Rafael Peralta Romero
Las voces y los ecos
El arbolito de Toledo
Se le pregunta a un taxista de Lima si es numerosa la colonia japonesa en el Perú y contesta afirmativamente, pero resalta que esa presencia nipona "hoy mismo" es mucho más que hace diez años. Cualquiera que sea el tema, los peruanos hacen referencia, con dejo de amargura, a este tiempo pasado, que algunos llaman desenfadadamente "la dictadura".
Con frecuencia se refieren al expresidente Alberto Fujimori, pero se les ve la intención de no citar el nombre del fugitivo expresidente. Eso, sí, del 28 de julio para acá pocos peruanos no han gozado el placer que significa estrenar un gobierno democrático.
La intolerancia, la arbitrariedad y la corrupción son otras formas de hablar de Fujimori, sin decir su nombre. Bien claro sí aparece en los rótulos callejeros que exigen a Japón devolver al fugitivo.
Resultará difícil para un extranjero que haya visitado Perú en los días finales de julio olvidar por el resto de su vida los colores de la bandera peruana. De rojo y blanco se cubrió el país y no necesariamente por mandato de ley, sino por una sincera, y hasta envidiable, devoción peruana por los símbolos patrios.
El aniversario de la independencia le coincidió este año a la nación suramericana con el feliz acontecimiento del renacer de la democracia. Calles, tiendas, hoteles, todos exhibieron los colores del pabellón peruano. En los actos oficiales todas las carpas mostraban estos colores. La foto oficial de los estadistas que asistieron a la transmisión del mando se realizó frente a una bandera confeccionada con rosas rojas y rosas blancas.
La juramentación del Presidente Alejandro Toledo constituyó una real fiesta popular, a pesar de su pobreza, multiplicada con el ejercicio presidencial de Fujimori y a pesar de los bajos salarios, pocos peruanos no exhibieron en su solapa una escarapela que es símbolo de la peruanidad y de cuyo atractivo y uso no escaparon los visitantes, sin importar su condición.
Alejandro Toledo procedente del Perú profundo y perteneciente a la raza indígena asumió la presidencia de este inmenso país ante el asombro de quienes creyeron durante largo tiempo que el gobierno era un atributo de los blancos y altos de estatura. En un país donde la mayoría de los habitantes son indios y mestizos, algunos llegaron a creer que éstos no tenían derecho a funciones de alta gerencia.
Los "cholos", de los que forma parte el presidente Toledo, estaban destinados a los trabajos no calificados, como el servicio doméstico, conserjerías, policías o choferes. Esto fue otro motivo para convertir en fiesta nacional la asunción del líder de Perú Posible al más alto cargo de la nación.
En algunos aspectos, la historia personal del Presidente Toledo recuerda la del doctor José Francisco Peña Gómez, con la diferencia de que los enemigos del líder perredeísta tuvieron mayor suerte que los del líder peruano. En el caso de Peña Gómez el prejuicio racial tuvo éxito, pero con el economista peruano no pudo.
De igual modo el nuevo gobernante de Perú guarda otro tipo de coincidencias, notables también, con el Presidente Hipólito Mejía, según se apreció en el discurso pronunciado en la sede del Congreso tras prestar juramento para el período de gobierno 2001-2006.
El primer punto de esos parecidos ocurre en que el eje central del gobierno de Toledo será la lucha contra la pobreza, que es cuestión clave para el actual Gobierno dominicano.
Declarar la educación como una prioridad nacional es otra semejanza de Toledo con Mejía. El Presidente peruano se propone elevar la inversión en este sector hasta el 30% del Presupuesto Nacional mientras en la actualidad equivale sólo al 14%.
¿Qué decir de propugnar por una economía de mercado con rostro humano? Es parte del discurso de ambos presidentes. Como es también el propósito de atraer capitales y levantar el respectivo país. Toledo y Mejía coinciden en que ambos reciben un país con economía maltratada por la corrupción y el gasto caprichoso.
En la tarde del 28 de julio, el Presidente peruano invitó a los estadistas y dignatarios visitantes a plantar un árbol de tacoma en el Jardín de la Democracia, un rincón escogido del Gran Parque de Lima. Cada uno lo hizo y hablaron Toledo y el niño Jesús Alomías, del Parlamento Infantil. Era un símbolo del retoño de la democracia. Otros pequeños bailaron música típica y al lado de cada dignatario una persona menuda ayudaba a plantar el arbolito.
Más tarde, el pueblo llenó las vecindades del palacio de gobierno, cuyas calles aledañas fueron cerradas por los miedos de Fujimori. "Hoy mismo teníamos diez años sin caminar por aquí". Desde la orilla del río Rimac o sobre el "viejo puente del río" de que habla Chabuca Granda en su famosa canción, el pueblo celebraba con golosinas y cantos el renacimiento de la democracia y de la esperanza de una vida mejor.
Era para creer que está plantado en buena tierra y que tiene buen futuro el arbolito de Toledo.
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