27 de agosto de 2001 • Edición número 1,217
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Rosa Montero

El bárbaro que descubrió la belleza


El bárbaro Droctulft, un longobardo del siglo VI, aparece de manera tangencial pero gloriosa en un cuento de Borges titulado Historia del guerrero y la cautiva e incluido en El Aleph. Droctulft era un bruto arrogante y valiente que venía de las enlodadas llanuras de Centroeuropa. Él y sus compañeros descendieron hasta Italia, hacha en mano, hambrientos de sangre y de riquezas, como una partida de jóvenes lobos que se regocijan de la fuerza de sus propios músculos. Así entraron, como un viento de fuego, en la espléndida Rávena. Y entonces Droctulft perdió la cabeza: se cegó, se emborrachó con la hermosura del lugar y, volviéndose contra sus antiguos camaradas, defendió la ciudad hasta la muerte. Aunque, si lo pensamos bien, no es que Droctulft perdiera la visión y el sentido, sino que, por el contrario, fue capaz de ver y comprender mucho más que los feroces bárbaros que antes habían sido sus iguales. Droctulft entendió que el mundo era infinitamente más grande y más valioso que su pequeña realidad de hierro, sangre y barro. Se civilizó, o, cuando menos, resultó infectado por el virus de la civilización. Descubrió, en suma, la belleza.

Borges apenas dedica página y media a Droctulft dentro de su cuento de El Aleph, y yo siempre creí que el bárbaro redimido por el fulgor de Rávena era un invento del escritor porteño, aunque, como siempre suele hacer, Borges explicaba que había sacado el dato de Benedetto Croce, que a su vez lo habría encontrado en el historiador latino Pablo el Diácono. Puras fabulaciones, pensé yo, que nunca acudí a las fuentes que Borges citaba. Un bonito texto del mexicano Sergio Pitol sobre el asunto me ha hecho recordar al viejo Droctulft, y en esta ocasión me he metido en la red (antes no existía) y he encontrado los textos completos en latín de Pablo el Diácono: Internet es un invento maravilloso, la Biblioteca de Alejandría pasada por el febril cerebro de un borgiano. De modo que allí, en la pantalla de mi ordenador, en estupendo latín medieval, estaba la historia entera de Droctulft, quien, pese a su nombre improbable de personaje imaginario, parece ser que nació realmente de mujer y anduvo algunos años sobre la tierra.

Borges utiliza sobre todo a Droctulft para hablar del deseo que los humanos sentimos de ser otros, pero a mí lo que me fascina de ese guerrero de manos inmensas y callosas es su capacidad para trascenderse a sí mismo y para imaginar que existe una armonía más allá del caos en que vivimos. Era un bruto pero necesitaba la belleza, hasta el punto de que puso esa belleza por encima de su familia, de su horda y de su vida. Y esa belleza sólo puede ser una momentánea intuición de la totalidad, un chispazo del entendimiento absoluto de las cosas. Lo dice de algún modo Borges, sin decirlo, cuando describe a Droctulft: “Era blanco, animoso, inocente, cruel, leal a su capitán y a su tribu, no al universo”. Cuando vio Rávena, nuestro bárbaro descubrió que el universo existía. Una vez que sabemos algo, los humanos no podemos dejar de saberlo; y si es un conocimiento lo suficientemente fundamental, nos vemos obligados a actuar en consecuencia.

Siempre me ha conmovido profundamente la necesidad de belleza del ser humano. En una cueva de Cussac, en Francia, acaban de descubrirse figuras humanas y animales, al parecer muy hermosas, realizadas hace 27.000 años. Vale, muy bien, probablemente tenían un carácter ritual, pero, ¿por qué molestarse en hacerlas tan bellas? Necesitamos el placer estético de la misma manera que necesitamos comer: es el alimento de nuestra inteligencia, de nuestras emociones, de nuestra conciencia. Hace poco visité el fabuloso yacimiento de Atapuerca, en Burgos. Allí, además de los famosos restos humanos de hace cientos de miles de años, han encontrado multitud de residuos a los que no prestan mayor atención, como, por ejemplo, fragmentos de cerámica adornada de unos 5.000 años de antigüedad. No eran más que unos modestos utensilios cotidianos, pero estaban profusamente decorados, sólo por el placer de la belleza. Los exploradores del siglo XIX solían burlarse tonta- mente de los salvajes porque les entusiasmaban las bolas de vidrio de colores. A mí, sin embargo, esa pasión por las cuentas brillantes, esto es, por las cosas bonitas, siempre me ha parecido un rasgo esencial de los humanos. Durante la Segunda Guerra Mundial y la ocupación de París por los alemanes, las mejores piezas del Louvre fueron sacadas a hurtadillas y escondidas. Uno de los conservadores del museo se hizo cargo personal de la Gioconda, de Leonardo. Se la llevó a su casa y vivió varios años con el cuadro, o más bien para el cuadro, sin duda dispuesto a defenderlo con su vida. A todos nos parece grandioso que el conservador del Louvre arriesgara su pellejo por esa pintura, y, sin embargo, no es más que un pedazo de lienzo antiguo manchado con viejos pigmentos de colores. Digamos que existe una diferencia cultural cuantitativa entre la Gioconda y los cristales de colores de los africanos, pero, en el fondo, nuestros corazones vibran por lo mismo: porque tenemos un don, un regalo de las hadas, que nos permite reconocer lo bello. Y esa belleza es siempre más grande que nosotros, es un sentimiento que nos abarca enteros, que nos justifica y que nos explica. Como Rávena le explicó a Droctulft, probablemente, por qué antes había sentido tan a menudo esas extrañas melancolías en los atardeceres de sus bosques natales. Esa indescriptible nostalgia, o tal vez ansiedad, de ser mejor.



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