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16 de julio de 2001 • Edición número 1,211
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Crónica de un secuestro planificado

El empresario arrocero Miguel De Moya estuvo secuestrado durante 32 horas y por el rescate su familia tuvo que pagar la suma de tres millones de pesos

Por Enilda Torres

Los secuestradores llevaban seis meses detrás de su presa, del cual tenían todos los datos y conocían de sus actividades cotidianas. Ese día, sin imaginarlo, Miguel De Moya se levantó a la misma hora que de costumbre. Era domingo primero de julio y como siempre acudió a dar una vuelta por su finca y factoría ubicadas en Rincón, La Vega, un pequeño campito localizado a varios kilómetros de la ciudad.


Miguel De Moya
El día se pintaba agitado para el empresario, a pesar de ser un domingo. Luego que concluyó su inspección de la finca se dirigió a la ciudad, hizo varias diligencias y aprovechó para almorzar. Eran aproximadamente las tres de la tarde cuando recibió una llamada de una colega empresaria de Bonao que quería coordinar unos asuntos con él y decide ir hasta allá. Cuando iba por la planta de Indolac en La Vega se detiene para pensar si continúa la ruta o no, ya que sentía cansancio y sueño, entonces es que intenta llamar al chofer de su camión que había salido desde Santo Domingo para que éste se detuviese en Bonao y resolviera el problemita con la empresaria arrocera. El sueño le sigue agobiando y decide detener su yipeta en un paseo de la autopista Duarte porque la señal de la comunicación no era muy buena. Mientras intenta la comunicación distrae la mirada y se encierra en sí mismo, es en ese momento cuando despierta de su letargo por los golpes que daban abruptamente en las ventanas de su auto varios hombres portando armas largas y revólveres.

“Somos policías, abra la puerta”, le gritó uno de ellos, a lo que Miguel De Moya, ensimismado y sorprendido le responde: “Pero yo no soy delincuente…”. “Que abra la puerta”, vuelven y le repiten, situación que lo llevó a acceder a los reclamos de sus acosadores.

Quitó el seguro de las puertas y casi en un cerrar y abrir de ojos los desconocidos penetraron a su auto, pero antes lanzaron un pedazo de tela sobre su rostro y le dijeron casi al unísono: “Esto es un secuestro y lo mejor es que se quede tranquilo, porque de lo contrario lo matamos”. Eran las 4:30 de la tarde, aproximadamente. El nunca imaginó que a esa hora en plena autopista Duarte le acechaba el peligro. A partir de ese momento comenzó el vía crucis que tardó 32 horas hasta su desenlace.

Los hombres, a quienes nunca pudo ver sus rostros y ni siquiera saber a ciencia cierta cuántos eran, lo llevaron al asiento de atrás donde lo esposaron y le colocaron un vendaje en los ojos, luego le envolvieron el rostro con la tela. Desde ese momento pasó a vivir en un mundo oscuro, donde la noche se confundió con el día.

Los secuestradores tomaron el volante y empezaron a correr. Pasaron unas seis horas y el vehículo no se detuvo.

“Usted es un hombre muy difícil, porque nosotros tenemos seis meses tratando de atraparlo y se nos ha escapado, pero mira qué fácil nos lo puso Dios, como un pajarito ”, dijo uno de los atracadores a De Moya. “Tenemos todos sus datos y los de su hermano y socio, Pablo De Moya, así que vamos a llamarlo porque queremos diez millones de pesos por su rescate, nosotros hemos gastado demasiado dinero tratando de ubicarlo”, dijo otro.

En una posición fetal, vendado y un tanto atemorizado, el secuestrado le contestó: “Es imposible dar esa cantidad, porque no la tengo, así que vamos a negociar”.

“Ah, y ese dinero lo queremos mañana (lunes) antes de las nueve”. "Es imposible también, porque los bancos no están abiertos a esa hora”, le ripostó De Moya, al tiempo que agregó: “Vamos a negociar…”

El intercambio de expresiones continuó hasta que finalmente los secuestradores aceptaron recibir la suma de tres millones de pesos.

“Nosotros no somos gente de chucherías…”. Al momento del secuestro lo habían despojado del reloj y su anillo de compromiso, prendas que le devolvieron luego.

UNA LARGA ESPERA
La yipeta comenzó a correr. Adentro se hablaba poco y de lo que se hablaba también participaba el secuestrado. Pasadas unas seis horas el vehículo se detuvo. De Moya fue sacado del auto y mudado a otro, que de acuerdo a su percepción era más pequeño que el suyo. En ese vehículo continuaron la marcha hasta que varias horas después se detuvieron en un lugar donde concluyeron la negociación. Se hicieron varias llamadas por su celular y se conversó con su socio y familiares. Mientras esto acontecía a Miguel De Moya lo mantenían en la misma posición y la punta del arma rozándole el cuello.

Durante las conversaciones sostenidas los secuestradores les manifestaron a los familiares y a otros empresarios arroceros que se solidarizaron con el caso que los conocían a todos, así como su modo operandi. Concluidas las negociaciones, De Moya fue sacado del vehículo que ocupaban él y sus secuestradores y mudado a otro donde pernoctó desafiando el calor, los mosquitos, la tensión y tortura sicológica ante expresiones como "Si no cumplen te vamos a matar, si avisan a la Policía te vamos a matar, si te mueves mucho te vamos a matar...". Era el lunes 2 de julio y por el ruido que se desprendía del lugar supuso que estaba a la orilla del mar. Un sol candente calentaba la zona.

Después de una larga espera y discusiones entre los secuestradores, los familiares y amigos del empresario sobre cómo se realizaría la entrega del dinero del rescate y la manera cómo liberarían a su rehén, decidieron esperar y dar más tiempo. Los hombres comunicaron a Pablo De Moya que tenían que confiar en ellos y que se trataba de un pacto. Eran cerca de las 3:15 de la tarde cuando se efectuó la última llamada en la que se comunicaba que el dinero estaba listo y que iba a ser enviado con un chofer, a lo que los secuestradores se opusieron en un primer momento y exigieron que lo hiciera Pablo De Moya. La discusión se da de nuevo y finalmente se llega al acuerdo de que un chofer lo entregaría.

Los hombres recibieron las instrucciones de la forma cómo recibirían el botín. Fue en ese momento cuando decidieron separarse, dos se quedaron con el rehén y los demás salieron a buscar el dinero. Las horas comenzaron a transcurrir y Miguel De Moya fue nuevamente llevado hasta su vehículo, el cual se movilizó por unos minutos. Los secuestradores se violentaron y gritaron palabras obscenas. En ese preciso momento se realizaba la entrega de los tres millones de pesos.
“Nos han tendido una emboscada, la Policía está tras nosotros”, gritó uno de ellos. “Vamos a matar a este hombre y terminemos de una buena vez con esta vaina”, gritó otro, al tiempo que abrió abruptamente la puerta de la yipeta y le colocó el arma en el cuello. Otro de los secuestradores, en tanto, tomó el celular y llamó a Pablo De Moya, a quien insultó por haberle supuestamente tendido una trampa, ya que dos de sus compañeros no habían regresado.

En ese momento un frío inmenso recorrió el cuerpo del secuestrado. Pensó que su final estaba cerca. Bajó la cabeza y pidió a Dios que le perdonara por los pecados que había cometido y rezó por la protección de su familia. Mientras se entregaba a la voluntad de Dios, una voz se oyó a lo lejos: “Dejen ese hombre y vamos a contá lo maldito cuarto eto”.

El más astuto inició el conteo de los billetes y al concluir vuelve y se enfurece: “Faltan cien mil”, dice. Otra llamada y se les explica que cuenten bien porque el dinero estaba completo. A todo esto los secuestradores exigen a Pablo De Moya que le informe a la Policía que despeje el área, porque si le pasaba algo a sus compañeros Miguel De Moya era hombre muerto y el culpable iba a ser él. Un intercambio de palabras se produce entre el empresario secuestrados y los secuestradores: “Yo exijo que ustedes cumplan con su palabra. Ya tienen el dinero que se les prometió, yo soy un hombre de palabra, de pelo en bigote, ahora déjenme libre”. Después de discutir por varios minutos, los hombres decidieron subir a la yipeta con el rehén y arrancaron a una alta velocidad. Bajaron los cristales, se prepararon para un combate y se dio la orden de que si se avistaba a la Policía que dispararan. Unos 45 minutos después alguien dio la voz de alarma de que la Policía estaba cerca y otro gritó que abrieran fuego contra ellos. Los tiros de cuatro o cinco armas comenzaron a sonar. (Miguel De Moya se enteró luego de que el tiroteo había sido en Dajabón, donde resultó un policía herido. La yipeta también recibió un impacto de bala en uno de los cristales).

Pasados unos minutos, vuelve la tranquilidad. Los hombres le comunican a De Moya que su secuestro es un negocio, que no hay nada personal y que ellos no buscan chucherías. Le devolvieron las prendas, le echaron mil pesos en los bolsillos y le preguntaron cuántos kilómetros recorría la yipeta en la reserva. Eran las 11:00 de la noche.
Media hora más tarde los secuestradores le comunicaron que lo iban a dejar libre, pero que él tenía que seguir la ruta indicada sin mirar atrás. La yipeta se detuvo abruptamente, le quitaron las esposas y todos al mismo tiempo abandonaron el vehículo.

Una leve sensación lo invadió. No sabía si estaba realmente libre o si al salir del vehículo lo esperaría la muerte.

Finalmente decidió moverse y se despegó las vendas de los ojos. Su cuerpo parecía desfallecer. Por unos instantes su vista se nubló. Estaba en tinieblas. No alcanza a ver luces por ningún lado, hasta que comenzó a escuchar el ruido de una motocicleta a cuyo conductor le pidió lo condujera hasta una bomba para echar gasoil. Por información de éste, Miguel De Moya supo que estaba en Dajabón. Pero para sorpresa suya cuando arrancó se dio cuenta de que un vehículo lo seguía a una larga distancia. Al tomar la ruta hacia Montecristi el vehículo tomó otro rumbo. Se detuvo en un tarantín del pueblo donde tomó una botella de agua y medio refresco rojo para mejorar los niveles de su azúcar. Camino al destacamento de la Policía, donde minutos después llegó el general Bencosme Candelier con un grupo de oficiales, recibió una llamada de su hijo Miguel, a quien le comunicó que estaba libre. Más tarde pudo entablar nueva vez la comunicación con su hijo que iba en ruta hacia allá y con su esposa y demás familiares, quienes comenzaban a respirar y a dar gracias a Dios por devolverle a su pariente vivo y sano.


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