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Rafael Peralta romero
¿Equidad de género?
No todo es sinceridad en las demandas de asignación de mayor cuota de representación para las mujeres en los cargos electivos. En ello se mezclan la demagogia política, cierto feminismo masculino interesado y ansias de demostrar poder por parte del sector femenino que tiene a los hombres como su blanco de ataque.
Quienes propician legislaciones para asignar porciones obligatorias de cargos a las mujeres,deberán estar conscientes de que con ello se incurre en un absurdo jurídico, dado que se privilegia a un sector frente a otro.
La Constitución de la República en su artículo ocho, numeral cinco, establece que
la ley es igual para todos: no puede ordenar más que lo que es justo y útil para la comunidad ni puede prohibir más que lo que la perjudica. La ley que obliga a los partidos políticos a llevar en sus boletas el 33 por ciento de mujeres, es abiertamente contraria a la Carta Magna.
Esta ley ridícula proporciona carácter legal al criterio de algunos hombres y de muchas mujeres de que las hembras son inferiores y que por tanto hay que darles por medios compulsivos lo que por su propio valimiento no pueden alcanzar. A mucha honra tengo no contarme entre los que así piensan y escritos anteriores dan constancia de ello.
Pero no conformes con la afrentosa Ley 12-2000, algunos propulsores y propulsoras del feminismo de Estado quieren un cincuenta por ciento obligatorio para las mujeres, haciendo honor a una política que denominan equidad de género. Ninguna ley prohíbe a las hembras desempeñar funciones públicas, aunque algunas prácticas de la costumbre les hayan negado oportunidades para ello.
¿Se puede hablar de equidad de género cuando hay vigente una ley que permite a uno de los géneros asegurarse anticipadamente una cuota de cargos? Si la tercera parte de los diputados tienen que ser mujeres, permite la posibilidad matemática de que todos los miembros miembras, dicen los feministos y feministas- de ese organismo sean de ese género, pero no existe la posibilidad de que todos sean masculinos.
Las mismas mujeres no son suficientemente sinceras con estas demandas de mayores cuotas de poder político, primero porque no exigen en el interior de sus respectivos partidos las posiciones que se han ganado y porque no apoyan a otras de su género si se postulan por una organización diferente a la suya.
En las últimas elecciones de autoridades en la Universidad Autónoma de Santo Domingo 1999- una mujer de amplias condiciones académicas e intelectuales aspiró a la rectoría y a pesar de ser esa una comunidad modelo en cuanto al desarrollo mental de sus integrantes, la equidad de genero no favoreció a la doctora Nora Nivar, a pesar de la numerosa presencia de mujeres en el Claustro. Quien esto escribe votó y llamó a votar por ella.
En ese mismo proceso, cinco profesoras aspiraron a dirigir vicerrectorías, pero como en la UASD no está establecida la proporcionalidad para las mujeres, sólo una alcanzó el puesto. Quien esto escribe votó y llamó a votar por Diana Contreras.
Estaba muy lejos Milagros Ortiz Bosch de ser candidata a la vicepresidencia de la República cuando el autor de este artículo propuso a Ivelisse Prats de Pérez para esa posición. Y a propósito de Ortiz Bosch, conviene declarar que ganó dos veces la senaduría del Distrito Nacional, sin que nadie la llevara en los brazos, sino por su esfuerzo y dedicación.
Me gustaría que las treinta y una curules del Senado a partir de las próximas elecciones sean ocupadas por mujeres. También me gustaría que en cada provincia del país haya una líder o lideresa- que se lo haya ganado. Pero debo recordarles a los voceros y voceras de la equidad de género que en los cargos de elección única no puede haber la dichosa cuota, si no es ganada a puro sudor.
Ganar senadurías y sindicaturas es producto de un trabajo político intenso y continuado y las mujeres que quieran lograrlo deben librar la batalla en sus respectivas organizaciones y asegurarse el apoyo de miembros y miembras de la sociedad civil que reclaman la equidad de género en todos los estratos de la dirección del Estado.
Los y las que hacen esfuerzos por dividir el mundo entre hombres y mujeres logran que muchos olviden que es realmente entre oprimidos y opresores que se divide la sociedad, desde que alguien trazó la primera empalizada y proclamó esto es mío.
La llamada equidad de genero es para algunos parte de un discurso político para atraerse el voto de las mujeres. Para otras (os) es expresión de un feminismo a ultranza que les sirve de medio de sustentación y para un grupo pequeño de feministos es una forma de hacerse graciosos ante las mujeres en busca de propósitos muy personales.
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