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Sobre Rousseau y posibilidades de un nuevo Contrato Social
Por Jacinto Gimbernard Pellerano
Al parecer giramos como una rueda que, lenta y crujientemente -como aquellos ejes de carreta que el payador no quería engrasar porque era su única compañía en las inmensas soledades humanas- da vueltas trabajosas para volver al punto inicial.
He estado pensando en Jean Jacques Rousseau y sus expresiones en torno a las desigualdades, y no me refiero sólo al Discurso sobre la desigualdad entre los hombres, obra que envió al famoso concurso de la Academia de Dijón, sabiendo perfectamente la inevitabilidad de su rechazo, ya que se trataba de una obra que ni siquiera el jurado leyó completa, cuando anteriormente le había brindado la ocasión de desarrollar sus principios, premiando su Discurso sobre las ciencias y las artes, cuatro años atrás. Ahora los académicos argumentaban que la obra atentaba contra la tradición y además era demasiado larga. (Roger Tisserand: Les concurrants de Rousseau a l'Academie de Dijon, Paris, 1936).
Lo que ocurría es que esta vez Rousseau no hacía concesiones y prefería expresar su pensamiento sincero. "La primera fuente del mal es la desigualdad", dejó escrito. Pero la desigualdad es tema complejo para tratar aquí mismo.
También yo, guardando distancias siderales, y sin la menor pretensión de premios (que entiendo que no existen en estos renglones, y además considerando que nuestros grandes galardones estatales han perdido mucho valor) digo lo que pienso. Mejor retribución no puedo dar a quienes me favorecen leyéndome.
Rousseau estaba apuñaleado por un gran conflicto interno. Si bien escribía y sentía la pedagogía asentada en su Emilio, sobre la educación y el método para alcanzar la pureza del hombre natural, suprimiendo toda la maldad acumulada por la cultura de la naturaleza humana, artificiosa y fundamentada en la desigualdad, en su Contrato Social se apoya en la supuesta pureza del hombre natural, con la supresión de toda la maldad por la cultura artificiosa acumulada por la desigualdad.
Imagina un Contrato Social en el cual puedan desarrollarse las fuerzas naturalmente buenas del hombre (léase, el humano). Así, las pasiones y egoísmos nacidos al calor de una sociedad innatural quedarían olvidados en virtud de ese Contrato Social, que es la manifestación de la soberanía de la voluntad general en un Estado democrático puro, respetuoso de los derechos naturales de cada persona, cuya renuncia a la libertad no es otra que su renuncia a la libertad de obrar con el egoísmo propio de una falsa civilización. Las teorías del Contrato Social influyeron considerablemente sobre la Revolución Francesa, que adoptó el lema "Igualdad, Libertad, Fraternidad" y que varias veces intentó copiar las líneas esenciales de la doctrina jurídica del Contrato.
Pero la trayectoria de sus infelicidades, carencia de recursos económicos, su afirmación de la inevitable malignidad de la riqueza, de la vinculación implacable entre la inferioridad social y la superioridad moral, así como la fortísima disposición a culpar a personas e instituciones de sus males e inconductas, como fue la de abandonar a sus hijos haciendo recaer la culpa sobre otros, se manifiesta en una famosa carta cifrada, escrita a madame Dupin de Francueil: "Es el estado de los ricos, es vuestro estado, el que roba al mío el pan de mis hijos".
De hecho, los cinco hijos que tuvo con Teresa Levasseur, una joven costurera con la cual llegó a casarse, los entregó a la Asociación de Niños Expósitos.
No se pueden proponer soluciones sociales convenientes y buenas cuando se está cargado de amarguras. El 28 de noviembre de 1754 (Correspondence générale, A.J. Perdriau) escribe Rousseau: "Aislado de los hombres, sin apego alguno a la sociedad, despojado de todo tipo de pretensión y sin buscar mi felicidad ni siquiera en la de los demás, creo al menos estar exento de los prejuicios de condición que hacen que el juicio de los más sabios se pliegue a las máximas que les son favorables".
No obstante, la idea de un Contrato Social, expurgado, purificado de encantos y desencantos extremos, bastante liberado de idealismos imposibles, es más que pertinente, urgente.
Creo, firmemente, que la República Dominicana puede ser llevada a una posición privilegiada en el mundo americano. Sin desbordamientos de ilusiones o pesimismos atrofiantes.
Sólo con el aliento del buen sentido.En gobernantes y en gobernados. |
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