30 de julio de 2001 • Edición número 1,213
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Los adioses

Por Rafael García Romero

Los árboles mueren de pie. Poco a poco, frondosos, todavía bellos y quizá alguien, inquieto, levanta la vista para ver de donde ha venido tanta hojarasca que cubre la plaza. Así sucedió con Virgilio Díaz Grullón: un árbol robusto y pródigo, que murió de pie.

El hombre que fue Virgilio Díaz Grullón nació en Santiago de los Caballeros el 1 de mayo de 1924 y ya murió; pero el escritor, con todo respeto a la historia, no muere.

La vida, luego de graduarse de doctor en Derecho (Universidad de Santo Domingo, 1946) llevó a Virgilio Díaz Grullón por distintos caminos y durante muchos años fue funcionario público en múltiples cargos: Secretario de la Presidencia, Asistente del Gobernador del Banco Central y Subsecretario de las Secretarías de Educación, Finanzas, Previsión Social y Trabajo (1954-1962). En un periodo muy breve, funcionario privado en el del Banco Interamericano de Desarrollo (1962-1971) y Asesor Financiero de la Compañía Financiera Dominicana (1971-1978). El resto de la vida fue narrador, historiador, educador y poeta.

Pienso en su bibliografía breve, la de cuento: Un día cualquiera. Esa primera edición del año 1958, cuyo pie de imprenta dice: Ciudad Trujillo, Editorial Librería Dominicana, 1958. Un año después de la Revolución de abril publica Crónicas de Altocerro. Ya la ciudad se llamaba Santo Domingo y Rafael Leonidas Trujillo había muerto. Casi diez años después publica su tercer libro de cuentos: Más allá del espejo. Todo eso se transformaría con el tiempo en una reunión total de sus cuentos y relatos bajo el título De niños, hombres y fantasmas, que publicó en Santo Domingo la Colección Montesinos. Era el 1981.

Pienso en su única novela, con una multitud de ediciones: Los algarrobos también sueñan, publicada en Santo Domingo, por Editora Taller, cuando tenía cincuenta y tres años. Era el 1977. Y, finalmente, pienso en ese libro maravilloso, casi novela, mucho de ensayo y todo definitivamente de su vida, otras vidas y muchas vivencias: Antinostalgia de una era. En total cinco libros, suma de su bibliografía. No necesitó más.

Un escritor de concentrado vigor. Hizo un conjunto de obras muy singulares, premiado muy temprano. En 1958 obtuvo el Premio Nacional de Cuento con Un día cualquiera. En 1978 ganó el Premio Anual de novela Manuel de Jesús Galván con Los algarrobos también sueñan; y fue acogido como miembro de la Academia Dominicana de la Lengua.

En República Dominicana -dije en un artículo de oportunidad- hay tres escritores y una escritora que a mi juicio marcan la literatura nuestra entre 1930 y 1960: Ramón Marrero Aristy, Juan Bosch y Virgilio Díaz Grullón. La escritora es Hilma Contreras.

En Marrero Aristy tenemos a ese escritor que se acerca al “idioma” sonoro y popular del campesino dominicano a un casi exacto traslado gramatical de un fenómeno fónico, caracterizado (hasta hacerlo una regla de comunicación aceptada) por cambios de unas letras por otras, sincopas, arcaísmos, corrupciones del lenguaje y barbarismos. Y es que República Dominicana, por el año 1938, se hallaba pasando por un proceso de sociedad predominantemente campesino. La literatura debía tener, necesariamente, su punto de apoyo en el tipo de sociedad que éramos hace más de medio siglo.

En cuanto a Juan Bosch hay una preferencia por el cuento criollo, rural. Está el hecho que su primer libro de cuentos Camino real lo publicó en 1933; Dos pesos de agua en 1941; Ocho cuentos en 1947; luego, para el 1955 circularon dos libros más: La muchacha de la


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