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Controversia por los mega puertos dominicanos
La bienvenida que ha recibido la República Dominicana al iniciarse en el negocio de los puertos de trasbordo de mercancías ha sido, cuando menos, ominosa.
Por Pedro Canó
Los competidores internacionales le han hecho saber a los inversionistas criollos y a los extranjeros asociados a éstos que están dispuestos a hacer cualquier cosa con el fin de hacer lucir mal a estos proyectos, incluso buscar donde no hay nada, con el único propósito de crear dudas en torno a proyectos que prometen fortalecer la producción y el comercio nacionales. Cuando, recientemente, se inició un debate internacional en torno a la participación en el ambicioso Proyecto de Desarrollo de las Provincias de Montecristi y Dajabón, hubo quien pensó que se trataba de una suerte de rito iniciático. La realidad, empero, podría ser otra.
El mercado de manejo de mercancías es, además de lucrativo mejor dicho, precisamente por lucrativo-, muy competitivo.
En la República Dominicana se han anunciado tres proyectos de construcción de puertos de trasbordo. Todos son ambiciosos. Todos prometen unos niveles de generación de empleos y riqueza sin precedentes en sus respectivas regiones.
Proyectos similares se discuten o inician su desarrollo en varias islas del Caribe, como es el caso del proyecto que se discute aún para el desarrollo de un puerto entre Ponce y Guayanilla, en Puerto Rico.
Todo iba bien, ya iniciados los trabajos en el área de Boca Chica para instalar allí un puerto de trasbordo con facilidades de producción y transformación de mercancías. Todo seguía su curso, a pesar de que se había anunciado el desarrollo del puerto de San Pedro de Macorís con el propósito de convertirlo en importante enclave de trasbordo de contenedores.
Fue sólo cuando se dio inicio a los trabajos en el muelle de Manzanillo que apareció, en la prensa internacional, la noticia de que la empresa Carnival, mencionada entre las que se había interesado en el proyecto y contemplaba unirse a las operaciones turísticas que lo complementan, negaba rotundamente su involucramiento.
La tormenta empezó, aún se desconoce dónde, pues la fuente sigue siendo un misterio.
Cuando se indagó acerca de la confiabilidad de la información servida por la empresa TransDominicana de Desarrollo, firma criolla responsable del proyecto, se pudo determinar que la misma era fidedigna y que la empresa Carnival, gigante del turismo de cruceros y de diversiones conexas, había sido contactada por los criollos y no solamente había dado su visto bueno al mismo, sino que había contactado al propio Presidente Hipólito Mejía para ponerle al tanto de su aprobación y, en la medida en que le resulte interesante, sus intenciones de participar en la operación de casinos.
LA CONTROVERSIA
¿De dónde provino el desmentido a TransDominicana de Desarrollo? Aún es un misterio. Sin embargo, en los mismos días en que se daba a conocer esa noticia se publicaban en la prensa puertorriqueña, en particular en El Nuevo Día, las declaraciones de varias autoridades en torno a la superioridad de Puerto Rico como punto de inversiones y destino de importantes líneas de cargueros.
La declaración más importante provino de la propia gobernadora, Sila María Calderón.
Decía la funcionaria que el éxito del proyecto boricua se cifraba en las facilidades tecnológicas y la calidad de mano de obra que podía ofrecer Puerto Rico.
No se sigue que haya relación directa entre el desmentido y las declaraciones de la máxima autoridad oficial boricua, pero sí que hay una intención encubierta tras la falsa noticia y una preocupación latente en el seno de la comunidad de negocios puertorriqueña.
¿Estamos listos para defendernos?
Cuando se habla en público de la industria turística en la República Dominicana inmediatamente se arma el barullo.
Muchos son los que aseguran que la nuestra es una industria deficiente, con problemas congénitos que acrecientan en la medida en que crece la criatura que se parió para dirigir la reconversión de la producción nacional.
Sucede y viene a ser que en este coro participan nacionales y extranjeros.
¿Estaremos, los dominicanos, listos para competir en un mundo exigente en que se usan distintas armas para doblegar a los del mismo rubro cuando, a la hora de señalar los errores y las miserias, nos sumamos a la voz del descrédito sin importar el foro ni las intenciones veladas?
La arena internacional es mucho más que compleja, es despiadada. Los dominicanos, por tradición, hemos preferido el consumo de los productos foráneos en el entendido de que son mejores. No siempre es cierto.
En el mercado del mármol, por ejemplo, el criollo es de una calidad muy superior a mucho de lo que nos llega desde puntos que han sabido explotar nombre y tradición. El mármol dominicano es solicitado ampliamente en el mercado norteamericano, donde sí se le reconoce su calidad. Este ejemplo no es único, pero sirve para mostrar que lo que se piensa un axioma es, en ocasiones, un prejuicio.
Con los recientes ataques a los proyectos de desarrollo portuario, que encontraron eco en los medios y entre la gente común en el país, sólo se hace daño a la imagen nacional y, en consecuencia, a los dominicanos.
Una actitud más ponderada, mesurada, cuidadosa, podría ayudar a componer y, en la medida de las necesidades, a enmendar aquello que lo amerite en el cuadro de la actividad productiva nacional, para beneficio de todos.
Competir no es sólo producir eficientemente y saberlo vender, sino también procurarse la buena prensa con calidad y habilidades.
Que un rumor se convierta en verdad depende de quiénes se dispongan a propalarlo. Y de quiénes estén dispuestos a enfrentarlo con argumentos reales, con información fiable.
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