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Cuando la literatura es
Dominicana
Por Rafael García Romero
Los libros de la actual cosecha crítica preocupan. Y mucho porque, salvo la inmensa minoría, no se sustentan en el intelecto cultivado, la lectura profunda. O la defensa absoluta de los valores humanos a favor del cultivo de las inteligencias.
En cambio, la producción literaria y sus frutos: los libros que reúnen cuentos, las novelas y de manera excepcional ensayos de abrumadora lucidez, esperan. Y hay indicios que será una espera larga, impaciente, agotadora. Sí, porque salvo la inmensa minoría, su trayectoria no se sustenta en el intelecto cultivado, en el apoyo de una crítica.
En ese trayecto está ausente la crítica de una lectura profunda.
A la hora de los discursos no hay propuestas o postulados de crítica enriquecedora. Y así, cualquier Mandrake aparece con su retórica de moda y consumo inmediato. Ese, finalmente, el de la inmediatez, amenaza en la crítica dominicana con ser el camino.
El crítico es, ante todo, un pastor de multitudes, un apasionado con mesura de la interpretación y la claridad, que construye y defiende la libertad de cultura. Y sobre todo sabe que las estructuras culturales de un país no tienen razón de ser si en él no transitan, viven y nacen a diario hombres cultos.
La crítica es un arte y una ciencia que se cultiva entre tres; por tanto, es imposible hacer buena crítica si primero el crítico no hace una buena inversión para mejorar él mismo, y consecuentemente, la calidad del discurso a través del cual promueve los alcances de una percepción crítica, que a la vez es una expresión de rigor e inteligencia.
En los afanes de hacer crítica hay muchas libertades asociadas; pero, esencialmente, todas en juego, si no hay reglas. Para convivir y trabajar en armonía todos los críticos tienen que observar un riguroso ejercicio de la lengua. El número de críticos y su ejercicio determina un uso muy singular, correcto o caprichoso de la lengua. Hay muchos usos de la lengua por encima de otras, de mayor y menor rango, y sin una orientación exacta para cultivar la crítica, para construirla, para defenderla y expandirla no se llegará muy lejos. No todos los críticos pueden levantar la bandera de la verdad. Y muchas veces quien habla en su nombre no siempre cultiva la verdad.
El crítico es un dispensador de ofertas y esperanzas. Nace y vive desafiándose a sí mismo rodeado de un entorno agresivo. Otras veces favorable. Todos los días funda actos de confianza y esperanza que inciden y modifican el presente de una cultura, su derecho propio y los derechos y sueños ajenos; pero siempre debe levantar como estandarte la bandera que expanda la inteligencia. Un crítico tiene que llegar a su comunidad a través de la verdad. Tiene que decir la verdad, sólo la verdad, y nada más que la verdad. Y cuando trabaje un juicio tiene que asegurarse de la verdad antes de tocar nuevos ámbitos. El fenómeno no es nuevo.
La historia dice que ya es recurrente, maldito, que llena de oprobio.
Una funesta ausencia de crítica se tragó prácticamente la producción literaria que hizo una comunidad de escritores, ensayistas, educadores y humanistas en los Estados Unidos entre 1900 y 1950. En total son cincuenta años que ahora liberan Daysi Cocco y Franklin Gutiérrez en una publicación novedosa y antológica, que trae noticias acerca de nueve escritores dominicanos y su labor literaria en territorio norteamericano.
En torno a los escritores hay una variedad de circunstancias que los llevan primero a los Estados Unidos y luego, a publicar en diarios, gacetas; pero otros dejan su huella en forma de libros. La inmensa mayoría publicados fuera de los Estados Unidos. Fabio Fiallo Cabral fue cónsul en Nueva York (1905). Autor de Cuentos frágiles, que publicó en esta ciudad.
Manuel Florentino Cestero viviría seis años en Nueva York. La presencia de su pluma queda en las páginas del semanario Las Novedades, donde escribió desde el 1914 y durante dos años. No fue un autor muy fecundo y sus obras se distribuyen entre los géneros cuento, novela y ensayo. Los cuentos que reunió en El canto del cisne (1915) los publicó en Nueva York; y cinco años después publica El amor en Nueva York.
Pedro Henríquez Ureña vivió en múltiples oportunidades en los Estados Unidos. Estudió y fue docente en varias universidades de allí. Entre los dominicanos cultos y profesionales, Pedro Henríquez Ureña es uno de los pocos dominicanos que hizo una sólida vida académica. Llegó a Nueva York en 1901 y ya en 1914 se graduaba de doctor en Filosofía y Letras en la Universidad de Minnesota y consecuentemente inicia su carrera magisterial en dicha universidad; pero también imparte docencia en las de Chicago y California. Estaría en los Estados Unidos por última vez en 1940 y permanecería un año en su condición de profesor invitado de la Universidad de Harvard para la cátedra Charles Eliot Norton. En cambio, Camila Henríquez Ureña, su hermana, que hizo estudios en la Universidad de Minnesota y Columbia, apenas vivió en los Estados Unidos. La bibliografía, totalmente ensayística, no registra ninguna publicación en territorio norteamericano. En cambio, trabajó en las aulas de Vassar College, en los Estados Unidos. Vivió extensamente en Cuba y murió en Santo Domingo el 12 de septiembre de 1973.
Jesusa Alfau Galván de Solalinde murió joven, a la edad de 46 años. Era nieta de Manuel de Jesús Galván. La bibliografía suya no recoge obra alguna publicada en los Estados Unidos, salvo la reimpresión en español de su novela Los débiles, preparada con fines didácticos y con notas y prólogo en inglés del profesor J. Horace Nunemaker. Toda su producción y aportes están en las páginas del semanario Las Novedades, que dirigió su padre Antonio Abad Alfau. Hizo una tímida vida académica como profesora de la Universidad de Wisconsin y dejó inconclusa una tesis con la que optaba por el título de Licenciada en Artes. Murió en 1941.
Gustavo Bergés Bordas vivió poco tiempo en Nueva York. Esa corta estadía fue suficiente para que escribiera un libro de cuentos que tituló Cien días en Nueva York, pero que publicó en Santiago, en 1925, cuando tenía 30 años. Edad en que lo sorprendería la muerte. En los Estados Unidos no hizo vida académica, no hay registros de su pluma en los periódicos y de él se conserva una literatura que se nutrió de ambientes y circunstancias norteamericanas. Publicó un libro de ensayo que tituló Otras cosas de Lilís, en 1921.
Angel Rafael Lamarche fue fructífero y prodigo en el periodismo. En el área laboró en el Listín Diario y escribió muchos de sus editoriales durante años. Vivió en Nueva York en la década de los cuarenta. El único libro, fruto de esa vitalidad norteamericana, titulado Los cuentos que Nueva York no sabe, se publicó en México. Era el 1949 y ya había publicado su poemario Siempre. El libro de la madre muerta que completa su bibliografía. Murió a la edad de 62 años.
La presencia de Virginia de Peña de Bordas en los Estados Unidos se debió a circunstancias de familia. Allí estudió durante tres años pintura y ballet en la Academia de Arte Cushing de Boston. Murió muy joven, a los 44 años. El grueso de su literatura se conoce después de su muerte. Entre sus novelas Toeya ha ganado notoriedad y que según una opinión confiable fue escrito por su autora en inglés. La versión que se conoce en español fue traducida y con toda seguridad también más trabajado por su autora. "Magia de primavera" que toca ambientes norteamericanos, figura en Seis novelas cortas, publicado por Editora Taller en 1978. El contenido revela y recrea a través de un personaje la vida que llevó Virginia en los Estados Unidos.
El escritor Andrés Francisco Requena cierra el ciclo de la presencia temprana de la literatura dominicana en los Estados Unidos. La muerte de Requena fue un crimen de Trujillo y un escándalo en Nueva York, donde vivió en la década de los cuarenta. Requena, igual que muchos escritores que vivieron en los Estados Unidos, y que incluso hicieron periodismo (el propio Requena fundó el periódico Patria, en 1948) no publicó una obra en los Estados Unidos. La novela, Cementerio sin cruces, que le costaría la vida, fue publicada en México, en 1949. Entre Fabio Fiallo y Andrés Francisco Requena hay un hilo conductor: la vida que llevaron en los Estados Unidos y que de una u otra forma permitió que una camada de escritores dejara una huella en el camino de la literatura. O vieran la literatura (la nutrieran, y ellos mismos alcanzaran un nivel de vuelo y valor distinto) fuera de su ámbito insular. |
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