Max Puix
Historia y leyendas del café
En el 1732 Beethoven compuso la Cantata del Café No. 211, en honor a la cafemanía que se extendía por Alemania y otros países europeos. Por su lado, el rey Luis XV cultivaba sus cafetales en un invernadero del palacio de Versalles y no dejaba a nadie el placer de cosechar, tostar y moler los granos de su producción.
Si de su origen se habla, el café aparece hacia el siglo VIII sobre las altas planicies de Etiopía, más precisamente en la provincia de Kaffa. Luego se encuentra en Yemén, único país donde se cultiva hasta el siglo XV, sin que se pueda determinar con claridad si apareció de manera independiente en la península arábica y en África. Fue en el siglo XII que los árabes tostaron por primera vez los granos de café y los molieron para luego mezclar con agua el polvo que resultó de la operación. Hasta este entonces se le usaba verde, en infusión con fines medicinales .
Tanto en Las Mil y Una Noches, como en otros antiguos escritos árabes, se nos ofrecen leyendas sobre los milagros de los cafetales. Los musulmanes atribuyen la revelación del café a Mahoma. Un día, sintiendo sus fuerzas declinar, el profeta pensó que estaba llegando al término de su vida. El profeta Gabriel le brindó el qahwa enviado por Alá, tan negro como la piedra negra de La Meca. Después de tomar algunos sorbos, Mahoma recuperó tanto vigor como para desarmar a cuarenta hombres y hacer feliz a cuarenta mujeres.A principios del siglo XVI, la Iglesia Católica denunciaba el café como la infusión negra infernal, hasta que el Papa Clemente V la probó y le encontró un sabor tan especial que lo bautizó y lo transformó en una bebida cristiana, diciendo que el café era tan delicioso que sería una pena dejarle su uso exclusivamente a los infieles.
A pesar de los esfuerzos de los árabes por conservar su monopolio sobre la producción del café, llegando a hervir los granos antes de su exportación para evitar una posible germinación, los peregrinajes a La Meca favorecieron las filtraciones. A inicios del siglo XVII, un peregrino hindú logró esconder siete granos en su ropa e introducirlos en la India. Luego, marineros holandeses sustrajeron algunas matas de café que cultivaron en sus colonias de Indonesia y luego en las Antillas.
Hacia la misma época el sultán de Yemén ofreció a Francia seis matas de café que fueron aclimatadas desde el 1715 en la Isla Borbón (actual isla de la Reunión). El precioso arbusto se sembró luego en la Guayana y en Martinica, después de muchas aventuras. De esta manera el café se convirtió, rápidamente, en el principal recurso económico de las Antillas Francesas. La colonia de Saint-Domingue pasó a ser el mayor abastecedor de café para Francia y los franceses lograron el primer lugar en la venta del producto en el mercado europeo.
Se cuenta que Francia perdió su supremacía a causa de la coquetería de una bella mujer. En 1727 un joven teniente brasileño fue enviado a la Guayana Francesa en misión diplomática, con la encomienda secreta de procurarse los cotizados granos. Obedeciendo las órdenes estrictas que había recibido, el gobernador de la colonia rehusó atender la solicitud; sin embargo, su esposa no resistió regalarle algunos granos al fogoso oficial. Este gesto fue el punto de partida de la prosperidad de Brasil, donde se crearon inmensas fazendas cultivadas por esclavos. Más tarde, las fincas cafetaleras se extenderían a México, Honduras, Venezuela, Colombia y muchos otros países.
En la Europa del Siglo de las Luces, médicos y eruditos le atribuyeron al café todas las virtudes: se le vio como un tónico que excitaba las facultades intelectuales y facilitaba la digestión, pero que también podía curar tumores y cólicos. Era considerado como un remedio soberano contra la gota, la tisis, el escorbuto, la viruela y el sarampión. Le daba fluidez a la sangre, quitaba el catarro, la melancolía y la migraña, agilizaba el parto y aliviaba los dolores menstruales, entre otros. Raros eran los detractores que, al consumirlo, sufrían de fiebre, vértigos y hemorragias cerebrales.
Poco a poco la bebida se confundió con el lugar de consumo y se abrieron en todo el mundo cafés famosos donde se expendía la solicitada poción. El primer café se abre en Londres en 1652 y el segundo en París, en 1672.
El café pertenece a la familia de las rubiáceas, más precisamente a la variedad coffea. En estado salvaje hay unas 60 variedades de coffea en las zonas tropicales de Africa, de Asia y de América del Sur, sin embargo sólo diez de éstas merecen ser explotadas. Las más apreciadas son las Arábica y Camphora, que proporciona el Robusta. En la actualidad el café es cultivado en más de cincuenta países, en cuatro continentes. Es el segundo producto en el mercado mundial después del petróleo y antes del trigo. Cada día se fijan los precios del café en las bolsas de valores de Nueva York y de Londres. El mercado del grano sobrepasa los quince mil millones de dólares y más de mil millones y medio de tazas son consumidas diariamente en el mundo. Algunos de sus aficionados son muy exigentes y sólo toman café gourmet, objeto de un cultivo especial y de una preparación particular de los granos. A veces la historia y la leyenda se confunden. En el caso del café la combinación resulta maravillosa. ¿No es cierto, apreciado lector?
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