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Reformas constitucionales:
la fiebre en la sábana
Por Jacinto Gimbernard Pellerano
Por supuesto. Con el paso del tiempo, que de acuerdo a San Agustín en sus Confesiones no es uno, sino tres: presente de las cosas pasadas, presente de las cosas presentes y presente de las futuras, con el paso del tiempo repito- es necesario efectuar reajustes. Hay que modificar legislaciones, acomodarse a nuevos hábitos y permisividades, darle marco legal a lo nuevo que supuestamente significa mejoría, aclaración y beneficio moral.
¡Estamos en el siglo XXI!
¿Cómo puede soslayarse el requerimiento de que se efectúen cambios en la Constitución de la República?
Pero uno se pregunta, desconcertado, atarantado y confuso, ¿para qué reformar lo que no se obedece, cuando lo que hay que reformar es la obediencia?
Hay quienes, con la mejor y más sana intención, proponen reformas constitucionales que modifiquen el Himno Nacional, cambiando Quisqueyanos por Dominicanos. También que al artículo quinto de nuestra Constitución se le agregue el nombre de Hispaniola al de Santo Domingo, para determinar cómo se llama nuestro territorio, -que por cierto no ocupa media isla como insisten algunos, sino dos terceras partes.
Santo Domingo es válido hasta para los franceses que se referían a la isla de Saint Domingue (San Dománg) y no a Haití. No me ha caído nunca en las manos un documento respetable que hable de la Isla de Haití a secas.
¡Por Dios! Dejemos a Santo Domingo quieto y solitario, sin referencias al buen humanista y escritor italiano, preceptor de los pajes de Isabel la Católica, Pietro Mártire dAnghiera, con su nombre castellanizado en Pedro Mártir de Anglería, quien, aunque asistió a la guerra de Granada y tuvo contactos con su compatriota Cristóforo Colombo, nunca anduvo por estas nuevas tierras y sin embargo escribió en 1510 su obra De Orbe Novo, en latín, y allí llamó a lo que su amigo Colón designó Isla Española, como Hispaniola.
Lo hizo bastante bien si estaba escribiendo en latín para consumo europeo.
Me parece que lo primero, antes de modificar la Constitución, es hacerla respetar. Si se quiere, como un pedazo de papel, pero respetable y sagrado.
¿No es la Biblia un montón de papel? ¿No son pedazos de papel todas las más extraordinarias creaciones del intelecto, los sentidos, los sentimientos y todo lo trascendente del ser humano?
No osaría yo oponerme a cambios en nuestra Constitución si la respetáramos. Si también respetáramos las leyes vigentes.
¿No es clara la Constitución en cuanto a los derechos del ciudadano?
¿Y no sucede que la Policía, obedeciendo órdenes dicen los ejecutores- irrumpe en una vivienda sin apoyo legal, ni moral, aterroriza, apresa y golpea a quien encuentra, y no pasa nada? ¿No se maltratan y encarcelan cuando no se matan- ciudadanos por la simple sospecha de que eventualmente puedan participar en una huelga, pacífica o no, o en una protesta contra desatinos gubernamentales?
Es eso lo que hay que arreglar.
Por otra parte, el desorden es más contagioso que la viruela.
Evidentemente faltan señalizaciones hasta en la capital, pero donde las hay nadie las respeta, ni las mismas autoridades. ¿Parece una tontería? Pues no lo es. La disciplina que tanto admiramos cuando viajamos a ciudades con larga trayectoria organizativa es consecuencia de una imposición drástica de la ley. Cuando cesa o se debilita tal imposición el orden público se enferma, y quienes no tiraban la envoltura de un caramelo en una gran avenida porque la vigilancia policial deslizada a la actitud de los ciudadanos lo reprobaba, hoy, tras décadas de civilizada conducta pública, son capaces tal vez en mala reverencia al turismo- de aceptar que se tire basurillas o se irrespete el medio ambiente en cualquier forma.
Tengo que irremediablemente caer en el maltratado y desobedecido cliché de que Libertad no significa Libertinaje.
Debemos organizarnos. Tenemos, todavía, un país maravilloso, con excelente potencial, que puede ser un formidable lugar para vivir, para retirarse en la edad avanzada en un oasis de las vertiginosidades.
Pero hay que tomar una serie de medidas lógicas. Y posibles.
Combatir la miseria, no con regalos y paseos ocasionales, sino con una protección social eficaz, con acelerados mecanismos de apoyo a la pequeña empresa, con el enfrentamiento del drama de esos niños que día a día tragan y beben y huelen frustración, abandono y abuso en nuestras calles y ranchos.
Administrar un país no es fácil. Nunca lo ha sido. Pero hay soluciones o paliativos posibles.
Que no tienen nada que ver con inobservados textos constitucionales.
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