3 de Septiembre de 2001 • Edición número 1,218
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Una vez fueron asentamientos de picadores rodeados de extensos campos de caña que moler, para producir las riquezas con que el país apuntalaba su desarrollo. Hoy son poblados bulliciosos con una vida que se hace compleja a fuerza del trabajo de sus pobladores y su integración con la ciudad.

Un viaje de la periferia al centro
Los bateyes del Distrito Nacional ya no son tales


Por Pedro Canó

Caballona, Lechería, Palavé. Son nombres que una vez tuvieron sabor rural y sugerían bucólica estampa. Ya no más.

El río Haina baña estas poblaciones donde aún hay conucos y se hace carbón, pero que la ciudad empieza a desflorar con prisa de pretendiente dieciochesco.

Los que una vez fueron bateyes hoy están en un punto intermedio entre los pobladillos de tiempos idos y esas poblaciones que, en medio de las carencias materiales, se abren paso en el camino de la urbanización.

Ya en los bateyes de la periferia de Santo Domingo no hay quien trabaje en la caña. Hoy los pobladores se dedican a labores tan variadas como lo exijan las necesidades de la ciudad.

La extracción de materiales de construcción, para el servicio de la ciudad, es una actividad importante en todos los bateyes bañados por el río Haina, por ejemplo.

Los antiguos barracones del CEA, que ya son pocos, se han llenado de inquilinos que no guardan relación con el otrora poderoso emporio azucarero.

Ya no se siembra caña en los campos. Los terrenos siguen siendo propiedad del CEA y, a través del IAD, se han repartido predios para labranza o cría de animales.

Obreros de la construcción, profesionales académicos, oficinistas y educadores viven en los bateyes y pasan a Santo Domingo a trabajar día por día. A su servicio, motoconchistas, profesionales de la salud y una suma de servidores satisfacen las necesidades de esta población que crece sin cesar. El batey San Luis, por ejemplo, es ya una ciudad.

Hay negocios por todas partes, suena fuerte la bachata en colmados que casi se dan el frente, como si compitieran al que más ruido haga.

Carnicerías, ferreterías, pulperías, tiendas de repuestos para motocicletas y automóviles, salones de belleza y el infaltable expendio de gasolina en recipientes de un galón y de aceite usado, con fritura anexa y zanja repleta de basura que las pródigas lluvias de esta comarca han convertido en charco. Ya el batey no es el ghetto cerrado de los haitianos. Eso ya no existe. Hoy se trata de comunidades integradas a la dinámica vida de la nación completa que, como pueden –y cuánto pueden–, crecen en la periferia, de cara a las necesidades del centro, ese monstruo urbano contiguo.

HISTORIA Y CULTURA
La toponimia de la zona es una mezcla. Hay muchos nombres de origen indígena, como Manoguayabo. Pero hay nombres, como el de la Sabana del Espíritu Santo, que tienen franco origen castellano, mientras que en nombres como Palavé se advierte un típico giro de origen africano.

Hay atractivos particulares en la zona. Además de la belleza natural, en Palavé existen ruinas consolidadas de un antiguo ingenio colonial, que se pueden visitar. Asimismo, en Engombe, zona que se conecta con la anterior, existen no sólo las ruinas de un ingenio, sino las de una capilla, caso único en el país porque las capillas se han perdido en las demás ruinas coloniales de centros de producción azucarera.

El enlace entre estas estructuras y centros de producción lo constituye el río Haina, como fuente de energía hidráulica y como medio de comunicación.

Las poblaciones actuales coinciden, en su amplia mayoría, con los asentamientos coloniales que rodeaban la ciudad de Santo Domingo. Unos, como Palavé, San Luis, Caballona, se relacionan directa mente con la producción de azúcar de caña desde el siglo XVI. Otros, como los asentamientos de la Zona Oriental, por las áreas de San Isidro, y todo la Sabana del Espíritu Santo hasta tocar Los Minas, guardan relación con la producción de alimentos para la ciudad de Santo Domingo.

En los alrededores se establecieron, en la época colonial, importantes asentamientos de negros libertos, como es el caso de Los Minas. En la actual Villa Mella, por ejemplo, la actividad agrícola y comercial dirigida a la ciudad de Santo Domingo permitió que se desarrollaran fuertes vínculos sociales.

Hoy en día la bachata es la música que aglutina a la gente alrededor de las bocinas de los bares y colmados. El Gagá, no obstante, sigue siendo un elemento importante que reúne, alrededor del Palo Central –Potó Mitán– a haitianos, dominico-haitianos y dominicanos en los días y las noches de celebración.

Elise Baptiste
Tiene 103 años de edad. En aquel día fatídico del 1937 en que el entonces rector de los destinos de estos lares dictó la orden de iniciar “el corte”, era ya una mujer hecha y derecha. Escapó entre las mismas narices de los verdugos, en un árgana con yuca encima. Siempre ha sido una mujer menuda.

En aquella ocasión se juró que nunca más pisaría tierra dominicana, “por vergüenza”, dice, con orgullo.

Hoy vive en el batey Lechería, “porque son los hijos los que saben ya”. Bilingüe, su progenie hace su vida en el batey y viaja a la ciudad a trabajar, a ganarse el sustento que, con anterioridad, sus antepasados arrancaron a la tierra en forma de dulce miel de las cañas sabaneras.

Mme. Elise es júbilo y amor por la vida en este entorno de miseria y hacinamiento. Su risa es aliento para los suyos. Su espíritu –besa a quien se le acerca y baila, como puede, con quien quiera- delata una vida simple apegada a las cosas inmediatas. Hace unos años que llegó, todos saben que para quedarse aquí.


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