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Ventana que abre a un muro
Por León Félix Batista
Parece inevitable que hagamos referencia al pretérito reciente de nuestros avatares literarios, si se trata de escribir de antologías. Es que ha sido azarosa su incidencia, a partir de que la Lira de Quisqueya (de Juan Castellanos, en el lejano 1873) dispusiera un espacio de papel para hacer subrayar algunos nombres de poetas, hasta la, a ratos abominable, Dos siglos de literatura dominicana, del fenecido Manuel Rueda. Entonces dio comienzo la enfermedad de la parcialidad, y las resmas de papel se convirtieron en terreno de batallas. Ya en el siglo pasado, partiendo del triste axioma de que la Historia se inclina por el punto de vista de quienes la escriben, el producto antológico se revelará patético.
Desde un punto de vista geológico, en nuestro marco isleño, se obtiene una curiosa división de antologías: las hay fósiles y las hay de mina. Las primeras se reducen al espectro anquilosado de los nombres de siempre y sin ánimo ninguno de rectificar las injusticias. En el segundo de los casos, los seleccionadores se proponen excavar en la cantera de las voces nuevas obteniendo, mayormente, un mare magnum, confusión. Hay que empezar diciendo que este Juego de imágenes, conjunto mineral, fue forjado sobre el yunque de lo amorfo. Una olla de grillos se destapa y ocurre el aquelarre del desorden.
Se podría argumentar que el suyo es caos de origen, que esta muestra se limita a reproducir el revoltijo inherente a nuestra nueva poesía, que se supone en formación y es, por lo tanto, un magma que nadie sabe en qué concretará. Pero, de ser así, quedaría muy desnudo el argumento ante la afirmación del propio antólogo: existe un tipo de unidad grupal, arguye, sutilmente. Además de que una aérea lectura a las pertinentes notas críticas de Néstor E. Rodríguez (una de las notas altas de este libro), arroja la abundancia de una cierta tendencia de los tonos (tanto, que bien pudo ésta ser, en vez de antología, ontología). En todo grupo reza el prólogo hay un factor común que prevalece y que permite un tipo de cohesión o avenencia, de tal forma que los elementos comunes se pueden considerar metódicos dentro del círculo; visto así resulta lógica la utilización de recursos, técnicas y lugares comunes, influenciados por principios sociales que hacen difícil su separación. Corrección casi notarial. Lo espeluznante es cuando tales mancomunidades de técnicas y recursos se convierten en absurda mecánica de eco y brotan los poetas como setas en lo húmedo.
La verdad es que este extraño conjunto carece de principio genitor. Digámoslo de golpe: demasiados concurrentes sin soporte en una selección que privilegia el número por sobre el sustantivo. ¿Para qué dilatar la urdimbre tanto? No hace falta ni siquiera bucear: el nado en superficie por las letras nos demuestra que 10 nombres, sino menos, bastarían para decir lo que repiten, aquí, 52. Uno puede preguntarse si el método mejor no será la disección en vez del amontonamiento que sólo deja ver relieves. Este tomo vomita, en su teatro material, lo mismo la palabra fundacional, exploratoria, que discursos completamente anónimos. Esa cópula resulta impracticable, a menos que nos sirva, como se escribe en el prefacio, para ser un modelo que permite distinguir entre los presentes quiénes son los llamados y quiénes son los escogidos. Y, suponemos, una antología es, justamente, el lugar de los que han sido escogidos previamente.
Pese a todo lo anterior, también hay nubes blancas en el cielo de este libro. Signos positivos son, sin dudas, la inclusión, en la edición segunda, de algunos nombres claves de la novísima poesía que hacían cojear a la primera (de 1995) y la exclusión del propio antólogo esta vez. Las razones reales de aquellas ausencias y estas presencias no aparecen justificadas en los prólogos a las primera y segunda edición, pero el gesto y el efecto resultan suficientes. Este punto positivo se ha visto, empero, nublado por la inexplicable defenestración de la República-de-letras del también cuentista laureado Amable Antonio Mejía y la también inexplicada de Alberto Tavárez.
Otro punto a favor: la nueva ordenación. Es visible la intencionalidad de trastocar las primacías en la disposición de los seleccionados. Quiérase que no, los órdenes de aparición significan, están, en este medio, cargados de sentido. Este es un movimiento a favor, aunque menor en la escala de los sismos: se puede muy bien organizar la pirámide de la poesía de hoy intercambiando dos o tres puntos de vista, mejor decir: poéticas, porque este mundo es vario.
Y last but not least, es decir, finalmente, pero no en último lugar, el libro gana con el aumento en el número de voces femeninas, si es que aceptamos la infamante división entre escritor-mujer y escritor-hombre. El libro crece, repito, con esta levadura, aunque apena que se empuje como un discurso otro y no en la integridad de lo contemporáneo. Además, es altamente cuestionable la supuesta conciencia de grupo que le endilga Frank Martínez a las poetas nuestras. No hay tal cosa.
Hay que insistir en que la antología de lo que aquí se nombra nueva poesía, pero que en verdad se refiere a los poetas de la Generación 80, todavía no se publica, pese a los intentos aislados en esta dirección emprendidos desde la propia década de los ochentas. Nuestro espacio literario, huérfano de crítica seria, sumado a los tantos intereses editoriales o no envueltos en cada recopilación lo impiden. La valentía que hace falta para estas excursiones todavía no se asume: permanece en el espacio de lo etéreo. El panorama de este grupo debe ser uno de excepción: las individualidades deberían flamear en la valoración de las poéticas. Juego de imágenes, sin embargo, vale como compendio movedizo y como un encerado en que los contendientes se van delimitando ante los ojos del lector, que juzga y diferencia.
Juego de Imágenes: la nueva poesía dominicana
Isla Negra Editores/Ediciones Hojarasca
Segunda Edición, San Juan, Puerto Rico, 2001
Selección y prólogo de Frank Martínez
Notas críticas de Néstor E. Rodríguez.
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