16 de julio de 2001 • Edición número 1,211
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Rafael Peralta Romero
Las voces y los ecos

Cómo me dan miedo
los encapuchados


Cubrirse el rostro para cometer determinada acción puede hacerse de diferentes maneras, pero siempre obedecerá a una sola intención: fuñir al otro preservando la identidad, por irresponsabilidad o cobardía.

Envolverse en la sombra de la noche es la más antigua y difundida forma de encapucharse. Desde la década pasada en nuestro país somos testigo de otra forma cobarde de actuar, que permite hacer (acciones nefastas, por supuesto) o deshacer (destruir bienes y sosiego) a pleno día.

En las últimas semanas hemos conocido del protagonismo de sujetos con el rostro cubierto dedicados a esparcir pavor entre la ciudadanía, con tanta suerte que nunca la Policía Nacional ha mostrado a uno de ellos capturado en el escenario de sus desmanes.

Un individuo puede comprar a crédito, por ejemplo, en una mueblería por la mañana y en la tarde encapucharse el rostro y apoyado en la batahola de una "jornada de protesta" optar por incendiarla.

Queman vehículos, saquean comercios y exhiben armas poderosas. Durante la "jornada de protesta" de Navarrete pudimos ver en el diario El Nacional la foto de uno de ellos durmiendo una siestecita para reponerse de su agitado trabajo.

Los encapuchados del bajo mundo resultan una expresión física o tangible de los encapuchados de aposento. Se les denomina "de aposento", pero en realidad actúan en salones confortables o en elegantes restaurantes.

Estos no se cubren el rostro, pero es como si tuvieran dos caras y las usan a conveniencia. Desde sus altas oficinas (altas por el número del piso) bosquejan acciones para incidir en la sociedad y en ocasiones torcer su rumbo. Ellos fungen a veces como agentes de perturbación social, aunque llevan camisas blancas y finas chaquetas.

Otra versión de los encapuchados la constituyen los periodistas -o quienes hacen de tales- que escriben con seudónimos. Un encapuchado de la prensa puede saludar a alguien con afecto, pedirle un favor y luego soltarle un bloque de veneno en un comentario apócrifo.

Esas columnas firmadas con seudónimo y publicadas bajo la irresponsabilidad de algún que otro director, han servido para tirar sustancias pestilentes sobre la honra de muchas personas e instituciones, de las cuales pueden hasta haberse beneficiado en algunas circunstancias.

La máscara ha sido un símbolo del teatro desde la antigüedad griega. Los actores usaron este aditamento al momento de desempeñar sus papeles, como si quisieran separar la persona real del personaje representado. Y la máscara viene asociada también a los disfraces. Es como un ser y no ser, nadar sin mojar la ropa.

La política cuenta con alto ingrediente de teatro, de poses de actuación, por eso a muchos políticos acomoda el bolero La Cuarenta que en alguna parte reza "Aprendí que en la vida, hay que llorar si otro llora y si la murga se ríe uno se debe reír".

En la tristemente recordada época de los doce años un hombre de pocas letras y gran agudeza decía allá en el lejano Miches, que no visitaba la Capital "porque hay muchos desconocidos". El oía los noticieros que con frecuencia informaban que "Desconocidos mataron hoy...."

Los encapuchados pretenden ser "desconocidos", actuar a su modo y guardar la identidad. Es lo mismo que una impunidad premeditada, en la que se solaza el sujeto.

La Policía Nacional, a pesar de lo efectiva en otros casos, no ha demostrado similar suficiencia cuando se trata de estos sujetos que se enseñorean de las calles y nunca son apresados.

En la zona universitaria, donde los vi por primera vez, estos individuos se burlan de la Policía y de las autoridades académicas que en los últimos años han mostrado esfuerzos por erradicar el vandalismo en la Universidad estatal. Algunos revoltosos han sido extirpados de la academia, pero los encapuchados siempre salen exitosos.

Su indumentaria les permite quemar, destruir y amedrentar y al final de la jornada quizás pronunciarse contra el caos. Los encapuchados actúan siempre creyendo que no serán identificados. Eso les eleva el ánimo, les envalentona.

Algún rumor ha relacionado a los encapuchados con señores de la política y el dinero, los cuales no son "desconocidos" pero en esa faceta no han sido identificados. Como el dios Jano, tienen dos caras.

La capucha sirve no solamente para acciones amparadas en motivos políticos o de lucha popular. Ya se conocen de actos atribuidos a encapuchados cuyo matiz remite a otra tipificación. Agentes destructores por encargo, puede ser una.

Los dominicanos no podemos permitir el predominio del terror. Las autoridades, los medios de comunicación y la sociedad civil, que tantas atribuciones reclama, tienen que actuar unidas para impedir las pretensiones de grupos irresponsables a los que poco importa la paz social.

Por nada puede permitirse que nuestras calles sean tomadas por bandoleros y mucho menos con el rostro cubierto. Cómo me dan miedo los encapuchados, actúan creyendo que no serán identificados y su intención es funesta.




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