16 de junio de 2001 • Edición número 1,211
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Rosa Montero

La memoria es
un cazador solitario

Qué extrañísima cosa es la memoria; como la mía es muy mala, a veces la percibo como una especie de enemigo interior, como un caprichoso escriba que decide anotar lo que le viene en gana, tal vez una nimiedad, y tirar por la borda recuerdos importantes, hechos sustanciales que desaparecen engullidos por la oscuridad. A los desmemoriados como yo nos asustan esos impenetrables lagos de tinieblas, el pantano de amnesia en donde desaparece lo vivido. No recordar es como no ser.

Por eso siempre he envidiado a aquellos concienzudos memoriosos que escriben unas autobiografías llenas de detalles. Acabo de leer, por ejemplo, la de Carson McCullers, Iluminación y fulgor nocturno (Seix Barral), y la magnífica escritora sureña dice que, a los cinco años, desayunaban todos los días miel Tupelo e higos maduros y pelados que ella cubría con montones de crema. Que se acuerde de la maldita miel Tupelo de sus cinco años me parece un exceso neuronal, sinceramente. Claro que también puede ser una escena imaginaria. La memoria, además de caprichosa, es una gran fabuladora. Todos somos inventores de nuestra propia historia; escribimos y alteramos nuestro pasado del mismo modo que los novelistas inventan a un personaje. Somos una pura creación.

Los científicos llevan bastante tiempo cartografiando nuestro cerebro. Sofisticados métodos de medición permiten distinguir qué zonas de la materia gris se activan con según qué funciones. Hace poco dictaminaron, por ejemplo, que el yo caía más o menos por detrás de la ceja derecha (el lugar en el que apoyan su puño los pensadores, supongo yo, esto es, supone mi ceja). También localizaron, hace ya años, la zona de los recuerdos. Los reportajes que explicaban el asunto incluían una foto maravillosa; la tengo ahora ante mí, porque guardé el recorte: es un cerebro que flota en la oscuridad y que está iluminado por fulgores eléctricos. Esos estallidos de luz son la memoria: un chisporroteo de sinapsis en donde se almacena nuestra vida y por consiguiente nuestra identidad.

La memoria es impresionista: el pasado se ofrece en escenas aisladas, descompuestas, a menudo carentes de sentido. Recuerdo a la perfección, por ejemplo, un trayecto con mi primer coche, un Mehari de quinta mano, por la Casa de Campo de Madrid. Fue en el mes de junio; era por la mañana, todavía temprano, pero ya empezaba a insinuarse el calor entre los desgastados restos del frescor nocturno. Yo iba a trabajar a televisión; el aire olía a verano y la música del coche ensordecía. Hace 30 años de todo esto. Creo que podría describir hasta la ropa que llevaba puesta. Es una de las reminiscencias más exactas que habitan (que encienden) mi cabeza, y en apariencia es totalmente irrelevante. Debí de hacer ese trayecto, u otros semejantes, innumerables veces, pero sólo se me ha quedado grabada esa ocasión.

Esas iluminaciones rotas y esos fulgores componen el conmovedor libro autobiográfico de Carson McCullers. Carson es una escritora de una potencia extraordinaria; nacida en 1917 en Georgia, en el profundo Sur de Estados Unidos, publicó a los 23 años “El corazón es un cazador solitario”, una novela maravillosa que la catapultó a la fama. Era jovencísima, muy linda (con una rara, desolada carita de roedor), estaba recién casada con Reeves, un chico de su edad al que ella encontraba arrebatador, y la vida parecía ofrecerse ante ella como un enorme caramelo envuelto en crujientes papeles de colores. Pero al año siguiente, en 1941, comenzó la desgracia: McCullers padeció su primer ataque cerebral, causado por unas fiebres reumáticas infantiles que no habían sido bien diagnosticadas. Durante cierto tiempo no pudo ver bien y sufrió unas jaquecas torturantes; además, Reeves empezó a beber (y ella también). El matrimonio se rompió, pero Reeves, alcoholizado y depresivo, regresó con Carson tras la Segunda Guerra Mundial y volvieron a casarse. En 1953 el hombre intentó convencerla para que se suicidara con él; pero no lo consiguió, de modo que Reeves se mató en un hotel de París en solitario.

Mientras tanto, Carson se iba deshaciendo por su cuenta. El alcohol no mejoró su deteriorada salud: en 1947 padeció otras dos embolias cerebrales que dañaron su vista y le provocaron una parálisis permanente del costado izquierdo: a partir de entonces sufrió constantes dolores y tuvo que llevar muletas. Las sucesivas fotos de la escritora van evidenciando un estremecedor trayecto hacia el deterioro. El último ataque, en 1967, la mató. Llevaba ya mucho tiempo totalmente impedida. Tenía tan sólo 50 años.

Si el libro de memorias de Carson resulta conmovedor y emocionante es porque logra atrapar esas briznas de luz de un tiempo aún inocente, de cuando McCullers aún no conocía todos los dolores que estaban por venir, las pérdidas, el horror, la invalidez permanente desde los 30 años. “Yo anhelaba una sola cosa: irme de Columbus (su pueblo natal) y dejar huella en el mundo”, dice Carson en su libro, dictado pocas semanas antes de morir. Sus páginas están impregnadas de los poderosos deseos de la adolescencia, de la fuerza de la vida.

Todos guardamos pequeños paraísos en la memoria, recuerdos que deben de centellear con especial luminosidad dentro de nuestro cráneo. ¿Y por qué recordamos determinadas situaciones y no otras? Tal vez permanezcan en la memoria, pienso ahora, si mientras las vivimos conseguimos anular el tiempo. La memoria que perdura quizá sólo sea eso: una pequeña suspensión temporal, un destello de luz y eternidad entre la oscuridad que nos empuja y la oscuridad que nos acecha.



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