Terror
El mundo ya no es el mismo después de los atentados en EE.UU.

El número de muertos nunca se sabrá con certeza, aunque sí el de las víctimas: los más de siete mil millones de personas que habitan el planeta
Por José P. Monegrol
José Mendoza de la Cruz tenía previsto viajar a Nueva York a fin de mes para pasarse unas vacaciones de 15 días y, por supuesto, visitar los símbolos de esta ciudad, entre los que estaba el World Trade Center. En su mente estaba subir al mirador que estaba sobre una de las Torres Gemelas y desde allí observar la Gran Urbe y parte de Nueva Jersey. Después del fatídico 11 de septiembre, Mendoza decidió suspender su viaje y ya nunca podrá subir a las Torres Gemelas, las que fueron conocidas como el techo del mundo.
Ahora dice que se tomará un tiempo antes de montarse en un avión porque nadie sabe.
El caso de Mendoza, un dominicano que ya no muestra tanto interés de montarse en un avión para ir a vacacionar, mucho menos a la Gran Urbe, es sólo una muestra del impacto que han tenido en todo el mundo los ataques terroristas perpetrados contra los símbolos del poder económico y militar de la nación más poderosa del planeta.
Los ataques terroristas contra las Torres Gemelas del Centro Mundial de Comercio, en Nueva York, y contra el Pentágono, así como la certeza de que la Casa Blanca y el Departamento de Estado estaban en la lista, empieza a provocar cambios en todo el mundo, de cuyas dimensiones nadie tiene una idea cierta.
El hecho de que los terroristas hayan podido atacar el edificio donde está la sede central de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, la edificación mejor protegida del mundo, y que obligaran a evacuar la Casa Blanca, sede del poder político de la nación más poderosa del mundo, representa un claro mensaje de que en ningún lugar se está seguro.
La población estadounidense vive desde la semana pasada una especie de histeria colectiva, y ya suman más de un millar las falsas alarmas de bombas en edificios y lugares públicos que han provocado evacuaciones.
Naciones como Estados Unidos, Israel, Inglaterra, Francia, Japón, España, Taiwán y Canadá viven en medio de una especie de histeria permanente por temor a los ataques terroristas. Una muestra de eso es que el jueves 13, dos días después de que dos aviones se estrellaran contra las Torres Gemelas y provocaran su derrumbe, se debió realizar una evacuación de emergencia en el Empire State.
El número de muertos nunca se sabrá con certeza, aunque sí el de las víctimas: los más de siete mil millones de personas que habitan el mundo.
Los economistas han sido tímidos a la hora de evaluar el impacto que sobre la economía mundial tendrán las fatídicos hechos, pero con dos ejemplos basta: las compañías de seguros tendrá que pagar más de 15 mil millones de dólares por los daños físicos sufridos por las empresas que tenían sus oficinas en las Torres Gemelas y en los tres días siguientes al desastre las líneas aéreas habían reportado pérdidas en sus ingresos y costos extras de operación por más de diez mil millones de dólares.
Las principales bolsas de valores cerraron durante dos días y las que se arriesgaron a abrir tuvieron grandes pérdidas. La economía norteamericana prácticamente se paralizó durante dos días, los combustibles empezaron a subir, el dólar se devaluó a nivel mundial y las autoridades monetarias de Estados Unidos tuvieron que abrir líneas de crédito excepcionales para que los bancos pudieran hacer frente a la demanda de dinero efectivo que hicieron los ciudadanos.
La Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA), que agrupa a 266 aerolíneas, manifestó sus temores de que haya una caída en la ocupación de asientos por los temores al secuestro de aviones. Y es que el ataque al World Trade Center y al Pentágono también golpeó otros símbolos mundiales: American Airline y United Airline, dos de las principales líneas aéreas cuyos aviones fueron utilizados para perpetrar el atentado.
Las medidas de seguridad en los puertos y aeropuertos se han extremado, lo que ha hecho que analistas internacionales aseguren que hasta algunos derechos civiles podrían sufrir como consecuencia de los exhaustivos chequeos, los cuales en algunos casos podrían llegar hasta el extremo de pedirles a ciertos pasajeros considerados sospechosos que se desvistan para ser revisados.
Pero la declaración de guerra que hiciera el presidente de los Estados Unidos contra los terroristas y los Estados que les den albergue también representa un elemento de preocupación, ya que se podría alterar significativamente la paz mundial.
El gobierno norteamericano, que se siente golpeado y burlado, ha centrado su atención en los grupos fundamentalistas del Medio Oriente, especialmente el que dirige el multimillonario saudí Osama bin Laden, quien se refugió hace unos diez años en Afganistán. El presidente norteamericano Georges W. Bush fue contundente al anunciar su determinación de atacar a los responsables del atentado terrorista cuando dijo que lo van a cazar y que serán castigados los responsables y quienes los albergan, dejando entrever que si algún Estado intenta protegerlos también lo atacarían.
EL PEOR ATENTADO EN LA HISTORIA DE EE.UU.
Los intereses norteamericanos han sido frecuentes blancos de los grupos fundamentalistas y ahora ha sido víctima del primer gran ataque terrorista a gran escala del siglo XXI. Los muertos aún no han sido contabilizados, aunque se habla de cifras que van desde los cinco mil hasta los 20 mil, aunque no hay dudas de que nunca se sabrá el número exacto.
Una montaña de escombros permanece en el bajo Manhattan como símbolo terrorífico de lo que puede hacer el odio y de la capacidad de destrucción de la raza humana.
Las frecuentes incursiones norteamericanas en conflictos mundiales le han convertido en un blanco emblemático para los grupos terroristas.
La mayoría de los objetivos norteamericanos atacados por estos grupos habían sido fuera de territorio estadounidense, quizás a sabiendas de la capacidad de fuego que tiene la principal potencial militar del mundo.
En los últimos 20 años Estados Unidos ha observado cómo se incrementan los ataques terroristas y su primera gran alarma fue cuando el 26 de febrero de 1993 un coche bomba de alto poder explosivo hizo estremecer los cimientos de las hoy desaparecidas Torres Gemelas. Seis muertos y más de mil heridos fue el saldo, pero lo que más se hirió fue el orgullo norteamericano, y demostró que estos grupos estaban en capacidad de atacar las entrañas del monstruo.
Sin embargo, los dos edificios dueños de los cielos de Nueva York se mantuvieron erguidos, como demostrando que no cederían ante el terrorismo. Fueron reconstruidas, las heridas sanadas y en el 2001 sólo algún vago recuerdo quedaba de ese desafío. El ataque de 1993 se había convertido en un atractivo turístico más. El visitante de las Torres Gemelas subía hasta lo más alto de los edificios de 110 pisos confiado en que sus estructuras eran capaces de resistir el fuego de poderosas detonaciones.
OSAMA BIN LADEN: PRINCIPAL SOSPECHOSO
Las primeras investigaciones empezaron a señalar a un antiguo aliado norteamericano, el multimillonario Osama bin Laden, como el responsable de los ataques.
El que luego del último ataque contra las Torres Gemelas los ojos de Estados Unidos se centraran en Bin Laden no era de extrañar, ya que éste había anunciado hacía dos semanas que sucederían ataques impresionantes contra objetivos norteamericanos.
Aparentemente nada nuevo bajo el sol. De hecho, la insistencia con la que el FBI se dedica a culpar a los movimientos islámicos de todos los males que padece Occidente roza la obsesión. Pese a las múltiples pruebas esgrimidas por los expertos en lucha antiterrorista, se duda de la capacidad de Bin Laden para coordinar la casi totalidad de las acciones terroristas contra Occidente. Entre los que ponen en dudas esas acusaciones está el régimen talibán de Afganistán.
Ficticio o real, su involucramiento en la guerra santa contra judíos y cruzados, declarada el 27 de febrero de 1998 por la totalidad de los grupos de resistencia islámica de Egipto, Paquistán y Bangladesh, le convierte, sin embargo, en el símbolo del terrorismo fundamentalista.
Pero Bin Laden es mucho más que un símbolo, es la encarnación del rechazo de los valores occidentales que empiezan a penetrar en las encerradas sociedades islámicas.
¿QUIÉN ES BIN LADEN?
Osama bin Mohamad bin Awad bin Laden nació en Riad, en 1957. Hijo de un humilde estibador de origen yemenita que logró convertirse en el mayor contratista de obras de Arabia Saudí, el joven Osama se educó en los mejores colegios e institutos docentes del mundo árabe. En 1979, tras finalizar los estudios en la Universidad de Jedda, pasó a formar parte de la plantilla de ingenieros de la empresa familiar. Pero su trayectoria profesional quedó truncada en diciembre del mismo año cuando el Ejército Rojo ocupó Afganistán. Osama abandonó la empresa para integrarse en el movimiento armado que combatía la presencia militar rusa.
En aquel entonces la guerrilla afgana (y los combatientes islámicos procedentes de Oriente Medio y el Norte de África) contaban con un poderoso aliado: los Estados Unidos. En efecto, Washington tenía interés en frenar la expansión territorial de la URSS en el continente asiático. Pese a los titubeos primitivos de la administración norteamericana, el Pentágono y la CIA lograron persuadir a los políticos de Washington sobre la necesidad de afrontar a los rusos por interpósita persona.
Pero la resistencia armada y las brigadas internacionales no eran capaces de coordinar sus acciones; diferencias ideológicas y viejas pugnas tribales impedían la creación de un frente común contra el enemigo eslavo. Las relaciones de los servicios de inteligencia norteamericanos con las facciones guerrilleras pasaban por el filtro de los socios islámicos: la CIA saudí y el Inter Service Intellegence (ISI), servicio de contrainteligencia del ejército paquistaní. A través de su organización --al Qa'eida-- Osama Bin Laden facilita la llegada de combatientes y de fondos estadounidenses a la resistencia afgana. Sus contactos con los servicios secretos de Washington y Riad le convierten en el tesorero del operativo en Afganistán. De hecho, el millonario saudí financia y apadrina a los líderes de los movimientos de guerrilla que acuden, en 1983, a las negociaciones multilaterales sobre el porvenir de Afganistán celebradas en la sede europea de las Naciones Unidas, en Ginebra. Lejos de ser un simple cajero, Bin Laden tiene una idea clara acerca del futuro del país-campo de combate. Unas ideas que expuso una tarde de otoño en la Ciudad de Calvino y que podrían resumirse en un vaticinio: ...después de la derrota de los rusos, edificaremos el nuevo Islam; un Islam puro, diáfano, auténtico.
EL GOLFO PÉRSICO
Sin embargo, a partir de 1989, Osama Bin Laden decide enfrentar a la monarquía saudí acusándola de haber abandonado los preceptos del Corán. A los ataques contra el establishment se suman sus virulentas críticas a la alianza militar entre Riad y Washington, tras la ocupación de Kuwait por el ejército iraquí y la presencia de tropas americanas en tierras del Islam antes, durante y después de la Guerra del Golfo. En 1992 al Qa'eida firma las paces con los movimientos radicales chiítas, fijándose como meta la lucha contra los Estados Unidos y sus aliados y los ataques contra las tropas norteamericanas acantonadas en Arabia Saudí, Yemén y el Cuerno de África.
En febrero de 1993, tras el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, el FBI sospecha que el grupo capitaneado por el multimillonario saudí está involucrado en la ofensiva antiamericana. Navegando incansablemente entre Jartún y el desierto afgano, el enemigo público número uno edifica nuevas bases de entrenamiento para la guerrilla islámica.
Los combatientes del Islam toman parte activamente en la guerra de Bosnia y Chechenia, abonan el terreno en Kosovo y Turquestán, trasladan la ideología del Frente Islámico Universal a Indonesia y Filipinas. A finales de febrero de 2001 el movimiento de Bin Laden cuenta con 37 mártires, caídos en 17 frentes distintos. La guerra santa contra los judíos y los cruzados ha dejado de ser una simple quimera. No hay que extrañarse, pues, si en la primavera de 1996, haciéndose eco de las exigencias de los miembros de los órganos de seguridad nacional, el presidente Clinton autoriza a la CIA emplear todos los medios para eliminar físicamente al multimillonario saudí y destruir la estructura política y militar creada por éste. Pero ninguno de los mercenarios contratados por el espionaje norteamericano (se habla de más de un millar) logra cumplir la arriesgada misión.