13 de agosto de 2001 • Edición número 1,215
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NEGOCIANDO LA SOBERANÍA

La influencia de la PUCMM
en el gobierno de Guzmán


Por Leopoldo Espaillad N.

Un detalle de interés de las relaciones internacionales del petróleo lo mostró la visita de un día que hiciera al país en fecha 27 de diciembre de 1978, el entonces Presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, la cual me tocó preparar viajando a Caracas, también en viaje relámpago, dos días antes. En la entrevista que sostuve con el Presidente Pérez en La Casona, residencia presidencial, le relaté los problemas que tenía el Gobierno dominicano con la Shell por la co-propiedad de la Refinería de Petróleo como resultado del contrato negociado por el Presidente Balaguer en 1969, lo cual escuchó con gran interés dándome como respuesta una eufórica y exaltada reacción: “Venezuela le financiará a la República Dominicana la compra de las acciones de Shell, como primer paso para un acuerdo petrolero”.

Como es natural, consideré que esa propuesta era la cuestión más importante en la agenda de la visita presidencial y desde luego de enorme trascendencia para el país y el nuevo gobierno, y esa misma noche regresé en un vuelo especial, junto a la avanzada de seguridad del presidente Pérez a traerle las buenas nuevas al presidente Guzmán. Cuál no sería mi sorpresa, cuando en la mañana del día 27, al bajar del avión la comitiva presidencial, el ministro Héctor Hurtado me dijo muy bajito al oiído: “Hay que sacar de la agenda lo de la Shell”. Hurtado no me dio ninguna explicación, ni nunca he podido preguntarle a Carlos Andrés Pérez, ¿qué pasó entre la noche de nuestra entrevista y su llegada al país? Es obvio que el largo y poderoso brazo del petróleo internacional se había hecho presente.

El 24 de enero de 1979 recibí a los representantes de ‘Hershey Foods’, firma que tomé la iniciativa de contactar para explorar la posibilidad de utilizar cacao y leche dominicanos en la manufactura de sus acreditados productos, creando una empresa mixta (joint venture) que utilizara su franquicia tecnológica y de marca, y crear sus productos para el mercado local y de exportación a EE.UU., lo cual requería un esfuerzo para mejorar la calidad del cacao que pospuso la formulación de los estudios de factibilidad, iniciativa que (como siempre sucede) murió con mi salida del Secretariado Técnico.

La Rosario
Otra tarea delicada que le tocó al Presidente Guzmán fue negociar la adquisición de manos de la ‘Rosario Resources’, el oro de la mina de Pueblo Viejo, histórico hito de su gestión, que es la misma mina que ahora trata de regresar nuevamente al capital extranjero el presente gobierno del entonces secretario de Agricultura de Guzmán, Hipólito Mejía. Los problemas de agotamiento de los óxidos y de procesamiento de los sulfuros ya surgían, y para fortalecer la posición negociadora del Estado recurrí a un antiguo condiscípulo del ‘Colegio Muñoz Rivera’, Marcelo De Moya (fallecido), quien tenía relaciones con técnicos surafricanos, país que había adelantado tecnológicamente en materia de procesamiento de oro de sulfuros. En mi agenda tengo consignada su llegada el 19 de enero de 1979.

Las gestiones para la exitosa adquisición de la mina tuvo su base en una negociación previa que habíamos llevado con la Rosario el entonces secretario de Industria y Comercio, Ramón Báez Romano, el secretario de Finanzas, Manuel José Cabral, y yo, al establecer que si el oro alcanzaba a más de US$ 300/oz., la participación del Estado en los beneficios de la mina se iría incrementando escalonadamente hasta pasar a ser casi confiscatoria. El oro –como se recuerda- llegó a venderse a US$ 800/oz., y el Estado pudo así adquirir la mina de la Rosario gracias a esa negociación previa.

Muy al inicio de su gestión, el Presidente Guzmán fue presentado con la tentadora opción política de anunciar el descubrimiento de petróleo por parte de la empresa ‘Mercedes’, venezolana, y que operaba en la zona Este del Distrito Nacional bajo la responsabilidad de Fortunato Canaán, pero viendo la falta de seriedad de esta propuesta, tanto Báez Romano como yo nos opusimos a que el Presidente Guzmán cayera en ese lazo. Puesto a depender después de personas ajenas a su partido que representaban intereses extranjeros, tuvo también el Presidente Guzmán la poca fortuna de ser llevado a anunciar posteriormente, el 24 de julio de 1981, el hallazgo de petróleo en el Oeste del país, en ‘Charco Largo’, cosa que era incierta y obviamente resultado de alguna exitosa especulación bursátil, lo cual trajo naturalmente gran descrédito a su gestión, y mucha desazón personal al Presidente Guzmán. Este ángulo, de prometedoras posibilidades para detectar la verdad, nunca ha sido investigado.



Estabilidad macroeconómica
Durante este período, la política macro-económica se mantuvo inalterable, la moneda dominicana retuvo fundamentalmente su valor de cambio, con lo cual el mercado interno continuó abastecido por el conjunto de empresas productivas nacionales y mixtas, sin que viera menoscabada su participación en el mercado interno por las importaciones de productos similares foráneos, como comenzó a manifestarse posteriormente, y ha llegado a hacer crisis en la actualidad. En el plano político, la fase inicial de parálisis económica con propósitos de desestabilización política fue vencida con los recursos que ingresaron con el préstamo de los US$185 millones, y esta dimensión política del problema económico, que escapaba a quienes no tenían –como yo- informes confidenciales de los intentos de dar al traste de mala manera con la gestión de Guzmán, fue motivo fundamental de mi apoyo a ese endeudamiento.

Recuerdo que las relaciones del Presidente Guzmán y la cúpula empresarial -entonces encabezada por el amigo Luis Augusto (Payo) Ginebra Hernández- se hicieron muy tirantes, pues entonces se comenzaba a cuestionar la eficiencia del sector público en la administración de empresas y su incursión en la economía. Desde luego –aunque ‘Payo’ no lo quisiera- este argumento ideológico era parte del objetivo de un sector nacional de apoderamiento de las empresas estatales heredadas de Trujillo, para lo cual se minaba la credibilidad del Estado como administrador, argumento que se fundamentaba además en la mala gestión de algunos administradores en la gestión de Balaguer y aún en la de Guzmán.

El Presidente Guzmán respondió designando administradores de varias empresas del Estado a connotadas figuras del sector privado. Recuerdo como parte de esta política la designación de José Manuel Armenteros, antiguo socio y miembro del Consejo de Administración de la Fábrica Dominicana de Cemento, como su administrador general, y también la de Gustavo Vega Imbert como administrador general de Molinos Dominicanos, dos de las empresas más importantes del Grupo CORDE. Ambos fracasaron en su gestión.

En ocasión de esa situación, y aunque fuera ya del gobierno, me preocupé sin embargo de visitar a ‘Payo’ Ginebra para intentar desarmar algunos de los argumentos retóricos que se esgrimían contra la capacidad del sector público para administrar, y haciendo uso de la confianza entre nosotros le espeté: “Payo: tú que estás en el sector privado: ¿Te consideras un administrador eficiente?” Contestó que sí. Entonces yo le respondí. “Tú has sido en el pasado funcionario público en distintas posiciones y ahora estás en el sector privado. Si se te llamara otra vez a una función pública, ¿Tú serías eficiente o no?” Él (que se citaba entonces como un posible candidato presidencial) me contestó sin vacilar que sí. Le dije: “Entonces amigo ‘Payo’, no se trata de si tú estás en el sector público o en el privado. Lo que importa es si tú eres capacitado o no para un cargo, no importa en qué sector te encuentres”. Así quedamos en paz en cuanto a argumentos ideológicos se refiere, aunque no entre él y Guzmán. Superada la situación inicial de resistencia soterrada y aún abierta de sectores reformistas recalcitrantes, el país tendió a la normalización política. Los sectores económicos se plegaron finalmente a aceptar el nuevo orden de cosas, al extremo de que no faltaron comentaristas ‘independientes’ de TV y prensa (vinculados a Palacio), que comenzaron a cultivar la posibilidad de una reelección de Guzmán, e incluso a proyectar políticamente a su hija Sonia, haciendo equiparaciones con la Evita de Argentina. Esto era desde luego un desafío al primer compromiso político del Programa de Gobierno: ‘No Reelección’.

La primera vez que tuve oportunidad de tocar ese delicado tema con alguien, fue con Cundo Gil, en ocasión de un viaje a Venezuela, en una comisión que yo encabezaba, y que nos permitió hacer un aparte en el hotel en que nos alojamos y conversar sobre la situación política del país. A sabiendas que Cundo era pieza fundamental del grupo de ‘los viejos robles’ sobre los cuales se sustentaba la posición de Guzmán en el PRD, quise hacerle saber claramente mi posición al respecto, expresándole mi total oposición a que se considerara la posibilidad de una reelección, por ser compromiso fundamental del Programa de Gobierno enarbolado en el proceso electoral contra el continuismo de Balaguer, y por convicción propia. Debido a las estrechas relaciones entre Cundo y yo, esto se quedó ahí, pero el laborantismo reeleccionista en los medios de comunicación continuó un tiempo, y desde luego propiciado desde Palacio.

En lo concerniente al turismo, surgieron problemas desde el principio. El autor, coordinador y orientador del Programa de Gobierno del PRD que enarbolara Guzmán en su triunfante campaña presidencial de 1978, había incluido en este aspecto la creación de la Secretaría de Estado de Turismo, para ponerle a cargo de todas las funciones que hasta ese momento había asumido el Banco Central con el respaldo de los organismos internacionales, especialmente el Banco Mundial, tanto en el control del desarrollo de la costa norte como en la administración de la ventanilla de crédito para el sector privado, funciones que había colocado bajo el Departamento Infratur, que pasaría a depender de la nueva secretaría.

La primera dificultad surgió con la selección del titular, porque teniendo en el PRD un técnico en hotelería como Rafael Flores Estrella, que había laborado conmigo en el Programa de Gobierno, y había arriesgado su posición en Infratur firmando el Programa (cosa que muchos técnicos que colaboraron en el mismo evadieron para no perder sus cargos gubernamentales) la posición fue puesta en manos de Víctor Cabral Amiama (sobrino de Luis Amiama), quien había laborado con la G&W, con cuya familia me han unido lazos muy estrechos, y era auspiciado por Incháustegui Cabral, que había sido designado Secretario de Estado Sin Cartera. Flores fue entonces designado subsecretario, pero fue obvio que la conveniencia de propiciar una transición política sacrificó su aspiración a una posición que se había ganado.

El proyecto de ley de creación de la Secretaría de Turismo pasó sin dificultad, pero materializar sus alcances fue otra cosa. El Banco Central se negó de plano a traspasar el Departamento. Infratur a la nueva secretaría, con el pretexto de que el Banco Mundial había expresado que si se hacía tal cosa revocaría los créditos otorgados al país en el propósito de desarrollar su enorme potencial turístico. Esta situación me obligó a aprovechar un viaje que tenía a Washington para firmar con el Banco Mundial el primer préstamo que esta entidad otorgara al Gobierno de Guzmán por US$27 millones para el canal de riego ‘Marcos A. Cabral’ en Baní. Me dispuse a aclarar tal situación, cosa que hice en un aparte con el Vicepresidente del BM, y posterior Presidente de Panamá, Nicolás Ardito Barletta.

Este me negó tal cosa, y yo pasé a explicarle las versiones que le habían llevado al Presidente Guzmán, Eduardo Fernández y la gente del Banco Central, de parte de una misión del Banco Mundial que visitaba periódicamente el país desde la gestión de gobierno anterior. Obtenido este desmentido, una vez de vuelta en el país, y reunido con el Presidente Guzmán para informarle del viaje, conversé ampliamente con él las dificultades que aquejaban la economía, paralizada por efectos del cambio de gobierno y la falta de definiciones, de lo cual se me acusaba a mí.

Le planteé la necesidad de que me diera su respaldo con la instalación de un equipo de técnicos en el Palacio Nacional bajo mis órdenes directas, para asumir la dirección de las medidas que le había propuesto, y el compromiso de presentarle mi renuncia en tres meses si no lograba resultados, a lo cual otorgó su asentimiento. También me proponía llevar adelante las gestiones de traslado del Departamento Infratur a la Secretaría de Turismo, dejando en el Banco Central solamente la parte de otorgamiento de créditos del INFRATUR. Esto suponía la asignación del espacio necesario en el Palacio Nacional, así como recursos materiales en equipo y mobiliario, ya que el Secretariado Técnico carecía de este presupuesto.

La influEncia de la pucmm
Pero a mi regreso había encontrado que Guzmán había destituido a Julio César Castaños Espaillat de la Secretaría de Educación, para designar a un desconocido, el Pedro Porrello Reynoso, quien provenía del personal docente de la PUCMM bajo el patrocinio de Sonia Guzmán. Frente a esta situación, terminado mi informe, consideré mi deber expresarle al Presidente que la creciente influencia de la PUCMM (a través de su hija) en su gobierno era materia de censura pública, sobre todo en este caso, por designar a un desconocido en sustitución de una personalidad académica como Castaños.

Esto fue causa para que dos días después, el 1º de marzo de 1979, el Presidente Guzmán me llamara a su despacho para decirme que se veía en la obligación de sustituirme del Secretariado Técnico y designarme en otra posición por ‘presiones de distintos sectores’, opción que rechacé tan prontamente, que no di tiempo a decirme dónde pensaba enviarme, al reclamarle nuestra conversación y los compromisos que ambos habíamos hecho. Desde luego la única opción que le quedó a Guzmán era destituirme.

Ya en horas de la tarde, Manuel José Cabral (que no sabía absolutamente nada de su desgracia), era destituido también de la Secretaría de Finanzas, aunque se dijo que había renunciado, y se anunciaba que yo había sido destituido. Luego supe de buena tinta, en uno de los periódicos del país, al llevar las palabras que no pude pronunciar en el acto de toma de posesión de mi sustituto, porque no se me invitó al mismo, que Sonia Guzmán, enterada por su padre de las críticas que yo había hecho a su influencia y la de la PUCMM, le había planteado a éste un ‘ultimátum’: “O Polín o yo”.

Después de casi dos años, en los cuales realicé asesorías externas a entidades diversas, el 23 de enero de 1981 volví al Gobierno a petición del Presidente Guzmán, designado por él al frente del Consejo de Administración de la Refinería Dominicana de Petróleo, y a partir de entonces hice todos los esfuerzos para que el Estado adquiriera las acciones de Shell en la Refinería, cosa que no se logró en esa administración, ni mucho menos en la siguiente, por razones que explicaré más adelante. De todos modos, ya parte del contrato aprobado por el Congreso Nacional había sido sustituido por acuerdo de las partes, por un ‘Modus Vivendi’ que fijaba los dividendos que se repartían ambos accionistas.

El 23 de marzo de 1981 se recibió la visita de quien luego desempeñaría la poderosa posición de Secretario de Estado de los EE.UU., George Schultz, entonces presidente de la empresa ‘Bechtel’, interesada entonces en propuestas energéticas. Mi agenda registra el almuerzo que le ofreciera en el Banco Central, Eduardo Fernández, quien patrocinaba las gestiones que había venido a realizar al país Schultz, y en la cual estuvo acompañado de John Saunders, dominicano de origen.

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