Las causas de la violencia
que afecta a la sociedad dominicana
Violencia doméstica, actos vandálicos, asaltos, asesinatos, motines carcelarios, protestas callejeras, secuestros. Los hechos violentos se han instalado en el día a día de los dominicanos. Las soluciones son estructurales y los remedios que se han propuesto hasta la fecha son cunyugales.
Por Pedro Canó
Hay aspectos tan aparentemente disociados entre sí, como los niveles de empleo y las políticas sectorizadas de seguridad, que guardan relación directa con las situaciones de violencia. Desafortunadamente los gestores de las políticas atienden apenas a unos pocos elementos, no a la trama completa, y los esfuerzos oficiales y de las poblaciones afectadas no logran al final sino reproducir el contexto de violencia que sufrimos todos.
En los orígenes de la violencia se encuentran las condiciones de desarraigo en que se encuentra la mayoría de la población. Una de las expresiones de ese desarraigo la constituye el grave problema del desempleo que agobia a la población. Desempleo y subempleo son dos facetas de un mismo continuo que revela las condiciones y expectativas de la economía dominicana como sistema incapaz de brindar oportunidades dignas a todos los dominicanos.
Además, el asalto de las drogas narcóticas a los barrios, con su ilusoria estrategia de progreso, con su secuela de sangre en la lucha por las plazas de venta. Para combatir ese asalto se ha planteado una lucha antinarcóticos desvinculada de la realidad social de los lugares donde opera, que no son el universo de consumo y comercialización.
En el imaginario de gran parte de los dominicanos, entre quienes se incluye buena parte de los gestores de las políticas social y de seguridad, la violencia que siempre es la de los otros, no la propia- se combate con la fuerza pública, con la acción policial, en suma, con la violencia. Al final, como los hechos han ido demostrando, sólo se consigue golpear sin programa, actuar sin plan, herir y crear más resentimiento.
Construcción social de la violencia
Construcción social es el proceso de interacción por el cual se forman las ideas o representaciones. De esta manera, la noción de violencia es una construcción social. La construcción social de lo que es la violencia abre una perspectiva de la realidad que opera y permite operar sobre ella.
La construcción social de la violencia es el resultado de la interacción y conflictos entre diferentes grupos sociales, así como de visiones del mundo, de tomas de posición. Esta multiplicidad de factores incide sobre la manera en que se aprecian los fenómenos de la violencia en sus expresiones privadas, esto es, en el interior de las casas o entre dos personas, y pública, que se refiere a los hechos que se han escenificado y siguen dándose en los barrios y en las comunidades rurales.
El mundo se interpreta en función de construcciones propias del sentido común cuyo origen es, en gran parte, social. En lo social, a su vez, se encuentran todas las formas de poder capaces de influenciar el sentido común, que van desde los medios de comunicación hasta la escuela, sin olvidar los organismos castrenses.
De esta construcción se parte para estigmatizar la violencia y, en el caso dominicano, particularmente cuando se habla de violencia callejera, violencia relacionada con drogas y delincuencia común, relacionarla con la pobreza y construir, de esa manera, la criminalización de la pobreza.
No hay rodeo en tal estigmatización. Es la vía directa, aparentemente, pero es una que no ha arrojado beneficios, sino complicado la madeja para todos los actores, salvo los que viven de la violencia.
Violencia y desempleo
Se toma como verdad irrebatible que la democracia, como sistema de gobierno, se ha fortalecido en los últimos años en el hemisferio. Sin embargo, el proyecto que es la democracia, ese hacerse cotidianamente, no logra beneficiar a la sociedad entera. El crecimiento económico se produce a expensas de esa entidad amorfa, evasiva, que se ha llamado justicia social.
El desempleo, que se incluye en el conjunto de condiciones que conforman la evasiva entidad, es una de las expresiones más escandalosas de la realidad actual en la República Dominicana, y una que apuntala la violencia en las zonas marginadas, en la topografía social completa.
El análisis instrumentalista de la economía y de la existencia social que parece primar entre legos y peritos hoy día- ignora que el ser humano no adquiere su condición únicamente por su existencia biológica; es decir, no se toma en cuenta que el cuerpo anatómico se humaniza en tanto adquiere una identidad, que se construye a través de la cultura donde se arraiga. En ese recorrido de lo biológico a lo social, el ser humano adquiere consciencia de sí mismo y de los demás. El lugar que ocupa una persona en su medio social es un elemento determinante de su constitución; cuando no hay un lugar, un puesto, un rol activo, se da lugar al desarraigo.
El desempleo implica quedar fuera, al margen de las posibilidades, no sólo del progreso o la mera sobrevivencia, sino de la propia inserción social, en la medida en que la improductividad en una sociedad que hace de la eficiencia y la capacidad de consumo valores de reconocimiento- estigmatiza a quien no trabaja como alguien que ha "fallado", que no ha logrado el éxito, que no responde de manera satisfactoria a los mandatos culturales.
El desempleo provoca un incremento constante de la ansiedad, dificultades a nivel familiar con un bajo nivel de tolerancia y aumento de la agresión, incremento del consumo de alcohol y/o psicofármacos, y un paulatino estado depresivo acompañado por lo general de temor a la catástrofe y diversas manifestaciones psicosomáticas que, a su vez, afectan los presupuestos de salud pública y de seguridad.
La situación repercute a nivel familiar con las consecuentes dificultades de pareja y trastornos de conducta en los hijos. Los psiquiatras asocian los estados de ansiedad con la comisión de delitos y el abuso de narcóticos. Un callejón sin salida.
Cuando el desempleo va asociado a la pobreza el sujeto enfrenta situaciones humillantes que conducen a la mendicidad o la delincuencia, desde el robo hasta el tráfico de drogas.
No es posible exigir paz y respeto donde hay hambre, donde falta lo elemental, donde no es posible ganarse el pan dignamente. Las explosiones se pueden postergar, pero no erradicarse. Las soluciones coyunturales no hacen sino lo primero, pero la operación sobre la estructura de manejo de los asuntos públicos y privados de cara al empleo son, así parece, la única solución posible al dilema de pagar o pegar.
Drogas y violencia
Se ha ilustrado más de un caso de luchas entre bandas y problemas de drogas entiéndase bien de tráfico de drogas-. Es innegable que existe tal relación.
La lucha por las plazas de venta ha logrado confinar a más de un barrio o población. Nadie se salva de la ira de los traficantes, como tampoco de las autoridades que -las denuncias son reiteradas- se mezclan con la turba en su afán de lucro.
Un proceso en pleno aumento, el aumento del consumo acompaña directamente la onda de violencia. La OPS publicó un documento en que plantea que "el consumo de tabaco y alcohol entre los jóvenes estudiados se encuentra ligado al consumo de sustancias químicas entre los padres. Estos grupos ingresan en un círculo vicioso en el que la dependencia química y la pobreza llevan a la delincuencia, la prostitución y otras conductas antisociales".
Se trata, aparentemente, de un círculo que incluye a todo el grupo familiar y, más que eso, a todo el universo de los pobladores de los barrios y, dados los patrones de movilidad social que rigen en este contexto, a toda la sociedad.
La impunidad participativa
En la década de los ochenta, Juan Bosch alertaba ya sobre la que llamaba perniciosa costumbre de publicar en primera plana de los medios de comunicación las noticias sobre crímenes horrendos o hechos de sangre. Esa práctica, se lamentaba el político y cientista social, alimentaba el morbo de las masas y alentaba a los violentos.
Talvez veinte años después las imágenes que Bosch detestaba son la muestra común en las portadas y el tema obligado de los medios.
Pero no sólo aparece en las portadas el crimen retratado, o sus consecuencias, sino que hay la tendencia de la gente a no denunciar la comisión de actos violentos. Esta tendencia atiza el fuego de la violencia toda vez que le brinda el pabilo de la impunidad.
No hay cifras confiables sobre el número de casos no denunciados que se dan en la República Dominicana, pero en México, donde la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) realizó una investigación al respecto, el 70 por ciento de las víctimas de algún delito no lo denuncia por temor a represalias o porque considera corrupta a la policía o porque cree que pierde su tiempo.
La llaga está abierta, pero pocos entre los de a pie y entre los que viven en el lujo- se sienten en capacidad de actuar en el combate del crimen con la ley.
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