13 de agosto de 2001 • Edición número 1,215
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Medio ambiente, falsas prioridades y pipirileles


Con el ejemplo de Haití, el territorio de la tierra asesinada,
¿no debería dolernos inmensamente el asesinato de un árbol?
¿La masacre de la vida natural dominicana?


Por Jacinto Gimbernard Pellerano

Más fácilmente habría sido yo submarinista, con todo el gran temor que me produce el peso licuificado de las inmensidades acuáticas, que ser secretario de Estado de Medio Ambiente. Por tal razón, cuando me enteré de que el valioso historiador Frank Moya Pons había aceptado el nombramiento, escribí que Frank necesariamente debía ser oriundo de Moca o una región cercana a esta zona, cuyos pobladores poseen reconocida valentía y arrojo volcánico. Efectivamente, Moya Pons es vegano.

Imagino que, como a otros ministerios, no le llegan, al suyo, los recursos necesarios para llevar a cabo la gran labor requerida. Me habría dado a mí lo que el bien recordado musicólogo e intelectual madrileño Alfredo Matilla -cuya amistad tengo a honra- definía con humorística seriedad mofletuda como un pipirilele, que es cuando uno, desesperado e impotente, se tira al suelo y patalea entre lágrimas y sollozos.

Pues de pipirileles está la cosa en torno al medio ambiente. Con el ejemplo de Haití, el territorio de la tierra asesinada, ¿no debería dolernos inmensamente el asesinato de un árbol? ¿La masacre de la vida natural dominicana?

Imaginaba -no sin cierta angustia- que el secretario Moya tendría que proveerse de un buen sombrero para defender su ilustrada calvicie y vigilar el país, evitando que la inconciencia, la ignorancia, el desenfado y los tercos intereses apuñalen estas tres cuartas partes de la isla de Santo Domingo (que parece mentira que le otorguemos al país vecino más territorio del que tiene y demos más importancia al nombre indígena de Haití, escogido por Dessalines en 1804 para independizarse y hacerse emperador, iniciando una doliente historia de malignidades propias).

El caso es que tenemos que defender nuestro medio ambiente, y el cuido al árbol, la comprensión de su función, es esencial. Ojalá también pudiésemos ayudar a nuestros extremadamente cercanos vecinos a mejorar la salud de su territorio.

Pero primero la Patria. Porque urge y porque apenas estamos a tiempo de evitar un grave daño ecológico.

Ahora se están devastando zonas verdes, que reputados expertos declaran técnicamente inadmisibles para ser usadas en instalaciones destinadas a unos malvados Juegos Panamericanos del 2003, que muy pocos dominicanos quieren aquí, en un país donde sufrimos escaseces insoñables para este siglo 21 y queremos vestirnos de ricos, como si estuviésemos por imitar a Dessalines y luego Soulouque, que se proclamaron emperadores de un Imperio inverosímil con trajes de seda y sin zapatos, y una corte de príncipes, duques, condes, etc. en medio de un ambiente surrealista que no deja de hacer chispear la fascinación de lo absurdo.


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