27 de Agosto de 2001 • Edición número 1,217
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Guillermo Moreno
Ciudadanía

Un año después


Muchas personas amigas a quienes pregunté su impresión sobre el discurso del Presidente de la República, del pasado martes 14, me respondieron no haberlo escuchado. Esta respuesta fue para mí, una verdadera sorpresa. Siempre, hasta los desafectos, están pendientes de lo que el presidente dice. Lo más impactante fue que algunos acompañaron su respuesta de otra pregunta: ¿ Y para que perder el tiempo escuchándolo? A fin de cuentas todo seguirá igual o peor.

El gobierno de Hipólito Mejía, no sólo ha descendido en popularidad, sino que está produciendo en la población una actitud de insatisfacción creciente y desesperanza.

Aprecio que ésta situación no se explica sólo por el derrotero que ha tomado la economía, con inflación, aumento de los impuestos, descrecimiento, incremento del desempleo y de la inversión, sino que a estas causales objetivas hay que añadir aspectos subjetivos que están actuando sobre los ciudadanos.

El gobierno está afectado por una falta de credibilidad y confianza, y por una carencia de definición de un rumbo cierto. Nadie conoce ni dentro ni fuera del gobierno, cuales son los objetivos a corto, mediano y largo plazo. ¿Resolver el problema energético? ¿La educación? ¿La salud? ¿La pobreza? ¿El desempleo? ¿La estabilidad macroeconómica? ¿Enfrentar la corrupßßßción? ¿Fortalecer la institucionalidad? Si alguien respondiera que todos son objetivos, ¿Cuál es su orden de prioridad? ¿Cuáles son las metas precisas en cada una de estas áreas y las estrategias definidas?

Lo que se percibe es estar en un carro en marcha sin definir el destino del viaje, ocupado cada quien en su día a día o en sus particulares aspiraciones políticas. El país se siente víctima de las improvisaciones del Presidente y de su equipo de gobierno, de las apetencias desmedidas de su partido y del congreso, y de una oposición política irresponsable.

En este contexto es comprensible el grado de frustración que sienten los ciudadanos que de manera mayoritaria apoyaron el ascenso al poder de este gobierno.

Está fresco en la memoria de muchos que Hipólito Mejía se vendió como un candidato atípico, con el carácter y resolución para adoptar las medidas que fueran necesarias, como un hombre honesto, capaz de “cortarle la mano” a quien hiciera lo indebido, y decidido – decía- a acabar con las “vagabunderías”a que los políticos nos tienen acostumbrados.

Un año después, todo este discurso se ha esfumado como pompa de jabón.

En la lucha contra la corrupción el gobierno ha privilegiado la alharaca política. Ha carecido de voluntad para mostrar con hechos concretos e irrefutables y expedientes jurídicamente bien sustentados, los actos de corrupción del gobierno de Leonel Fernández. Nada se hace respecto de la corrupción de los gobiernos del Balaguer. Peor aún, semana tras semana se conocen denuncias de corrupción a gran escala dentro del gobierno. El presidente luce ausente y falto de voluntad en perseguir con la energía y drasticidad necesaria los actos de corrupción de su gobierno. Podrá citarse el caso de Bienes Nacionales. Pero este no es representativo, porque además de ser el único, fue el propio Víctor Tió quien ordenó su prisión cuando involucró al entorno familiar del presidente en actos de corrupción.

Hasta ahora, el carácter del presidente sólo ha servido para adoptar medidas que perjudican el bienestar popular. El caso de la crisis energética es un buen ejemplo. Fue mucho lo prometido, incluyendo la revisión de los contratos. En estos momentos, el gobierno se muestra sin autoridad para hacer valer sus propias decisiones, y luce sometido a la lógica de las empresas privatizadoras e indiferente al sufrimiento del pueblo que paga una energía cara, y recibe largas interrupciones en el servicio.

Asimismo fue mucha la esperanza que sembró el slogan principal de campaña de gobernar para la gente y de combatir la pobreza. En este año de gobierno es muy poco lo que puede exhibirse en esa materia. El gobierno sigue privilegiando el asistencialismo y el clientelismo político a través de una nómina pública creciente y el aumento del gasto corriente. Lo cierto es que para las grandes mayorías la situación ha empeorado, si tomamos en cuenta la inflación y el aumento del desempleo.

El PRD e Hipólito Mejía hicieron el compromiso de respetar el estado de derecho y las libertades públicas. En este año, el gobierno ha mantenido un Jefe de Policía que cotidianamente viola los derechos fundamentales de los ciudadanos en múltiples formas. Además hay manifestaciones reiteradas de intolerancia contra la libertad de expresión.

Un año después, la evaluación de este gobierno es negativa. Si no se produce un cambio en la orientación que lleva, las perspectivas son desalentadoras.

¿Por qué la historia de los gobiernos nuestros nunca puede tener un final feliz? ¿Cuál es la imposibilidad que tienen nuestros gobernantes para cumplir con las promesas hechas de candidato? ¿Por qué razón la esperanza del pueblo de una mejor vida, gobierno tras gobierno, termina en frustración colectiva? ¿Es que el pueblo se equivoca siempre en la persona que elige o hay causas más profundas, que trascienden incluso la buena intención que pudiera tener un gobernante al ascender al poder? Parece importante buscar respuesta a estas interrogantes por su impacto en la vida y futuro de todos nosotros.





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