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Educación, conducta y límites
Por Jacinto Gimbernard Pellerano
Lo noté por primera vez hace unos treinta años. Los pasajeros dominicanos que habían abordado con una euforia de desorden aquel avión en el aeropuerto de la capital, a la cual se le había restaurado el nombre de Santo Domingo en noviembre del 61, habían mantenido su algarabía y desenfadada tremolina durante todo el vuelo hasta territorio norteamericano. A punto de aterrizar, sonó la voz agria y pedregosa del capitán de la aeronave ordenando quietud y silencio. La multitud alborotada se encogió en sus asientos, callada e inmóvil.
Desembarcamos ordenadamente, y la fila que avanzaba con lentitud hacia donde estaban los hoscos inspectores de inmigración, encastillados en sus cubículos, era torpe pero impecable. Parecía otra gente, sin nada que ver con los turbulentos personajes que infernalizaron el vuelo. Si uno pisó la línea amarilla que delimitaba el punto hasta el cual podía llegar el primero de la fila, una simple mirada fría y despectiva, lo hacía retroceder al punto permitido. El silencio sólo se rompía por inusitados comentarios breves en voz baja. Yo estaba poco menos que atónito.
¿Por qué tal cambio? La respuesta me llegó como un rayo. Se trataba del orden, de la disciplina asentada que ya sólo requería de sutilezas para mantener la represión que conduce al buen desempeño en sociedad. Pensé que si hubiéramos estado en nuestro país, la mirada desaprobatoria de un oficial de inmigración o de cualquier autoridad que no estuviese preludiando una violencia física, hubiera tenido por respuesta un vocerío basado en que ¡ya la dictadura se acabó!", que es el manto hediondo que cubre la idea de que todo el mundo tiene derecho a ser impertinente, maleducado y díscolo.
Hoy, a más de cuarenta años de ultimada la dictadura del Generalísimo (que lo era, porque fue general de generales) seguimos recostados en la inconducta, una vez borrado el orden represivo del dictador, forzado éste sin un proceso educativo que enseñara las conveniencias de la disciplina externa e interna.
Aún pagamos el precio de la ausencia de una política inteligente y verdaderamente patriótica en las décadas del dictador.
Se ha dicho que lo que la escultura es para el mármol, lo es la educación para el espíritu.
Otto von Bismarck, el hábil estadista prusiano (1815-1898), Canciller del Reich, fiel creyente en una política autoritaria que lo llevó a enfrentar a los católicos con el Kulturkampf (lucha cultural) y a los socialdemócratas con un acercamiento al proletariado a través de un socialismo de Estado oportunista, afirmaba dentro de sus criterios absolutamente utilitaristas que "La nación que posee más escuelas, posee el futuro". Con esto quiero señalar que el énfasis en la educación no está basado en idealismos improductivos, en sueños románticos de una Arcadia, aquella región de la parte central del Peloponeso, en Grecia, que la tradición poética convirtió en un país idílico.
No se trata de quimeras ni desbordados idealismos. Primero que nada, porque yo no creo que se puedan "fabricar" seres humanos, como más o menos creyeron no hace mucho los conductistas, y todavía aparecen ilusos que sobre importanizan el valor educativo del ejemplo, cuando, en verdad, unas veces funciona y otras veces no.
En la revista que posiblemente tenga la mayor tirada en el mundo, Selecciones del Reader's Digest (más de 25 millones de ejemplares en 19 idiomas), se lee en la edición española correspondiente a julio del 2001, un titular de portada: "Eduque angelitos, no diablitos". En la revista siempre se basan en opiniones de expertos provenientes de respetadas universidades, pero dicen unos disparates "que tirita Cristo".
Dicen: El ejemplo es infaliblemente efectivo. Sólo hay que delimitar claramente lo que es correcto y lo que no lo es. "Si realiza usted una labor voluntaria acompañado de sus hijos, más tarde ellos lo imitarán" afirma un director del Comité de Salud Familiar. "Si usted se lastima un dedo por accidente y suelta una palabrota ¿qué cree que va a decir su hijo cuando a él le pase lo mismo?" -insiste el señor director.
"Elogie los comportamientos que desea fomentar", pontifica una psicóloga infantil de Chicago.
Así dan muchísimos consejos que, si bien son buenos, no son infalibles.
¿Cuántas veces el mal ejemplo de los progenitores no induce a la conducta opuesta? ¿Cuántos hijos, criados entre vulgaridades, maldiciones y malos ejemplos, no desarrollaron una conducta rechazante de tales maneras?
Hace años, cuando publicaba en el Listín Diario mi ensayo "Acción y Presencia del Mal, discrepando de B.F. Skinner y su conductismo, usé un epígrafe de Allen Wheelis: "Lo que destruye el argumento de los conductistas no son las evidencias ordenadas para demostrar que somos controlables por el ambiente -lo cual es totalmente convincente- sino el uso de tal evidencia para negar la libertad. Ser producto de un condicionamiento y ser libre de cambiar, no hacen la guerra lo uno con lo otro" (How People Change, Harper & Row, New York, 1973).
Existe un gran misterio en la individualidad. Cada humano es único.
Lamentablemente, lo negativo tiene un peso mayor que lo positivo dentro de ciertas áreas y proporciones.
Debemos dar buenos ejemplos a nuestros hijos y a la sociedad, pero no creer que ese ejemplo va a fructificar necesariamente. Sin embargo, tenemos el deber de educar de la mejor manera posible. De la manera más penetrante y más honesta posible.
Es hasta ahí donde podemos llegar.
Pero estamos obligados a educar bien.
Sin creer que estamos fabricando un ser humano.
Sólo contribuyendo a que sea lo mejor posible.
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