20 de Agosto de 2001 • Edición número 1,216
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Rafael Peralta Romero
Las voces y los ecos

¿Cuánto vale el show?


El papel jugado por la radio para la educación política del pueblo dominicano, tras la decapitación de la tiranía trujillista, resulta de valor incuestionable. Lo mejor que podía ocurrir a un país que vivió ciego y mudo durante décadas era encontrarse con un sistema de radiodifusión que le ayudara a superar ese estado.

El periodismo de los años 60 y 70, por ejemplo, se ejerció con sentido patriótico y sirvió para mantener al pueblo alerta ante los acontecimientos que caracterizaron ese período, además de incentivar la conciencia crítica ante los actos de barbarie.

Pero en los últimos tiempos las cosas han cambiado. Por un lado, tenemos que la radio adquiere un repunte y se aumenta el interés por participar en este medio de comunicación, mientras como contraste ocurre que ese medio se usa para embotar la inteligencia de la gente común, mediante una inmensidad de programas bobos y de choteo.

Un principio básico de la comunicación social es que ha de servir para informar, orientar o entretener. Por tanto, periódicos, revistas, radioemisoras y televisoras deberán establecer el correspondiente equilibrio entre estos tres factores o decidir a cuál privilegian para llegar al público.

En un mismo medio el espectador o lector escoge según su preferencia. Si quiere oír análisis y comentarios de noticias escogerá entre Juan Bolívar Díaz, Huchi Lora, Cristian Jiménez o Adriano Miguel Tejada, entre otros muchos expertos en la materia; pero si lo que se busca es amenidad se recurre a Boruga, Milton Peláez o Jochy Santos.

El periodismo es la profesión favorita para que ingresen quienes no lo son, para parlotear y teorizar sobre el acontecer local y hasta universal, pero como en ello está implícito un derecho de las personas poco se puede hacer para controlarlo. Pienso que los cómicos deben seguir siendo cómicos, y todos les agradeceremos que hagan mejor su trabajo.
También pienso que los periodistas -comunicadores por excelencia- deben seguir en su rol. Resulta preocupante que los espacios de comentarios de noticias, que tanto abundan, vengan ahora salpicados de comiquerías. Si un individuo identificado como El Pachá comenta los hechos a su modo, la gente deberá entender que se trata de un relajo.

El papel se vuelve triste cuando les toca a verdaderos profesionales del periodismo tratar los hechos al margen de la ortodoxia de la profesión. Triste porque éstos aparecen ante el público como personas intolerantes, apasionadas, vulgares, mal educadas y sobre todo alineados en parcelas políticas de forma burda y exagerada.

Es riesgoso que los comunicadores funjan de cómicos, pues el principal objetivo del periodismo, que es informar, queda desvirtuado. Los periodistas que se prestan a este trabajo lanzan al suelo su credibilidad, su prestigio y en algunos casos hasta se han presumido deficiencias en la salud mental de los involucrados.

Un programa de comentarios con participación del público a través de las llamadas telefónicas resulta relativamente fácil de producir, pero conlleva algún esfuerzo y mucha responsabilidad. Pero no es justo ni elegante usar a la gente que ayuda a realizar un espacio radial para lanzarle insultos, escarnios, eructos, ronquidos y pedos bucales.

Durante años Cuquín Victoria, Milton Pelaez y Freddy Beras Goico deleitaron a los dominicanos con el programa El show de noticias. Nadie se quejó nunca de haber sido agraviado por una “noticia” de esas. Eran “noticias” para gozar.

Cuando Johnny Ventura, sin embargo, conducía un programa humorístico de televisión en el que se escuchaba a supuestos cantantes recibió críticas por el papel desempeñado por la actriz Ana María Arias, quien como miembro del jurado nunca valoraba positivamente a los participantes, y peor aún, les lanzaba mofas.

No sé qué será más riesgoso, si que cómicos quieran hacer periodismo o que los periodistas quieran fungir de cómicos. De lo que estoy seguro es de que no es bueno confundir los roles, porque la confusión se le transfiere al público.

Si el lector quiere pensar que estoy aludiendo al programa El Gobierno de la Mañana tiene razón de formarse tal juicio. Ese espacio radial ha desarrollado una gran popularidad y aceptación del pueblo precisamente por su apertura y porque ha servido de tribuna para que los más humildes, los que sufren con más rigor los apagones, la falta de agua u otras deficiencias puedan expresarse libremente.

Alvaro Arvelo hijo, uno de los periodistas nacionales más completos, y Julio Martínez Pozo, un veterano de las nuevas generaciones, asumen roles que a mí me daría miedo asumir. No creo, por ejemplo, que Martínez Pozo, de origen peledeísta pero admirador del doctor Peña Gómez, pueda realmente albergar tanto rechazo por el doctor Guido Gómez Mazara, ese valioso miembro de la juventud dominicana.

Tampoco puedo creer que un caballero como Don Alvaro aloje en su corazón tanto repudio para quienes él denomina “pelafustanes morados”. El juego de la democracia es hermoso, la comunicación es su mejor aliado. Por eso vale este “tóquiti” ¿Será cierto que Alvarito y Julio se rechazan tanto como aparentan sólo cuando están en el aire? Es que es un show.



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