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El silencio de Pedro Mir
Nada como el silencio que, después de la palabra, constituye el segundo poder del mundo. Así, bajo la fortaleza laboriosa del silencio, Mir hizo su formación profesional, la inclinación humanística, templó la sensibilidad social y expandió el cultivo de la inteligencia en las aulas.
Por Rafael García Romero
El tiempo pasa y calla lentamente la voz del poeta o la transforma en los límites del teatro de la vida cotidiana y sus retos. Hay cadáveres que van subiendo mientras más su ataúd baja, dijo el otro poeta: Manuel del Cabral. Pienso en el silencio de Pedro Mir. Ese silencio productivo, cultivado, de grandes proporciones, y excepcional, que dejó su fruto en la poesía.
En la época más productiva de su vida hubo una confluencia de silencios y fuerzas de motivación que azotaron hasta la agonía. Cerró un periodo y abrió su genio a la historia, el ensayo, la estética, la narrativa, quizá un poco a la novela.
A nadie perjudicó el haber guardado silencio.
Nada como el silencio que, después de la palabra, constituye el segundo poder del mundo. Así, bajo la fortaleza laboriosa del silencio, Mir hizo su formación profesional, la inclinación humanística, templó la sensibilidad social y expandió el cultivo de la inteligencia en las aulas.
Sólo hay tres voces dignas de romper el silencio -dijo Amado Nervo: la de la poesía, la de la música y la del amor. El silencio de Pedro Mir empezó a crecer y a romperse con "Hay un país en el mundo", que consustancialmente es poesía, música y amor. Ese primer verso: hay un país en el mundo, título de ese también célebre poema, viajaría a la muchedumbre y le daría la vuelta al mundo al cabo de los años. No se imaginó el poeta Mir, en 1949, viviendo su exilio en Cuba, que la historia lo colocaría a él como autor y a ese poema, en el mismo trayecto del sol.
A través de los años, ningún otro poema ha resultado tan célebre y celebrado. Juan Bosch ya se encargó, con muchos años de retraso, en decir que "Hay un país en el mundo" es un poema singular en la historia de la poesía dominicana porque es una pieza clave en el proceso creador que va dándose en su autor. Y que, agrego yo, se convertiría con el paso del tiempo en un punto de referencia, una división grata y que definió para el resto de la historia a Pedro Mir antes de 1949 y después de haber escrito ese poema mayor.
En Pedro Mir hay muchas facetas. Vive y se ensancha a partir de ese poema; pero el poeta, con el tiempo y su disciplina, creció, se hizo novelista, narrador, humanista. También tenemos al prosista, el ensayista, el educador y paro. Pedro Mir es la hechura de varias décadas y muchos silencios. La suma de una eternidad de silencios productivos. Así llegamos a otro silencio impresionante, de gozo inmenso y que dio este libro de compilación: Ayer menos cuarto y otras crónicas, donde hay un Pedro Mir total, completo, exquisito.
El libro tiene su historia, un poco la cuenta su compilador, Francisco Rodríguez de León, cuando recuerda que todo el contenido (artículos, crónicas y reportajes) originalmente fue publicado en los periódicos La Nación, El Nacional y la revista Ahora, durante los últimos cuarenta años.
Y como dice la nota que entrega esta edición, es un trabajo reflexivo sobre diferentes tópicos de la sociedad dominicana y la dominicanidad. Todo ello impregnado de un gran amor por el país nativo y por su gente, en búsqueda continua de aquello que nos realza y ofreciendo la explicación y la excusa inteligente para lo que nos minimiza y que fueron escritas ayer, cuando su autor vivía, para construir los rudimentos de la cultura.
No todo estaría perdido, si adecuadamente a través del lenguaje hay la voluntad de encauzar nuevos paradigmas cívicos, entre ellos, la solidaridad, la gratitud, la sinceridad, alternativas sociales sanas, que identifiquen y vinculen el hombre a objetivos comunes, con un fin ajeno al simple hecho de la supervivencia.
En "Ayer menos cuarto y otras crónicas" hay pensamiento y periodismo. Un libro del pasado y del presente. Tiene esa condición simultánea. Pedro Mir quizá no lo concibió así, pero el libro es una fuente de verdad y una memoria agradable, un prontuario, un lugar de confluencias informativas. Periodismo de mucha vitalidad.
La obra de Mir es la reacción humana de un poeta y la del periodista. No es una reunión gratuita de artículos, crónicas y reportajes; el libro salva esa dificultad y en su conjunto las páginas alcanzan la categoría de excepcionales, gracias a la prosa, el nivel exquisito del pensamiento miriano y la capacidad de comunicación.
El libro, en su inmensa totalidad, es literatura, buena literatura, que informa, divierte y revela a los lectores -desde la primera línea y con asombrosa certeza- que es una fragua, una luz, un vínculo bien humano. Todo eso; pero además, es un libro que tan pronto se abre ya tiene vida propia, independientemente de lo que antes era: periodismo; porque si bien está hecho con tinta ya tiene otro tinte de verdad. Tiene la verdad que hace excepcional a los libros, ajena y distinta a esa verdad de los diarios, siempre en duda, efímera.
Nada deja rastros más certeros que la escritura. Así tenemos que Mir escribió en La Nación su primera crónica titulada La poesía, cuestión de Estado. Era el año 1945 y terminó esa jornada con "Maruchi ante el retrato", un año después. Escribió en El Nacional su primera crónica titulada "La actualidad en sus aspectos inactuales". Aquí aparece por primera vez el título "Ayer menos cuarto", que da nombre a la presente colección. Esta jornada de cronista la terminó con "La despedida y su formalidad", en 1971. Escribió en la revista Ahora su primera crónica titulada "Obertura fantástica". Era el principio de una serie que subtituló Crónicas de un pez soluble. El título era, nadie se imaginó porqué: El dominicano de las nieves. En la revista ahora escribiría su crónica final en el año 1979 titulada "Un capítulo final: mi amigo el poeta". El Nacional acogería ese mismo año y hasta el 1980 las crónicas de Pedro Mir. "El fin se encuentra en el confín", la última entrega. Eran crónicas muy cortas las última crónicas.
Este único volumen constituye una panorámica de lo que fue ese camino de vigilancia, de observación, de extender la vista más allá de la miseria de nuestro muy limitado presente; pero al mismo tiempo es una pieza clave, un eslabón de lectura para quien tuvo el olvido, el absurdo olvido de no leer a Pedro Mir. Ahora podrá leer a Pedro Mir en Ayer menos cuarto y otras crónicas. Nunca como hoy necesitamos hacer un alto y ver de dónde vino y se construyó uno de los pensamientos y pilares más sólidos con que contó la sociedad dominicana.
Un día, cuando pierda valor fingir el olvido, nos daremos cuenta que algo falta entre los dominicanos, quizá el silencio de Pedro Mir.
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