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La fuerza del espíritu
¿El gran logro del siglo XXI?
El caso es que hay una energía superior que hizo todo esto, que propició todo esto mediante una Creación evolutiva; mediante una energía básica, fundamental y primordial de la cual los científicos
Por Jacinto Gimbernard Pellerano
Se trata de un despite fenomenal. Un importante número de científicos vienen considerando como infamante ignorancia el reconocimiento de la existencia de una suprema energía primaria, aún misteriosa, que llamamos Dios como podríamos llamarla Ernesto, en alusión a aquel juego de palabras de Oscar Wilde en su obra teatral The importance of being Earnest, que Earnest y Ernest, teniendo igual sonido, significan diferentes cosas: Earnest, seriedad, dignidad, buen juicio; mientras Ernest es simplemente un nombre de varón.
El nombre no importa. La religión tampoco. Lo que cuenta es la verdad de la existencia de un Creador reverenciable, que ante nuestras ignorancias no es menos válido referirla al sol, como hicieron los incas desde la llegada de Manco Capac hijo del sol, su primer emperador y civilizador, según Garcilaso de la Vega-, creencia solar compartida por egipcios, japoneses y miembros de otras distantes culturas, como situarlo sentado en un trono sobre una nube. El caso es que hay una energía superior que hizo todo esto, que propició todo esto mediante una Creación evolutiva; mediante una energía básica, fundamental y primordial de la cual los científicos van encontrando sorprendentes usos. Unos buenos, otros malos.
Paul Kurtz, filósofo y director de The Skeptical Inquirer (El Inquisidor Escéptico) ha dicho que la creencia en lo paranormal es un problema de desinformación. Pero ¿qué es lo normal y qué es lo paranormal?
Por lo visto, normal es todo lo que pretendemos comprender y explicar, como el interior del átomo, los quarks, las ondas que trasladan imágenes y sonidos de un extremo a otro del mundo, el funcionamiento del cerebro, etc. Pero, ese mundo de funciones comprendidas o manejadas ya por el propósito humano funcionan ¿debido a qué, por una energía que hizo quién? Albert Einstein no se equivocó al advertir la presencia de Dios en esas realidades sorprendentes y, ni tardo ni perezoso ni cobarde, mortificó a muchos científicos atarantados en un escepticismo sin base, diciendo que Dios no juega a los dados con el Universo y también preguntando más que preguntándose: ¿Por qué esta magnífica tecnología científica, que ahorra trabajo y nos hace la vida más fácil, nos aporta tan poca felicidad? La respuesta es ésta: simplemente porque aún no hemos aprendido a usarla con tino.
Virgilio, el poeta latino que vivió un siglo antes de Cristo, decía: ¡Feliz el que ha llegado a conocer las causas de las cosas! Pero se iba muy lejos en cuanto a las posibilidades de lograr una felicidad, porque las causas de las cosas, a más de dos mil años de distancia de los tiempos del exquisito autor de La Eneida, siguen igualmente distantes, como la línea del horizonte. Que tal vez envuelve un símbolo y una enseñanza.
La última edición de la afamada revista Fortune, publicada como suplemento del periódico Hoy de Santo Domingo (7-7-01), nos habla de Dios y los negocios en un trabajo de Marc Gunther.
No se habla de Dios sino de espiritualidad en las novísimas actitudes empresariales estadounidenses.
Nada podría agradarle más al Creador. Ya que él no tiene nombre.
Hamilton Beazley, un antiguo ejecutivo empresarial que ahora es profesor de la Universidad George Washington, dice que la espiritualidad está confluyendo con las ideas más avanzadas sobre la gestión y conducta de las organizaciones, refiriéndose a las organizaciones comerciales y empresariales.
Existe un movimiento, digamos que intravenoso, intracerebral o positivamente trascendente, que está llamando la atención hacia la fuerza del espíritu.
Beazley dice que para él la espiritualidad "crea una organización que funciona a un nivel más alto.
¿Será la fuerza del espíritu el gran logro del siglo veintiuno?
Cada día estamos atrapados en una red de "necesidades provistas por artefactos que se modernizan y eficientizan de un día para otro y que cuestan un dinero cuya adquisición se torna cada vez más exigente en horas de labor y en intensidad de esfuerzo.
Trabajamos extenuantemente para poder adquirir cosas que no podemos disfrutar por el agotamiento mental y físico. La presión de una competencia dispuesta a dar más que uno (por lo menos en apariencia) obliga a esfuerzos que dejan un bagazo humano al fin del día.
Hemos estado avanzando hacia la anti-vida.
Bienvenido sea un cambio hacia los valores auténticos.
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