23 de julio de 2001 • Edición número 1,212
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Menoscal Reynoso

Luchas populares, violencia y delincuencia

La sociedad dominicana está siendo sacudida por una ola de acontecimientos sociales en los que diversas organizaciones comunitarias y grupos barriales protestan en contra de males tan ancestrales como es el problema del servicio energético.

Mientras eso sucede, la población observa a vándalos disfrazados que aprovechan la problemática nacional para delinquir e intranquilizar a los sectores más necesitados del país.

Queramos o no, son dos ámbitos que no siempre transitan abrazados, que es posible que anden en paralelas; en donde uno entra y sale de escenario llevando consigo el veneno, en tanto el otro lo acecha con recelos pero sin poder hacer gran cosa.

Los dos conocen del espacio histórico en que se encuentra el país; pero hay uno, el maligno, que se empeña en desvirtuar al otro con acciones descabelladas, sentando el pánico en las poblaciones más pobres.

Se grita por altavoces que la protesta es un derecho inalienable, consagrado no sólo en la Constitución de la República, sino además ganado a través de los años con la sangre derramada por muchos, cuestión que nadie cuestiona. Pero la delincuencia también la tipifican las leyes de todo el universo como criminal y se castiga con el peso que requieren las circunstancias.

Y delinque, no sólo el que, encapuchado o no, entorpece con terror el orden y la paz de la ciudadanía, quien destruye el vehículo o la propiedad que utiliza diariamente el humilde padre de familia para ganarse el sostén de los suyos, sino también el supuesto justiciero que quita la vida humana de forma alegre.

Y nunca habrá justificación para que un agente policial le arranque la vida a nadie, por más fichas que tenga como delincuente, aunque es bueno advertir que son pocos los casos en que jóvenes han muerto por esa vía y que las investigaciones hayan arrojado que tenían algún expediente criminal, sino que se ha tratado de estudiantes o humildes ciudadanos que sólo cargan encima la pena de haber nacido pobres.

Por todos los rincones de nuestra corta historia democrática se registran jornadas en reclamo de soluciones a problemas sociales, en un legítimo derecho ciudadano. Nadie niega ese derecho de la ciudadanía, pero en cualquier sociedad del mundo todo tiene sus límites.

La propia sociedad cubana –que es el modelo más a mano de los grupos progresistas- independientemente de su ideología, no permite cierto tipo de protesta, a riesgo de que le caiga el peso de las leyes de la Revolución.

Lo que no se puede negar es que el gran problema que tiene el movimiento organizado, llámese sindical, popular y hasta los propios partidos políticos, es la falta de control de quienes participan en sus actividades, especialmente en las protestas, lo que permite que muchos vándalos las aprovechen y dañen su esencia. Es más, no pocas veces elementos perversos se han atrincherado en el seno de esas entidades.

En lo que sí hay que estar claros es en que bajo ningún concepto se deben mezclar las luchas populares, que por demás está reiterar que sus reclamos son justos, con la violencia originada en las protestas, así como el vandalismo de grupos antisociales que muchas veces sus enfrentamientos se deben a disputas por el control de zonas de venta de drogas en algunos barrios.

Ahora bien, por más que quieran negarlo, detrás de muchas de esas escaramuzas que se dan en algunos sectores se esconden manos expertas, a las que se les han cerrado las válvulas con que contaban en el pasado reciente.

Por supuesto, esas finas manos tienen un cerebro que piensa y al que le importa un comino que uno, dos o sabe Dios cuántos infelices pierdan la vida en las refriegas, con tal de echarles muertos al gobierno. Y para ello hay recursos suficientes, hay dinero a borbotones.

Pero también hay que poner algo en claro, ni la violencia ni la delincuencia se han apoderado de la sociedad dominicana, como se quiere vender, lo que existen son protestas sociales a nivel sectorial, muy focalizadas, y a veces muy interesadas, que son aprovechadas para cometer actos delincuenciales.

Si de algo podemos estar orgullosos los dominicanos, como pueblo, es de que la delincuencia no ha hecho los estragos suscitados en otras naciones, porque cargamos con la dicha de que en nuestro país todavía la perversidad no se ha masificado y es un reducido grupo el que acude a actos que hasta los propios líderes populares reprochan.

Contrario a otros tiempos, la mayoría de las protestas - ¡cuidado si la totalidad!- han tenido su origen en los apagones, sobre todo en aquellos sectores en donde no se da ningún aporte para el suministro de energía eléctrica; no obstante, las autoridades del gobierno deben emplearse a fondo a fin de impedir que la situación se deteriore aún más y sea aprovechada por sectores interesados.



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