Rosa Montero
La niña que vivió para contarlo
Los humanos llevamos dentro del corazón un agujero negro, el nido de todos los horrores. Cuando Stevenson escribió su novela El doctor Jekyll y Mr. Hyde expuso una verdad fundamental: que los malvados no son seres irreconocibles y extranjeros, sino, por el contrario, son nuestros vecinos, nuestros hermanos, tal vez nosotros mismos. Todos podemos caer en algún momento en el frenesí del mal absoluto, del dolor tenebroso. Somos al mismo tiempo las víctimas fileteadas y los caníbales.
Leyendo el estremecedor libro de la camboyana Loung Ung (Se lo llevaron, editorial Maeva) he vuelto a sentir un espasmo de vértigo ante los abismos interiores. De cuando en cuando, pueblos enteros se convierten en torturadores y asesinos; o más bien se dividen, como las dos caras de una moneda al rojo, y la mitad intenta aniquilar a la otra mitad. ¿Cómo es posible que lleguen a envenenarse tantas cabezas, de qué modo se construyen esos paroxismos de crueldad? En España estamos asistiendo en primera fila al despertar de uno de esos monstruos abisales: la antropofagia es un valor en alza en el País Vasco. Ojalá pudiéramos entender cómo funciona el mecanismo y detenerlo.
Las orgías de violencia parecen ser endémicas en el ser humano. La historia está llena de océanos de dolor, lagos de sangre. Una de las carnicerías más terribles del terribilísimo siglo XX fue la perpetrada por los jemeres rojos y el siniestro Pol Pot en Camboya. Entre 1975 y 1979 murieron dos millones de personas, una cuarta parte de la población. Los mataron de hambre, o a martillazos, o los enterraron vivos. No querían malgastar balas.
Loung Ung tiene 31 años, vive en Estados Unidos y actualmente es portavoz de la Campaña contra las Minas Antipersonas, una ONG que ganó el Premio Nobel de la Paz en 1997. Cuando los jemeres tomaron Phnom Penh, Loung tenía cinco años; su padre era un alto funcionario del Gobierno, de manera que tuvieron que ocultar su identidad para no ser ejecutados al instante. Eran siete hermanos: el mayor tenía 18 años; la más pequeña, tres. Los Ung, como el resto de habitantes de Phnom Penh, fueron obligados a desalojar la capital.
Para los jemeres, los campesinos analfabetos eran los únicos revolucionarios puros, mientras que las gentes de ciudad eran el enemigo a combatir, tipejos contaminados por los occidentales. Por consiguiente, desplazaron de manera forzosa a cientos de miles de personas y, para reeducarlas, las obligaron a trabajar la tierra en aldeas remotas. El monstruoso éxodo ya fue lo bastante aterrador: niños, ancianos y enfermos caminando a pie durante días y días. Pero aún fue peor cuando llegaron a los pequeños pueblos. No había comida para todos: durante cuatro años se murieron literalmente de hambre, con las barrigas hinchadas, edemas en las piernas, calambres en el estómago. Una hermana de Loung de 14 años falleció así.Tengo para mí que el Mal, ese gran demonio colectivo que arrasa de cuando en cuando el cerebro de las gentes, va unido a la estupidez, a la falta de cultura y de pensamiento. Los mensajes ideológicos de los carniceros son siempre mentecatos y ridículos; si no estuvieran tan embadurnados de sangre, resultarían incluso muy chistosos. Hasta los nazis, que fueron los malvados con más ínfulas filosóficas (pura tradición germana), sostuvieron obvias necedades. Otros bárbaros, como los estalinistas o los maoístas, llegaron a extremos delirantes. Nada más tomar el poder, los jemeres abolieron los mercados, las escuelas, las universidades; prohibieron el dinero, los relojes, los radiocasetes y las televisiones. Poco después quemaron en grandes piras toda la ropa de colores: a partir de entonces se tuvieron que vestir siempre de negro. Además de este fascinante libro de Loung Ung sobre Camboya hay otros dos poderosos testimonios sobre la China de Mao: Balzac y la joven costurera china, una novela de Dai Sijie (Salamandra) que refleja otra etapa de reeducación y terror en una aldea, y, sobre todo, el maravilloso libro autobiográfico de Jung Cheng, Cisnes salvajes (Circe), que cuenta la historia de tres generaciones de mujeres chinas, desde la época imperial hasta la Revolución Cultural. Un día, los jemeres llegaron a la aldea en la que malvivía la familia y se llevaron al padre de Loung; sin duda le mataron, pero ¿cómo? ¿Le torturaron antes? ¿Lo enterrarían vivo? La madre, espantada, intuyendo que pronto vendrían en busca de ella, echó a los tres hijos crecidos que le quedaban en casa. Les hizo prometer que se separarían y cambiarían de nombre, y les obligó a internarse en la selva. Sin comida, sin nada. Loung tenía siete años; sus hermanos, diez y doce. Poco tiempo después llegaron los jemeres, en efecto, y apresaron a la madre y a la niña pequeña, de cinco años. Tampoco se sabe qué les sucedió.
Estaba tan llena de odio Loung hacia sus verdugos que, con ocho años, asistió, en primera fila y disfrutando, al linchamiento de un soldado jemer. Pero entre las tinieblas brilla también la luz: en las páginas de Loung hierve la vida. Aquí está ella, activa y entera, trabajando para una ONG, escribiendo un libro sobre el horror para intentar entenderlo. Cuanto más le cuento mi historia a la gente, menos odio tengo, dijo Loung en mayo, cuando vino a España a presentar su obra. No es más que un puñado de palabras, y, sin embargo, son esas palabras las que terminan venciendo, no los jemeres. Nunca debemos desconfiar de la maravillosa capacidad de supervivencia de los humanos.
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