

Que hace tiempo que merece nuevos rumbos. Más lógicos y despojados de arrogancias innecesarias.


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