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En la locura de diversas
muertes
O take my hand Walt Whitman! Such gliding wonders! Such sights and sounds! W. Whitman. Salut au monde!
Por Jacinto Gimbernard Pellerano
Sí. Como el extraordinario poeta norteamericano (1819-1892) en su conmovedor poema Salut au monde, percibo con saludable energía las fugaces maravillas del mundo (Such gliding wonders) y sus visiones y sonidos (such sigths and sounds). Como a él, me conmueve el dolor vital que aprieta tenazas al rojo vivo sobre tantos seres: mestizos del continente americano, negros arrancados al África y encadenados aún a un menosprecio que se disfraza; judíos, musulmanes y cristianos que todavía no entienden los fundamentos de su fe y mantienen distancias de odio; ricos incapaces de objetivizar la pesadumbre de la miseria y el peligro que para ellos representa la opresión de un nuevo tipo de esclavitud aparentemente concesiva y que se extiende a todos los pobres y débiles del mundo, sea cual sea el color de su piel. Tal vez blanca, aceitunada, amarilla o negra.
Me duele Haití. Me ha dolido desde siempre, intuitivamente, aún antes de saber el maltrato que recibían los mulatos haitianos de parte de los franceses. Alejo Carpentier, a quien conocí en París, contaba de horribles castigos, como el de meter la cocinera negra en el horno si había dejado sobrecocer la carne. James Layburn en su libro El pueblo haitiano refiere que cuando ciertos mulatos llegaban a la iglesia en Cabo Francés, llevando ropas de los mismos tejidos que usaban los blancos, los policías arrancaban las prendas de las espaldas de los negros, así fueran hombres o mujeres, dejándolos sin otro velo que su vergüenza. Cuando, tras la Revolución Francesa, las convicciones del mulato haitiano Santiago Ogé (educado en París) acerca de los derechos del hombre y el respeto a la dignidad humana sin discriminaciones lo movieron a iniciar la rebelión en Haití, lo secundaron el mulato Marcos Chavanne y un grupo que logró refugiarse momentáneamente en la colonia de Santo Domingo, pero fueron devueltos a Haití, donde la población quedó horrorizada ante el proceso de tortura y descuartizamiento. La situación empeoró grandemente en ese 1791. Corrieron ríos de sangre, cerca de dos mil blancos fueron asesinados, pero más de diez mil negros perecieron.
La historia de Haití me conmueve profundamente. Han pasado de un abusador a otro, de un criminal nativo a otro criminal nativo, de un cruel acomplejado como Dessalines, que se hace Emperador y viste a su corte al estilo francés, hasta un muchacho estúpido, Baby Doc Duvalier, que no se ocupa de su pueblo y sí de comprar los artículos más caros, incluyendo automóviles Masserati y Ferrari, que no tienen vías para circular en Port-au-Prince.
Ahora tienen a un ex-sacerdote, de quien es mejor no hablar. Pero ¿debemos o podemos hacernos cargo del conflicto descomunal de Haití?
No podemos. Ni debemos.
Estamos en un proceso en que los dominicanos más ricos se enriquecen más, mientras los nativos más pobres se hunden más, no sólo en la pobreza, sino, peor aún, en el asentamiento del mal vivir y en la terrible sospecha de que sólo a través del delito pueden elevarse por encima de sus precariedades que incluyen carencias tan esenciales como la del agua, la electricidad y la adecuada alimentación.
Para dar, primero es necesario tener.
Lo que sea. Pero tener.
Aquí, los dominicanos no tenemos mucho más que dudas, perplejidades y desconciertos.
No sabemos, a ciencia cierta, qué pasó con la electricidad.
No sabemos porqué no disponemos todos de agua potable, sino una minoría. ¡Qué vergüenza!
No sabemos porqué no existe una seguridad social medianamente efectiva.
No sabemos. No sabemos, porqué el empeño en unos Juegos Panamericanos en el 2003, cuando nuestros atletas viven miseriosamente. Como mucha gente aquí.
No sabemos qué se hace con todo ese dinero que pagamos en impuestos.
No sabemos por qué tenemos que hacernos cargo de Haití, cuando el pantano hediondo de las carencias más elementales nos pasa del cuello.
¿Cómo entender que la insensibilidad nacional llegue a extremos tales como para contratar (y armar) nacionales haitianos indocumentados con el propósito de pagar sueldos miseriosos mientras tantos dominicanos viven en la indigencia por no venderse a salarios de hambre y flagrante abuso?
Eso mientras otros, desesperados, meten su locura en una yola, que conduce hacia diversas muertes.
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