20 de Agosto de 2001 • Edición número 1,216
 SECCIONES
 



Suscripciones
al teléfono

472-7694 de lunes a viernes de 9:00am a 6:00pm o al correo electrónico
Negociando la Soberanía


El Gobierno de Salvador
Jorge Blanco
Impuso el primer paquetazo económico neoliberal tras los acuerdos firmados con el FMI


Por Leopoldo Espaillat N.

Salvador Jorge Blanco, cuyo gobierno había sido caracterizado de antemano por Peña Gómez como ‘el verdadero gobierno del PRD’, para inferir que el de Guzmán no lo era, fue sin embargo promovido electoralmente como un ‘extra-partido dentro del partido’, para realzar el apoyo externo con que contaba, especialmente respecto a los ingentes recursos de que fue provisto para montar su aparato político interno, en un PRD dirigido por ‘viejos robles’ de recursos limitados e integrado por una multitud de sedientos dirigentes nacionales, intermedios y de base de ingresos muy escasos, que incluía al propio Peña Gómez.

Esto permitió a Jorge Blanco articular su base partidaria con un nutrido núcleo de nueva militancia proveniente de las estructuras electorales periféricas, el cual desafió con éxito los estamentos dirigenciales del PRD, y enarboló en su triunfo la imagen de las manos limpias para denostar a sus adversarios de los sectores de Guzmán y Majluta, signados con la mancha de la corrupción. Nadie podía sospechar entonces la magnitud de la corrupción que acechaba desarrollarse en la administración Jorge Blanco, de parte de figuras claves de su gobierno muy allegadas al Presidente, al extremo de que el ulterior cuestionamiento de su gestión de parte de la administración Balaguer, que le sucedió, llevó a la cárcel a Jorge Blanco.

Quizás el único que conoció bien a Jorge Blanco, desde antes de que se quebrara la amistad entre ambos, fue Antonio Guzmán. Recuerdo que en un momento de grandes tensiones entre el gobernante y Jorge Blanco, senador por el Distrito, presidente del PRD y precandidato presidencial, aproveché una visita en asuntos oficiales para plantearle la necesidad de que se bajara el tono de esas contradicciones. Temí que lo tomara a mal, pero no fue así. En ese momento Guzmán me dijo: “Uds. no conocen a Jorge Blanco como yo, ni de lo que es capaz, pero yo sí”. Y agregó: “Yo sé ser amigo, pero también sé ser... no amigo”.

Siempre mantuve relaciones cordiales con Salvador Jorge Blanco, a quien otorgué trato de amigo junto a su esposa Asela, desde que en 1964-65 yo participaba en la coordinación del movimiento de profesionales que reclamaba el retorno del orden constitucional sin elecciones y la reposición de Juan Bosch (paralelamente a mi involucración en el movimiento “Enriquillo”), y a cuyas reuniones semanales él concurría en representación de Santiago junto a Aníbal Campagna y otros, en la residencia de Emilio Almonte en la zona universitaria de Santo Domingo.

Mantuve la difícil decisión de estar al margen de las divisiones facciosas en el PRD, pero apoyé a Jorge Blanco en la jornada interna de 1977 que perdió frente a Guzmán, por entender que su propuesta de ‘gobierno de transición’ iba más acorde con las circunstancias del momento que la posición radical de ‘gobierno del cambio’ enarbolado por Guzmán, aunque éste terminó aplicando una política de ‘transacción’ que iba más lejos que la de Jorge Blanco. Este se alejó de mí con mi paso por el gobierno de Guzmán, al punto que cuestionado por la prensa en el aeropuerto de ‘Las Américas’ a su regreso al país cuando fui destituido como Secretario Técnico, en su condición de presidente del PRD, su respuesta fue la bachata “yo no sé nada, yo llegué ahora mismo, si algo pasó yo no estaba aquí”.

Y desde luego, no hizo valer su posición para defenderme, como tampoco Peña Gómez, que sí lo hizo desde Tribuna Democrática a favor de quien no era perredeísta, como fue el caso de Manuel E. Gómez Pieterz, representante en el gobierno del Consejo de Hombres de Empresa, cuando Guzmán lo destituyó de la Secretaría de Industria y Comercio.

La razón de ese alejamiento de Jorge Blanco pudo estar en la oposición que hicieran Peña Gómez y él a Guzmán, el primero ofendido porque éste le había prohibido ir al Palacio Nacional, a causa de que durante la campaña Peña Gómez había dado a entender que el PRD y él serían el verdadero gobierno, mientras se hacía burla a la poca preparación académica y defecto de pronunciación de Guzmán, y el segundo, por contradicciones viejas desde Santiago. En respuesta el Presidente Guzmán siempre se refirió a “su gobierno” cada vez que le tocaba mencionarlo.

Desde luego, yo me mantuve junto a Guzmán, que había mostrado la confianza de designarme en un cargo clave, haciendo caso omiso de que no hubiera militado a su lado en la contienda. Es posible que en ello influyera Don Secundino Gil Morales, expresidente del PRD y fuerte pilar del grupo de ‘los viejos robles’, sostén político interno de Don Antonio, con quien mantuve estrechas y afectuosas relaciones y además el nexo familiar entre Guzmán Fernández y Pedro María (Cholo) Espaillat Franco, primo hermano de mi padre, casado con Esperanza Fernández, tía de Guzmán, en cuya casa de Santiago mis padres, mi hermana y yo nos encontramos más de una vez con los esposos Guzmán-Klang.

Jorge Blanco llegaba al poder hallándome en el cargo de presidente de la Refinería Dominicana de Petróleo, y ahí me confirmó, agregando a esa condición la de ‘miembro del Consejo de Gobierno’. Cuando le expresé que existían graves problemas con la Shell que me obstaculizaban el desempeño de mis funciones y supeditaba mi aceptación a que los mismos fueran resueltos, me expresó que “su oficina había tenido una ‘igualita’ con la Shell y que por eso mantenía buenas relaciones con sus ejecutivos, de modo que no debía preocuparme, pues cualquier problema sería solucionado”.

Además de nuestro previo alejamiento, no me había ganado simpatías con Jorge Blanco, que en medio del conteo de votos de la convención que le eligió candidato él quiso que personalidades del PRD se pronunciaran dándole como ganador antes del resultado, para lo cual fuimos invitados a su casa, donde la presidenta del PRD, Ivelisse Prats de Pérez (quien dio el testimonio solicitado), me instó a que lo hiciera, negándome yo señalando que debía esperarse el informe de la Comisión responsable del conteo. Como recompensa, Ivelisse pasó a una posición que siempre había anhelado: la Secretaría de Educación.

EL ACUERDO CON EL FMI
Fue el grupo técnico de Jorge Blanco, encabezado por Bernardo Vega, el que consumó la negociación con el FMI antes de instalarse como Gobierno, culminando en un plan clandestino de corte neoliberal, contrapuesto totalmente al que se había presentado a la Convención del PRD y al electorado. Pero lo que Antonio Guzmán autorizó a regañadientes, y luego revocó, fue llevado adelante con gran entusiasmo por el Presidente Jorge Blanco y su gobernador del Banco Central designado, Bernardo Vega, dictando medidas de inspiración fondomonetarista mediante resoluciones a cargo de la Junta Monetaria y remitiendo al Congreso Nacional un paquete legislativo de diversa índole, que afectaban un amplio universo de actividades económicas.

Así, “el verdadero gobierno del PRD” anunciado y respaldado políticamente por Peña Gómez, dictó y propuso sorpresivamente tan pronto se instaló, un conjunto de medidas auspiciadas por el FMI, que vino a constituir el primer ‘paquetazo económico neoliberal’ que conocieran los dominicanos en su reciente historia democrática. Consecuentemente, ya en enero 21 de 1983 firmaba el gobierno de Jorge Blanco con el FMI un ‘Acuerdo de Facilidad Ampliada’, el cual conllevó los ajustes y condicionalidades requeridos por este tipo de compromiso.

La gestión de Jorge Blanco mostró de antemano su estilo conspirativo, y para encubrir sus propósitos quiso acallar a todos los funcionarios del gobierno con una famosa circular que se remitió a todo el que ostentaba alguna posición en el nuevo gobierno, en la cual se expresaba que en lo sucesivo, después que el gobierno llegara a una decisión de política, le quedaba vedado a todos sus funcionarios el disentir de ella ‘pública o privadamente’. Pero sus intentos de acallar toda oposición a sus designios alcanzaron también al propio PRD.

Para ello, Jorge Blanco remitió a Peña Gómez, como líder y secretario general del PRD, y a Ivelisse Prats, presidenta de dedo, una carta para que la firmaran, que comprometía al PRD en todas sus instancias, nacionales congresionales o municipales, a apoyar el programa clandestino a partir de que ellos habían compartido su formulación asistiendo a las reuniones que –a espaldas de los organismos del PRD- había celebrado el equipo de Jorge Blanco. Desde luego, quien quedó excluido de ellas era yo, que me desempeñaba como Director Nacional de Asuntos Técnicos y era el responsable de los programas de gobierno del PRD.

Temeroso del compromiso histórico que conllevaba firmar esa comunicación, Peña Gómez convocó al Comité Ejecutivo Nacional del PRD para apoderarle del conocimiento de tan insólita carta. Su conocimiento provocó acalorados debates en su seno, en los cuales los representantes de los grupos Guzmán y Majluta llevaron la iniciativa en los cuestionamientos que se hicieron de las medidas dictadas y las que se habían remitido al Congreso Nacional, donde Jacobo Majluta ostentaba la posición de presidente del Senado.

Emplazado por los miembros del CEN a explicar el paquete económico presentado por Jorge Blanco no tuve más remedio que rechazar toda responsabilidad en el mismo, y trasladársela a Peña Gómez y a Ivelisse, como únicos asistentes a esas reuniones. Estando en mayoría del CEN los grupos Guzmán y Majluta, el debate culminó creando una comisión encabezada por mí e integrada por Salvador Marra y Amadeo Lorenzo, completada con técnicos del PRD seleccionados por mí, para rendirle informe sobre ese paquete, y específicamente recomendaciones al Congreso Nacional sobre cada proyecto legislativo que le fue sometido.
Después de intensa labor redactamos el informe, que sólo llevó mi firma. Reunido el CEN, y sometido a debate el informe, Peña Gómez, consciente de que éste –contrario al paquete de Jorge Blanco- sería aprobado, suspendió las labores del CEN y no lo volvió a convocar. Inevitablemente el informe fue filtrado a la prensa nacional, lo que motivó declaraciones de Peña Gómez desautorizando mis recomendaciones, contrarias al paquete legislativo. Mientras, se ocupó de llamar uno a uno a los legisladores del PRD para comprometer su apoyo. Esto influyó de manera especial en la Cámara de Diputados, ya que en el Senado predominaba la oposición al paquete de su presidente, Jacobo Majluta.

La reacción de Jorge Blanco al informe la recibí en ocasión de una reunión en su despacho para asuntos de la Refinería de Petróleo, en la cual participaban además Ramón Alburquerque, entonces Secretario Técnico, y Bernardo Vega, gobernador del Banco Central, con los representantes de Shell, y desde luego Asela, quien seguía fungiendo como su secretaria, al final de la cual, al marcharse la comisión de la Shell, Jorge Blanco dijo: “No se vayan, que quiero que tratemos otro asunto”, y delante de Alburquerque y Vega pasó a decirme: “Leí tu informe, está muy bien, pero en el PRD nadie tiene calidad moral para criticar mis medidas, ni José Francisco Peña Gómez, ni Ivelisse Prats, ni Polín Espaillat”.

Muy molesto al ver la falta de delicadeza de Jorge Blanco, que me estaba reclamando asuntos pertinentes al PRD delante de personas no perredeístas (Alburquerque todavía no lo era, ni Vega lo ha sido nunca), le contesté: “Presidente, sáqueme de ahí, porque yo no participé en las reuniones en que se formuló ese paquete, Peña e Ivelisse sí, por eso cuando el CEN me pidió opinión se la he dado con absoluta responsabilidad, si Ud. me la hubiera solicitado la hubiera tenido también, pero Ud. nunca me la pidió”. “De modo que ese informe pretende evidenciar y corregir los errores que pudiera tener ese paquete, porque ni sus asesores son infalibles, ni Ud. Tampoco, señor Presidente”. “Ud. me conoce y sabe que lo que se dice ahí está dicho de forma responsable y sujeta a sus consecuencias”.

Viendo mi disposición de jugarme el cargo y nuestra relación personal, Jorge Blanco depuso su cuestionamiento y dio por terminada la reunión. Lo que no supe entonces hasta mucho después era que tanto Peña Gómez como Ivelisse Prats habían firmado la carta que les había remitido. Esto se puso en evidencia en tal oportunidad, cuando Peña Gómez, síndico del Distrito Nacional, ya consciente de la gravedad del compromiso que había hecho, de los efectos políticamente devastadores de ese programa, y del daño que recibía el PRD, criticó públicamente la política económica de Jorge Blanco. En ese momento, Ivelisse, secretaria de Educación, reclamó públicamente a Peña Gómez que él, como firmante igual que ella de la susodicha carta-compromiso, no podía hacer ese tipo de críticas. Emplazado a decirme la verdad de lo acontecido, Peña Gómez me confesó que se había visto obligado a firmar la carta de Jorge Blanco y apoyar la política fondomonetarista que plasmaba.

Tampoco supe hasta mucho después del programa clandestino del equipo de Jorge Blanco, que contenía varias formas de devaluar el peso dominicano (intención que fue negada a la prensa, primero por Peña Gómez, y luego por Hatuey De Camps, entonces Secretario de la Presidencia) y resultó confirmada por los hechos. Fue en ocasión de visitar en el Senado a Majluta, buscando bajar las tensiones entre Jorge Blanco y él en torno a la Presa de Madrigal, que conversando se percató de mi desconocimiento del contenido del programa en cuestión, y al día siguiente me envió dos copias que aún guardo.

LA DEVALUACIÓN DEL PESO
Su lectura me evidenció el propósito solapado del paquete económico: devaluar el RD$ para embarcar el país en la ‘economía de servicios’ que ha centrado el modelo económico en la promoción de zonas francas, turismo, e inversión extranjera intensivas de mano de obra devaluada y depauperada, pues el informe contenía –no una sino varias- opciones para materializar esa devaluación, la cual, decidida ilegalmente por el Banco Central, fue acompañada de una campaña de propaganda por toda la prensa nacional para convencer a la población de que el RD$ estaba ‘sobrevaluado’, y de la necesidad de ‘sincerizar’ su verdadero valor.

A esa fecha todavía creía yo que Jorge Blanco estaba siendo manipulado por Bernardo Vega y varios de sus consejeros económicos, y que por tanto actuaba como lo hacía por desconocimiento y buena fe, y en esa tónica le remití una carta que así lo recoge. Lo mismo me aconteció con los manejos y negocios sucios que se ejecutaban bajo la responsabilidad de varios de sus funcionarios y algunos allegados de su mayor confianza. Ya me percataría poco a poco de cuán equivocado estaba, y la forma consciente y deliberada con que Jorge Blanco se prestaba a todo ello.

A partir de agosto de 1982, la implantación del nuevo modelo económico de mano de obra abaratada a través de la devaluación monetaria, conllevó a la proliferación de parques industriales de zona franca en todo el territorio, primero en manos de la Corporación de Fomento Industrial (CFI), y luego en manos privadas, convirtiéndose la generalización de este modelo en la justificación para que el parque industrial de La Romana –originalmente ofrecido en traspaso al Presidente Guzmán- permaneciera en manos de la G&W.


Sigue >>



La persecución de Angito
recuerda las de Enrique Blanco y Correa Cotto


Los recursos naturales siguen desprotegidos

Angito
el más buscado por la muerte del general Beauchamps Javier


La plaza de Güibia
ya no es el lugar encantador que fue





VISITE LA WEB DE LOS PERIÓDICOS
Hoy|El Nacional


Revistas Nacionales, S. A. | Santo Domingo, República Dominicana | Todos los Derechos Reservados