Alain touraine
Las dificultades políticas del gobierno de Fox
Mucho se ha hablado de los zapatistas, de su entrada en Ciudad de México, de la convergencia de intenciones entre el presidente Fox y el subcomandante Marcos. Sólo se discutían los plazos en los que el Parlamento tenía que aprobar el acuerdo entre el Gobierno y los zapatistas. Pero, de forma brutal, todo se vino abajo. El Parlamento desfiguró el acuerdo, así que los zapatistas regresaron a su lejana tierra de Chiapas. Por el momento, las luces se han apagado, el silencio ha sustituido a la palabra; un fracaso definitivo es plenamente posible y detendría este extraordinario movimiento que ha hecho que México pase de las utopías revolucionarias al concepto de democracia.
¿De dónde procede este cambio drástico de la situación que nada dejaba prever cuando Marcos estaba en Ciudad de México? En ello veo sobre todo un ataque del Parlamento contra el presidente más que contra Marcos. El presidente ha afirmado con fuerza sus poderes y su capacidad de iniciativa. Los partidos, por el contrario, no han salido de su confusión. Las luchas personales y la ausencia de un proyecto general impiden a los partidos definirse políticamente. ¿No resulta extraño ver con qué vigor el PAN (Partido de Acción Nacional), al que pertenece el presidente, ha combatido el proyecto de éste? Así, tras siete décadas de vínculos totales entre el PRI (Partido Revolucionario Institucional) y el Estado, las grandes esperanzas puestas en la creación de un sistema político se han visto frustradas.
Ausencia de partidos
Esto se debe, en primer lugar, a la ausencia de verdaderos partidos políticos definidos por las demandas de los electores y por su programa de gobierno. Pero, ¿de dónde procede esta impotencia política, que afecta a todos los países del continente, desde Brasil a Perú? La razón principal de esta debilidad es que el espacio político nacional está limitado en todas partes, por un lado, por las masas de excluidos y, por otro, por la creciente dependencia de Estados Unidos, que conduce preferentemente a denunciar a los enemigos del exterior más que a formar estrategias provenientes del interior. Esta dualidad creciente no es exclusiva de México y puede provocar que en todo el continente vuelvan los problemas de los años cincuenta y sesenta, cuando en la mayoría de los países los regímenes nacional-populares florecían y caían.
De ahí la enorme importancia del intento de crear en México un sistema político independiente del Estado y las graves dificultades con que tropieza desde el principio. A partir del momento en que se cierra la salida revolucionaria, se impone uno de los principales aspectos de la democracia: separar y combinar el Estado, el sistema político y la sociedad civil. En México, el Estado y el sistema político estaban mezclados, como en la URSS. La sustitución del partido-Estado por aquel que logró vencer a los demás oponentes abrió la vía a la separación del Estado, en gran medida ocupado por la gestión del Tratado de Libre Comercio norteamericano y de un sistema de representación política basado en los partidos. Al mismo tiempo, los zapatistas aspiraban a reinsertar a los indígenas en la sociedad civil. ¡Cómo no entusiasmarse por estos dos avances y por la formación de la democracia mexicana que representaban!
Sin embargo, tras sólo unos meses, el nuevo edificio se hunde, lo que puede provocar un terremoto en toda la región. Ya se escuchan las inquietudes que provoca el plan Puebla-Panamá. ¿Se desembarazará México de su Sur pobre para centrarse en el triunfo del Norte, absorbido por el espacio estadounidense? Existen muchas respuestas diferentes a estos problemas complejos, pero todas deben responder a unas condiciones generales que es necesario enunciar:
En primer lugar, la definición de una mayoría de gobierno. Esta definición es mucho menos estricta en un régimen presidencialista que en uno parlamentario, pero el campo de acción del Estado debe estar definido a la vez en términos sociales y políticos.
En segundo lugar, y de forma complementaria, cada partido importante debe definir una visión de la sociedad; por ejemplo, hoy a través de una reforma fiscal, una política de privatizaciones y un plan de ordenación del territorio y de la zona metropolitana.
En tercer lugar, los movimientos sociales deben, al mismo tiempo, ser independientes y elegir una estrategia política; por ejemplo, aliándose con un partido o, por el contrario, provocando conflictos no institucionalizados.
Estado y sociedad civil
Cada caso debe se considerado por separado, y no se trata de dar a cada cual una buena o mala nota. Pero la separación y la coordinación del Estado, del sistema político y de la sociedad civil deben ser consideradas condiciones centrales para la construcción de una sociedad democrática.
De golpe, México había avanzado hasta las puertas de la democracia. ¿Se aleja de ellas ahora? ¿Se limitará su programa de gobierno a la liberalización de la economía? Una ocasión perdida de este calibre tendría unas consecuencias desastrosas, no sólo para México, sino para el conjunto del continente, que está sometido a poderosas fuerzas antagonistas y a desigualdades cada vez mayores, lo que incrementa rápidamente el riesgo de ruptura en la mayoría de los países.
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